La historia energética siempre ha sido un espejo.
En él vimos guerras, crisis, embargos y alianzas. Desde el choque petrolero de 1973 hasta las sanciones a Rusia, el petróleo moldeó economías y condicionó políticas exteriores. Pero el espejo que hoy tenemos delante ya no refleja reservas: refleja capacidades.
Estos días Venezuela ha vuelto a ocupar titulares. El planeta ha regresado, casi sin querer, al viejo lenguaje del poder fósil: crudo, sanciones, rutas, reservas, influencia. Como si el siglo XX reclamara un último acto. Pero quien observa con atención percibe el giro. El poder ya no nace del subsuelo. Nace de lo que somos capaces de fabricar.
Cada crisis fósil ha servido como recordatorio. 1973, 1979, la Guerra del Golfo, la interrupción del gas ruso. El petróleo nunca ha definido únicamente la energía: ha definido también las relaciones de poder. Washington lo usó para influir; Moscú para presionar; Pekín para planificar. El fósil no movió únicamente mercados; movió fronteras invisibles.
Europa lo ha entendido tarde. Antes de la guerra de Ucrania, casi la mitad de su gas dependía de Moscú y buena parte de su industria de precios fósiles baratos. Bastó un conflicto para tensionar las cadenas de suministro, disparar la inflación y obligar a intervenir el mercado. Fue un recordatorio claro de que el fósil no solo contamina la atmósfera: también contamina la autonomía.
Desde entonces, la transición energética ha dejado de ser ambiental y ha pasado a ser industrial. La autonomía estratégica ha empezado a medirse en gigavatios y no en barriles; la resiliencia, en cadenas de valor y no en reservas subterráneas; la competitividad, en electrificación, automatización y capacidad manufacturera. Lo que era clima se volvió geopolítica. Lo que era renovable se volvió soberanía.
La Península Ibérica es un anticipo de ese giro. En 2025, España y Portugal alcanzaron cifras récord de inversión en tecnologías limpias innovadoras: más de 370 millones de euros solo en el segundo trimestre, casi el doble que en el primero. Ese capital no fue a instalar placas; fue a fabricar industria: hidrógeno verde, almacenamiento, materiales avanzados, manufactura. La transición dejó de ser eléctrica para empezar a ser industrial.
Europa ha tomado nota. En la segunda subasta del European Hydrogen Bank, ocho de los quince proyectos seleccionados se encuentran en España. No es casualidad. Lo explica un triángulo que pocas regiones pueden ofrecer a la vez: electricidad renovable competitiva, talento técnico especializado y voluntad industrial. El futuro no está premiando a quien posee petróleo, sino a quien sabe convertir gigavatios limpios en empleo, autonomía y capacidad tecnológica.
El camino, sin embargo, no es gratuito. Europa necesitará 50.000 millones de euros adicionales al año hasta 2030 —250.000 millones en total— para consolidar una autonomía industrial limpia. Y deberá cerrar otra brecha crítica: el capital riesgo invertido en las tecnologías limpias ibéricas sigue siendo seis veces menor que el alemán. Si no movilizamos al menos 4.000 millones adicionales en cinco años, la manufactura del siglo XXI se desplazará hacia China.
Nadie está esperando. China consolidó su liderazgo en baterías, paneles solares, materiales críticos y tecnologías de escala. Europa respondió con el Net Zero Industry Act y el Clean Industrial Deal. Recientemente con el Paquete de Redes Eléctricas. El siglo XXI no premia a quien extrae: premia a quien fabrica. Y fabricar exige escala.
Aquí surge la pregunta clave: ¿qué aprendimos de medio siglo de crisis fósiles? Quizá que la dependencia energética no se resuelve cambiando de proveedor, sino cambiando de paradigma. Europa no puede sustituir una dependencia fósil de Rusia por una dependencia industrial de China ni por una dependencia financiera de Estados Unidos. La autonomía estratégica no se decreta, se construye. En puertos, fábricas, laboratorios, gigafactorías, estándares regulatorios y acuerdos industriales que cruzan océanos.
América Latina también forma parte de esta ecuación. No por ser un hub renovable, sino porque recuerda una lección incómoda: la abundancia energética no garantiza poder si no se traduce en industria. El siglo XX dejó a muchos países atrapados en la extracción. El XXI les ofrece la posibilidad de participar en la fabricación.
Por eso Venezuela funciona como espejo. No porque vaya a liderar el hidrógeno, sino porque evidencia el límite del poder fósil. Controlar recursos nunca fue suficiente. Lo relevante siempre fue convertir recursos en capacidad. El fósil alimentó el pasado. La electrificación limpia alimentará el futuro.
Y ese futuro, por primera vez en décadas, ofrece más esperanza que fatalismo. Europa parte con ventaja: tecnología, talento, infraestructuras, mercado, estándares y visión. Tenemos fabricantes de electrolizadores, campeones industriales en fertilizantes limpios, materiales avanzados, digitalización y almacenamiento. Lo único que falta es escala: la puerta de entrada a la competitividad, al empleo y a la autonomía.
El futuro ya eligió su idioma. Es limpio, industrial y escalable. La cuestión no es si tendremos la tecnología, sino si tendremos la ambición y la agilidad para desplegarla a tiempo.
El viejo orden energético nació de la escasez. El que viene nace de la abundancia: de sol, de gigavatios, de talento, de innovación y de posibilidad. Quizá el mayor acto de soberanía del siglo XXI no sea acumular recursos, sino transformarlos en futuro. Y quizá la mayor fortuna de nuestra generación sea haber descubierto que el futuro no se hereda: se fabrica.
Puede que el siglo XX preguntara quién controlaba el petróleo. El siglo XXI preguntará quién será capaz de fabricar las soluciones que electrificarán el planeta. Las respuestas aún no están escritas. Pero, por primera vez en mucho tiempo, Europa tiene la posibilidad real de escribir una parte esencial.
El futuro está en marcha. Lo único que falta es hacerlo nuestro.