En tiempos excepcionales, medidas excepcionales. Europa se enfrenta hoy a un escenario geopolítico sin precedentes: el ataque de un aliado a sus propias puertas, que amenaza con cargarse la OTAN. La arquitectura de seguridad y el modelo de derechos que el Viejo Continente ha construido con tanto esfuerzo durante décadas se enfrentan a una tormenta perfecta, no de sus adversarios tradicionales, sino del corazón de la alianza transatlántica.
Lejos de la diplomacia tradicional de la administración estadounidense, Trump intimida y adopta medidas coercitivas directas. Algunas, como la reducción de aranceles al acero y aluminio a cambio de que Bruselas debilite su marco regulatorio digital, han sido calificadas explícitamente como “chantaje” por la propia vicepresidenta de la Comisión (Teresa Ribera), tal y como recuerda José Ignacio Torreblanca, asesor sénior del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR).
El investigador invita a diseñar nuevas herramientas para resistir a la coerción, pero, ¿es esto posible en el mundo de la realpolitik? Sobre todo, considerando la evidente asimetría de poder entre Europa y la gran potencia mundial, y su dependencia tecnológica y de seguridad. ¿Hay algo que hacer?
As en la manga
Una propuesta interesante es la limitación de exportaciones de máquinas ASML como medida coercitiva europea. O, más bien, como medida anticoercitiva, haciendo uso del Anti-Coercion Instrument (ACI) de la Unión Europea. Una forma de represalia, previa a esta, como herramienta de negociación y respuesta a presiones económicas externas.
ASML es una empresa holandesa que produce una tecnología clave para fabricar los microchips más avanzados del mundo. Sin sus máquinas de litografía, EEUU no podría fabricar sus semiconductores más sofisticados. De ahí que sea un activo estratégico central de Europa en la competencia tecnológica global: su as en la manga.
Suspender la exportación de esta tecnología al mercado estadounidense perjudicaría económicamente a ASML, a los Países Bajos (que tendría que aceptar) y a Europa, pero el mayor coste político y estratégico recaería en Washington, cuya agenda industrial y de seguridad depende críticamente de estos chips.
Hasta el momento, Europa había aceptado limitar las exportaciones de máquinas de ASML a China, en el marco de un frente transatlántico coordinado con Estados Unidos. Ahora, la UE podría utilizar ese mismo instrumento frente al propio aliado norteamericano. Es lo que proponen Alina Hueber y Antoine De Greef en Talos Network: estudiar la posibilidad de restringir nuevas exportaciones de las máquinas estrella ASML a EEUU, y también sus servicios de mantenimiento.
Ceder es perder
Frente a esto, la UE parece haberse embarcado en una antiestrategia: la simplificación -o más bien desregulación- normativa, con paquetes como el Digital Omnibus. Algo que -como señala Torreblanca- Washington interpreta no como una concesión suficiente, sino como una señal de debilidad.
Ceder no reduce la presión, la incrementa. Como señala Torreblanca en Thrown under the omnibus: How the EU’sdigital deregulation fuels US coercion, “para la administración Trump, una puerta entreabierta no es una invitación a negociar, sino a abrirse paso”. Además, es pegarse un tiro en el pie. Una renuncia preventiva a su principal ventaja comparativa global: su capacidad para fijar estándares basados en derechos, seguridad y equidad. Como señala Antonio Aloisi, profesor de derecho en IE University, en un artículo reciente “la desregulación es para perdedores”.
Es también una traición a los propios principios de la UE, retrocediendo en sus compromisos con los derechos ciudadanos con la excusa de la innovación. Pero EEUU no rechaza la regulación europea porque le preocupe la competitividad del continente, sino porque limita el poder de sus campeones tecnológicos y reduce su capacidad de coerción extraterritorial. La presión para diluir el RGPD, el reglamento de IA y otras normas digitales solo tiene un fin: defender los intereses corporativos estadounidenses, alineados con el poder estatal.
Sin embargo, el multimillonario lobby de las big tech ha logrado que cale su discurso manipulador en Europa: que EEUU innova, China copia y Europa regula. Una caricatura que sirve a sus intereses: legitima la hegemonía tecnológica estadounidense y presenta cualquier intento europeo de ordenar el mercado digital como un acto de proteccionismo encubierto o de miedo al progreso.
El debate público está contaminado por la idea de que existe una elección binaria entre ser competitivo y proteger los derechos fundamentales. Pero la dicotomía entre regulación e innovación es falsa. Al contrario: muchos de los sectores más innovadores del último siglo (energía, aviación, farmacéutico, telecomunicaciones) florecieron bajo marcos regulatorios estrictos que reducían incertidumbre, fijaban estándares y permitían inversiones a largo plazo.
Competitividad, regulación y rentismo
La ausencia de reglas genera concentración, captura regulatoria y rentismo. Las plataformas digitales “ya no crean valor principalmente a través de la producción, sino mediante la apropiación de flujos informacionales”, señala la catedrática de la Universidad de Oxford Sonia Contera en su libro Seis problemas que la ciencia no puede resolver.
Se trata de un modelo económico basado en la extracción de rentas, que precisamente por estar desregulado ha producido uno de los mayores procesos de acumulación de poder económico y político de la historia contemporánea. La verdadera brecha de productividad entre la UE y EE. UU. se concentra casi exclusivamente en el sector tecnológico, tal y como señala el tan citado Informe Draghi sobre competitividad Europea. Si se extrae este sector del análisis, la diferencia de productividad es mínima.
Por tanto, como apunta la catedrática de la Universidad de Columbia Anu Bradford, el problema no es la regulación en sí, sino la incapacidad de Europa para capitalizar las revoluciones industriales pasadas, como la de internet, y el pánico actual a perder la de la IA, la inteligencia artificial.
Culpar a la regulación es una excusa barata para no abordar los problemas estructurales que realmente lastran a Europa, como revela la investigación de Bradford: la fragmentación del mercado único, la ausencia de una Unión de Mercados de Capital (el 50% del capital riesgo mundial está en EEUU, frente a apenas un 5% en Europa), unas punitivas leyes de bancarrota, el estigma del fracaso, y la atracción de talento.
“A veces observo una oposición general a la Ley de IA por ser una carga, pero a quienes la critican a menudo les cuesta articular el problema concreto. De hecho, es una regulación bastante modesta. Si diriges una empresa tecnológica, ¿es que acaso no te interesa, por ejemplo, tener un conjunto de datos no sesgado?”, afirmó la catedrática durante un seminario reciente organizado por Aspen Institute.
Lo que más le preocupa son algunos problemas que surgen de las superposiciones e inconsistencias entre diferentes regulaciones, “ya que no hemos analizado cómo interactúan”, añadió Bradford. Eso debe ser, precisamente, el objeto de la “simplificación” regulatoria.
Menos dependencia
En paralelo, tenemos un serio problema de dependencia digital europea que no es solo una cuestión de competitividad, sino de seguridad nacional. La nube, los satélites y la conectividad se han convertido, de facto, en servicios esenciales: infraestructuras críticas para el funcionamiento normal de nuestras democracias.
De ahí la necesidad de promover las medidas enunciadas por Bradford, y también -como apuntan tanto ella como Torreblanca- de abandonar la política de forbearance o indulgencia, que ha caracterizado a la Comisión en los últimos años. La aplicación rigurosa de las leyes existentes es -arguyen- una herramienta imprescindible de defensa contra la coerción externa.
Bradford advierte en Europe Could Lose What Makes It Great -junto con Daniel Kelemen y Tommaso Pavone- que la Unión está a punto de dilapidar su mayor activo geopolítico: su condición de superpotencia regulatoria. Gracias al llamado ‘Efecto Bruselas’ las normas europeas se convierten en estándares globales porque las empresas multinacionales prefieren adaptar sus operaciones al mercado europeo antes que fragmentar sus modelos de negocio.
La regulación europea no es un capricho moralista, sino una forma de poder. Frente a la alianza estadounidense entre el Estado y las grandes plataformas, y frente al control tecnológico autoritario de China, el modelo europeo ofrece una tercera vía: una regulación sólida, basada en derechos y con legitimidad democrática. Renunciar a ella no hará a Europa más competitiva. La hará más dependiente.
Valores que crean valor
El camino hacia la autonomía estratégica de Europa pasa por desarrollar un ecosistema tecnológico propio, incluyendo infraestructura, aplicaciones y gobernanza. Uno que -dice Bradford- haga crecer nuestras economías, “pero que lo haga de una manera que sea coherente con nuestra visión del mundo y nuestros valores”.
Someterse no puede ser la respuesta a la hostilidad de un aliado que usa la fuerza y la coacción. La respuesta está en la firmeza política: usar instrumentos anticoerción, reformar la contratación pública para favorecer a las empresas europeas, completar el Mercado Único Digital y una arquitectura digital soberana, y reforzar el cumplimiento normativo.
La verdadera fortaleza de Europa reside en su capacidad para demostrar que es posible un desarrollo tecnológico que no sacrifique la democracia en pro del imperialismo tecnológico. La autonomía no pasa por desmantelar regulaciones, sino por construir las infraestructuras que permitan que esas normas sean la base de una prosperidad soberana. Los valores crean valor.