Hace no demasiado pudimos ver una noticia en prensa que ponía de relieve con alarma la pérdida respecto del año 2008 de 400.000 puestos de trabajo en la industria. La noticia apenas tuvo calado en la opinión pública y rápidamente fue obviada por nuestra habitual “realidad”, parecida a una montaña rusa frenética y que demasiado a menudo gira en torno a aspectos que difícilmente pueden considerarse como importantes.



Pero me gustaría hacer sonar mi pequeña voz de alarma. La pérdida de puestos de trabajo en industria es un síntoma de una enfermedad grave, que no mata, pero que hace mucho daño y, además, sobrellevarla impone penurias a cada vez más personas.

La industria avanzada es clave para no ser un país pobre y poder hacer frente a unas necesidades propias de una sociedad avanzada en muchos aspectos, como el bienestar social, la equidad, la influencia internacional y el sostenimiento de la democracia, ya que, en el fondo, la prosperidad económica es para lo que sirve en los países occidentales. Y podría ser el caso de que yo fuera una persona exagerada, pero la realidad es que la Comisión Europea, en línea con diversos informes elaborados en nuestro país, repite desde hace años que en cada uno de los países de la UE la industria avanzada debería suponer al menos un 20% de su economía.

En España estamos instalados en una espiral que hace que sólo suponga un 11%, si bien las regiones más prósperas para sus habitantes y con menos niveles de desigualdad social, excepto Madrid, tienen una economía basada en más de un 20% en la industria.

¿Puede nuestro país romper esa dinámica? Si pone en marcha una acción coordinada de sus recursos de I+D, de transferencia de tecnología, de inversión especializada (science equity) y de análisis estratégico, seleccionando aquellas industrias en las que tenemos una oportunidad para ser verdaderamente competitivos a nivel global, España puede pasar de estar en la cola a estar en la cabeza. Y poner en marcha una potente herramienta de generación de riqueza y bienestar social, además de aumentar nuestro peso global.



Hay ejemplos no demasiado lejanos en el tiempo de países que lograron eso que sostengo que deberíamos perseguir, como Corea del Sur o Japón. Deberíamos poner en juego una ambición que rara vez se escucha en nuestro proyecto de país, que es la de ser una potencia tecnológica e industrial. Esto es urgente para poder plantear un futuro a nuestros hijos que estamos haciendo que se les escape de las manos.



Porque no olvidemos que en nuestra menguante industria se genera una parte muy significativa, quizás la que más, de los puestos de trabajo cualificados y mejor pagados en nuestro país; que sin la industria tecnológica es imposible hacer frente a los retos de sostenibilidad, que son críticos desde ya hace muchos años; que en la industria es donde se genera mayor valor de producción por hora trabajada, lo que permite pagar los mayores salarios medios; que la industria es imprescindible para poder afrontar momentos de gran riesgo, y no puedo evitar acordarme de que cuando estábamos en plena pandemia del covid-19 no podíamos ni fabricar las mascarillas que tantas vidas salvaron cuando llegaron.

Poner en marcha la solución a este grave problema es también una oportunidad para empezar a hacer entre todos las cosas correctamente. Seamos conscientes de que a nivel global y, sobre todo, occidental, se está dando una oleada de industrialización a partir de nuevas tecnologías en las que España es capaz de producir de manera sobresaliente si nos comparamos con la élite de la producción científica mundial.



Y además, en España tenemos actores estratégicamente claves capaces de convertir de manera continuada esa producción científica en una incipiente industria tecnológicamente avanzada. Aquí y ahora, nuestro país podría dar la relevancia necesaria a la conjunción de las palancas que pueden dar a luz tecnologías vanguardistas con un mercado global que las demanda. Algunas de esas palancas son la ciencia, el science equity, la estabilidad que confiere estar en la UE y ser parte del euro, un entorno que demanda nuevos avances industriales y que por ello nos abre puertas.



El lector debe saber que no se trata de inventar la rueda, sino de potenciar todo lo que ya se ha hecho para que surjan proyectos como Captoplastic, una empresa que ha sacado al mercado uno de los primeros métodos de cuantificación de los microplásticos en el agua del mundo y además un método para eliminarlo en entornos industriales. También están Reinfoced3D, BCN3D, Fractus, Advanced Dispersed Particles, GMV, Celldrive y un largo etc. de compañías surgidas de entornos científicos y universitarios y que invito al lector que siga de cerca porque es imprescindible cuidar con sumo cuidado para que puedan desarrollar todo su potencial y además marcar el camino a otros. Sin industria no hay paraíso.



*** Alberto Díaz González es socio de BeAble Capital y fundador de Science 4 Industry.