Alberto Iglesias Fraga Elena Arrieta

El asalto al Capitolio de EE. UU. producido ayer ha reabierto el debate sobre el efecto dinamizador y multiplicador que tienen las redes sociales sobre la desinformación, las burbujas de opinión y, en última instancia, la polarización social.  

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Tanto Facebook como Twitter han respondido al suceso, que ya ha costado la vida a cuatro personas y que supone un jaque a los principios democráticos de EE. UU., cerrando las cuentas de Donald Trump. Toca ahora reflexionar sobre qué más se podría haber hecho. Una reflexión que nos hace remontarnos a 2016.  

El caldo de cultivo se ha ido cocinando durante estos últimos años, tomando como punto de partida la desafección social provocada por la crisis, y ha encontrado en las redes sociales el espacio ideal para proliferar. Gobernantes y candidatos han sido cómplices de unas plataformas tecnológicas que no se ven capaces de controlar su contenido con la profundidad ni la velocidad necesarias.  

Campaña a base de tuits

De hecho, no puede entenderse la misma victoria electoral de Donald Trump en 2016 sin el papel jugado por Twitter y Facebook. Ambas plataformas, en aquel momento muy laxas con la actividad del magnate inmobiliario, sirvieron de caldo de cultivo para los mensajes abiertamente agresivos del candidato republicano.

Y es que, mientras Hillary Clinton -candidata demócrata- copaba la mayor parte de la inversión publicitaria en medios tradicionales, la campaña de Trump apostó sus menores recursos a la acción digital. Con resultados más que notorios.

Una investigación de Roberto Rodríguez Andrés (Universidad Pontificia Comillas) reveló cómo, el último día de campaña, Trump lideró en número de visitas a sus páginas web (3.5 millones mensuales frente a 1.2 de Clinton) y también en seguidores en las principales redes sociales. Solo en Twitter, Trump consiguió 13,9 millones frente a 10,6 de Clinton, cuando un año antes del día de la votación prácticamente tenían los mismos seguidores (4,7 millones Trump frente a los 4,6 de Clinton). Lo mismo sucedió en Facebook (13,3 frente a 8,8 millones) e Instagram (4 frente a 3,7 followers). 

Pero Trump no sólo ganó en cantidad: también logró que su mensaje -antiinmigración y antiglobalización- calara más que el de su rival. En concreto, Hillary Clinton obtuvo un 44% menos favoritos y retuits que Trump, según un análisis de María Fernández Santiago (UOC).

En Facebook, la cosa no es muy distinta. La campaña de Donald Trump utilizó de forma intensiva esta plataforma, con muchas más retransmisiones que su contricante (47 emisiones más) y con un impacto mayor: 150.000 comentarios, frente a los 69.000 de Clinton.

Malas prácticas

¿Cómo logró este éxito Donald Trump? Tirando de estrategias, cuanto menos, discutibles.

De acuerdo a un estudio de la Universidad del Sur de California, que analizó 20 millones de tuits generados entre el 16 de septiembre y el 21 de octubre y escritos por unos 2,8 millones de usuarios, aproximadamente 400.000 eran bots, los cuales generaron el 19 % de la conversación total, distorsionando claramente el debate en Twitter, en su gran mayoría a favor de Trump.

Otro estudio, en esta ocasión de la Universidad de Oxford, llegó a afirmar que el 80% de la actividad en Twitter a favor de Trump fue generada por bots en los días previos a los comicios.

Los tibios intentos de Facebook y Twitter

En ninguno de estos casos, ni Twitter ni Facebook tomaron medidas proactivas para evitar el daño. Y, en la mayoría de los casos, quedaron circunscritas a la retirada de las cuentas falsas que apoyaban a Trump: nada en relación con los contenidos ofensivos que publicaba el ya presidente.

El primer toque de atención con cierta entereza llegó en septiembre de 2017. Un tuit de Trump usaba un discurso del ministro de Exteriores de Corea del Norte en la ONU para llamar "pequeño hombre-cohete" al dictador norcoreano Kim Jong-Un, avisando además de que "no durarán mucho más".

Corea del Norte elevó este tema a una cuestión de interés público al considerar el tuit como una declaración de guerra por parte de Trump.

¿Y qué dijo Twitter ante una situación tan extrema como esta? La respuesta oficial fue que, si bien la red social estaba luchando contra los discursos de odio y violencia, el tuit de Trump no tenía que respetar dichos límites al tener "un valor noticioso" y ser de "interés público".

Esa fue la línea general de actuación de Twitter y el resto de plataformas durante la primera mitad del mandato: dar cancha abierta a Trump y sus comentarios cada vez más incendiarios, polarizadores y demoledores, con la excusa de provenían de los dedos del presidente de EEUU.

El punto de inflexión

A finales del pasado octubre, a menos de una semana de distancia de la celebración de las elecciones presidenciales en EE. UU. y conscientes del incendio que se avecinaba, el Senado estadounidense hizo que los CEOs de Facebook, Google y Twitter comparecieran para explicar sus políticas contra el contenido dañino. La audiencia giró en torno a la posible derogación de la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones, una norma que exime de obligaciones a las plataformas online por el contenido publicado por sus usuarios, y sus posibles límites.  

Mark Zuckerberg reconoció que Facebook necesitaría algunos cambios, dada la trascendencia social de una plataforma que cuenta con más de 2.000 millones de usuarios en el mundo. Cambios quizá insuficientemente ambiciosos, como añadir transparencia al proceso de moderación de contenido que ya implementa esta red social. Afirmó también que Facebook se gasta anualmente 3.000 millones de dólares en moderación de contenidos.  

Jack Dorsey, CEO de Twitter, enfatizó también la necesidad de mayor transparencia, y reclamó para ello modificaciones en la citada Ley. Y Sundar Pichai, director ejecutivo de Google, hizo una reflexión sobre los riesgos, pero también los beneficios, que trae la democratización de la información gracias a Internet.  

Alimentando el odio

Estos cambios se materializaron en diferentes vías, pero ninguna de ellas supuso un freno real para que el discurso de odio de Trump siguiera calando en la opinión pública estadounidense.

Facebook ha ido incorporando herramientas de transparencia en su página (por ejemplo, a la hora de saber qué publicaciones están financiadas por una campaña electoral) y limitaciones a la hora de reenviar contenidos -principalmente fake news- a través de aplicaciones como WhatsApp.

En el caso de Twitter, la red social del pájaro azul impuso una serie de etiquetas avisando de contenidos potencialmente engañosos o que incitaran a la violencia. De hecho, estos avisos se han hecho especialmente habituales en los tuits de Donald Trump tras su derrota contra Biden, ya que en todos los mensajes del todavía presidente sobre el supuesto fraude electoral aparece la coletilla de: "This claim about election fraud is disputed".

Igualmente, durante los momentos cruciales de los comicios, Twitter restringió la posibilidad de retuitear directamente artículos provenientes de los medios de comunicación. En un intento por evitar la desinformación que llegaba de titulares sensacionalistas de los portales 'pro-Trump', la iniciativa no consiguió sino reducir de forma notoria las interacciones en la plataforma, pero sin controlar ni un ápice la propagación del discurso del controvertido dirigente. Finalmente, la plataforma decidió eliminar esta medida y volver al estado inicial.

El bloqueo inevitable

Y con estos tibios avisos por contrapeso, llegamos al momento clave: el 6 de enero de 2021. Seguidores de Donald Trump convocaron una manifestación a través de las redes sociales frente al Capitolio en el día que se ratificaban los resultados electorales para protestar por el presunto fraude en los comicios. Iniciativa alentada y respaldada por el propio presidente pero que se fue de madre.

Numerosos manifestantes asaltaron el Capitolio, obligando a los congresistas y senadores a refugiarse. Varias personas fallecieron en los altercados, que mostraron poco menos que un ataque directo al corazón de la democracia por excelencia.

De nuevo, el rol de las redes sociales fue inicialmente muy laxo. Twitter bloqueó algunos contenidos ligados a los movimientos más agresivos e incluyó sus famosos avisos en todos los mensajes de Trump, pero sin eliminar ninguno de ellos. 

Solo cuando la situación ya era dramática, comenzaron a sucederse los bloqueos que tantos años llevan eludiendo las redes sociales.

En primer lugar, Twitter decidió no permitir ni los retuits ni comentarios a las publicaciones de Trump en que pedía "paz" mientras seguía animando a sus seguidores ("Recordad este día" o "sois especiales" son algunas de las frases que les dirigió).

Finalmente, Twitter no tuvo más remedio que eliminar las tres últimas publicaciones del presidente "como resultado de la situación violenta sin precedentes y en curso en Washington", al detectar "infracciones graves y repetidas de nuestra política de integridad cívica". Solo cuatro años ha tardado la red social en darse cuenta de ello y tomar medidas decididas. Trump deberá borrar esas publicaciones e, incluso después, tendrá su cuenta bloqueada otras 12 horas más.

Por su parte, Facebook siguió los pasos de Twitter y reconoció "dos violaciones de la política de uso en la página de Trump". El castigo en esta ocasión es de un bloqueo de 24 horas de su perfil oficial no sólo en esta red, sino también en Instagram.