“No es cierto que secuestrara a ningún taxista. Me llevaron voluntariamente y ellos me dieron el dinero porque quisieron. Yo en esa época estaba muy enganchado. Es más, pesaba 56 kilos”. Así se defendió Antonio G. de los tres delitos de robo y otros tres delitos de detención ilegal de los que le acusa la Fiscalía y por lo que se enfrenta a 28 años y medio de cárcel. Según el Ministerio Público, forzó a tres taxistas, amenazándoles con tener un arma y dejarles “secos”, para que le llevaran a Valdemingómez, barrio madrileño donde se encuentra la Cañada Real, uno de los mayores supermercados de la droga españoles.

Noticias relacionadas

Antonio G. es un chico joven. En la actualidad todavía no ha cumplido los treinta años. Cuando cometió los delitos había cumplido 25 años y ya tenía antecedentes penales. Sin embargo, su apariencia es de un adolescente bien vestido, con ropa de marca y con buen vocabulario al expresarse. Él mismo reconoció en el juicio que decía a los taxistas que sus padres eran “ricos”.

Hasta su detención, vivía en la casa familiar ubicada en la madrileña zona de Conde de Casal. Una de las agentes de Policía que procedieron a su detención le definió como un chaval bien vestido, bien peinado y con buen uso del lenguaje. Otra compañera añadió que se le vía muy delgado y con la cara demacrada, con “aspecto de toxicómano”. El presidente del tribunal tuvo que hacer una aclaración ante la insistencia del abogado de la defensa. “Los toxicómanos no tienen una pinta característica. Nos sorprenderíamos si viéramos toxicómanos que parecen estrellas de la televisión”.

 “Los taxistas me dejaban dinero”

A los 16 años comenzó fumando cannabis. De ahí pasó a la cocaína y a la heroína. “Yo me levantaba con el mono e iba al poblado con el dinero que me daban mis padres. Cuando me cogía un taxista, sin amenazarle, le decía si por favor podía dejarme dinero que luego se lo devolvía, que sus padres son ricos. "Y me lo dejaban por su propia voluntad”.

Según su relato, en ningún caso retuvo a esos taxistas. “Me llevaban a la Cañada y me esperaban allí voluntariamente. Luego me llevaban de vuelta a casa y yo salía corriendo. Hacía un simpa (irse sin pagar el servicio), nada más. Me iba corriendo como una rata a mi casa. Nunca he amenazado a un taxista. Nunca he tenido un arma en mi vida. El único arma que que he visto es la de la Policía”, ha relatado durante su declaración en el juicio que se ha celebrado este viernes ante la Sección 17 de la Audiencia Provincial de Madrid.

La Cañada Real E.E.

Antes de secuestrar al primer taxista, tal y como le acusa la Fiscalía, Antonio G. ya había sido condenado en el 2014 a dos años cárcel por otro delito de robo con violencia y coacciones. Sin embargo, al ser su primer delito y no tener antecedentes penales, en esa ocasión el tribunal decidió no ejecutar la sentencia y dejarle en libertad.

 “Si avisas te dejo seco”

Un año y medio después de su condena, Antonio G. presuntamente volvía a las andadas. El 22 de octubre de 2015 habría parado a un taxista para que le llevara a la Cañada. “Tira para Valdemingómez, mírame que tengo un 38”, y al girarse el taxista vio que el acusado le mostraba una pistola de color negro que llevaba en la parte baja del abdomen. Después, el acusado le hizo que le diera todo el dinero recaudado. “Sé que en ese lado tienes el botón de socorro, si le das te dejo seco”, explicó el taxista a la Policía cuando denunció los hechos.

Veinte días después, volvía a hacer algo similar con otro taxista y la tercera ocasión fue al día siguiente, cuando fue arrestado. Antes de su detención, había parado un taxi. Cuando el conductor se negó a ir al poblado el acusado le dijo: “estate tranquilo que yo llevo un truco, que todo va a salir bien, no te va a pasar nada, ¿sabes lo que es un truco, no? Una pipa, así que estate tranquilo”.

Cuando huyó del coche, el taxista vio por la calle que se escapó y rápidamente llamó a la Policía. Según relataron al tribunal, los agentes que acudieron a la llamada de socorro vieron salir a Antonio G del portal donde le habían visto meterse y cumplía todas las características ofrecidas por el taxista. Además, la víctima le identificó en el momento. “Es ese, es ese, por favor que no me vea que tengo miedo”, le dijo el taxista al agente que estaba con él.

“Doy pena a mi madre”

“Pasé mucho miedo y llamé a la Policía llorando como una magdalena”, ha recordado una de las víctimas. “No es cierto. Me llevaron por su propia voluntad. No es cierto que les obligara a esperarme en el poblado. Si hago eso los gitanos me muelen a palos porque les protegen”, ha insistido el acusado durante el juicio. “No sabía lo que hacía, no puedo recordar. Mi madre me daba dinero porque le doy pena, yo iba a la Cañada y luego volvía a casa. Soy totalmente inocente”, añadió.

Antonio G. no estuvo este viernes solo en el juicio. En los pasillos y entre el público estaba su familia, que ve su acusación como un “montaje”. Confían en la inocencia de un chico que actualmente se está desintoxicando y no quiere “saber nada de las drogas; ese es mi fin”. Relató que cuando ingresó en prisión, donde permanece desde su detención en noviembre de 2015, se apuntó a Proyecto Hombre para desintoxicarse. Está con metadona para ayudarse a desengancharse y está cerca de conseguirlo, según su versión. Cuando le detuvieron, “me pinchaba heroína y tomaba cocaína”.

“Fue un simple simpa”

Su defensa ha pretendido alegar que en el momento de los hechos no sabía lo que hacía, alegando un trastorno esquizofrénico. Los peritos que le han estado tratando durante todo este tiempo aseguran que cuando fue detenido sufría de síndrome de dependencia a la heroína y a la cocaína que puede llegar a afectar su voluntad dado que su vida gira en torno a procurarse ese consumo. Sin embargo, no atestiguaron que en el momento de los hechos no supiera lo que estaba haciendo.

Antonio G. se derrumba. Ve que está a punto de pasarse casi 30 años en prisión y está atemorizado. Durante las declaraciones de las víctimas, policías y peritos, el joven no ha parado de llorar. “Soy inocente. No he hecho daño a nadie en mi vida. Pido perdón si se lo he hecho a alguien. Hice un simple simpa. Soy inocente”, dijo entre lloros al tribunal en su turno de última palabra antes de quedar visto para sentencia.