Carles Puigdemont ha encontrado una inspiración para lograr su objetivo político: las disposiciones escritas en los Acuerdos de Viernes Santo en Irlanda del Norte. 

Para lograr la independencia de Cataluña o, como mínimo, la autodeterminación del territorio, el expresident fugado en Waterloo pretende que Pedro Sánchez inicie un camino como el de Irlanda del Norte entre 1993 y 1998.

Los Acuerdos de Viernes Santo, bautizados así por el día en que se firmaron, 10 de abril de 1998, en Stormont, son "una vía cuya dimensión política ofrece un modelo para negociar", apuntan las fuentes consultadas.

Así lo recoge un largo artículo publicado este miércoles por el periodista David González en ElNacional.cat, y lo confirma uno de los líderes políticos que, en las últimas semanas, ha sondeado al entorno del líder independentista catalán, en Waterloo. "Eso es lo que piden, sí", apunta este negociador.

La clave de esta idea, para el líder de Junts, es la llamada "autodeterminación concurrente", que cristalizó en un doble referéndum, en el Úlster y en la República de Irlanda, acordado por Londres y Dublín con la "mediación internacional" del senador estadounidense George Mitchell, un demócrata enviado de la Casa Blanca, entonces ocupada por Bill Clinton

Y aunque un portavoz del partido de Puigdemont insiste a este periódico en que "no hay modelos equiparables" al catalán, "ni Canadá, ni Irlanda ni nada", fuentes oficiales de Junts, admiten que González es un reportero con "buen acceso" al entorno de Waterloo. 

Y es que el modelo irlandés, en realidad, no puede ser invocado por Puigdemont de manera explícita. Porque, si bien los Acuerdos de Viernes Santo (o "de Belfast", como también se los conoce) pacificaron la isla, el resultado final no fue la "liberación" del pueblo norirlandés, sino el mantenimiento del Úlster como territorio británico.

Pero lo cierto es que el punto 1.ii) del texto establece que "corresponde únicamente al pueblo de la isla de Irlanda, mediante acuerdo entre las dos partes respectivamente y sin impedimentos externos, ejercer su derecho a la autodeterminación sobre la base del consentimiento, libre y simultáneamente otorgado, del Norte y del Sur, para lograr una Irlanda unida, si ese es su deseo".

Es decir, Puigdemont asumiría, según las fuentes consultadas, que aunque para él "el pueblo de Cataluña" tiene derecho a decidir su futuro, esto no podrá llevarse a cabo sin el acuerdo de la otra parte, es decir, el resto de España.

Ése sería el punto del "doble referéndum" que inspiraría al equipo del expresident fugado para lograr cumplir su compromiso de forzar a España a reconocer que "hay que votar"... y al mismo tiempo, admitir que eso no ocurrirá si se mantiene en sus "posiciones de máximos", como las bautizó Félix Bolaños, ministro de la Presidencia, hace mes y medio.

En todo caso, un pacto de ese tipo implicaría, según este modelo, una votación también doble en el resto de España, como la que se hizo en la República de Irlanda: el Norte sólo votó en referéndum el no a los Acuerdos; el Sur, además, debió votar una reforma constitucional.

El referente

El resultado fue abrumador en Irlanda, con un 94,39% de votos afirmativos, que implicaron que la Constitución irlandesa dejase de reclamar la soberanía sobre el Norte... y en la idea de Puigdemont, la reforma implicaría la llegada a una España confederal cuya "puerta de salida" sería la "obligación vinculante para ambos gobiernos de introducir y apoyar en sus respectivos parlamentos legislación para dar efecto a ese deseo" que recoge el punto 1.iv) de los Acuerdos de Viernes Santo.

Así, del mismo modo que el prófugo dejó fuera el referéndum entre las condiciones que anunció para votar la investidura de Pedro Sánchez -durante su conferencia del pasado 5 de septiembre, en Bruselas-, la clave para el núcleo separatista de Puigdemont estaría en el concepto que armó aquel pacto de hace 25 años: es decir, el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de los norirlandeses.

Y sobre todo, en "los instrumentos políticos" que sirvieron de armazón. 

El modelo seguido en el conflicto de Irlanda del Norte, partió de la revisión del Acuerdo angloirlandés firmado por Margaret Thatcher, gobernante en Reino Unido, y el taoiseach o primer ministro irlandés, Garret FitzGerald, en 1985. Ocho años más tarde, en 1993, John Major por Londres y Albert Reynolds por Dublín signaron la Declaración de Downing Street que dio paso a las conversaciones (1994-1998) entre ambos gobiernos.

En mayo de ese año, los territorios irlandeses votaron en "doble referéndum" y desde entonces, esencialmente, nada ha cambiado. El IRA y los diferentes grupos terroristas (republicanos católicos y unionistas protestantes) depusieron las armas. Pero, sobre todo, se ha respetado "la voluntad mayoritaria libremente expresada en las urnas" de mantener el Úlster bajo bandera británica... ya que las elecciones legislativas nunca han dado pie a nuevas reivindicaciones políticas. Y ambas partes han respetado -no sin conflictos- el statu quo.

Ya en marcha

Pero es cierto que los Acuerdos de Viernes Santo incluyen otras disposiciones que ya se están siguiendo, aquí en España.

Por ejemplo, la "promoción de la lengua irlandesa" que comenzó entonces en las instituciones europeas, comenzó su andadura este martes, con la petición (fracasada) del Gobierno Sánchez al Consejo de las UE para incluir el catalán (además del gallego y el euskera) como lenguas oficiales de la Unión: lo mismo ocurrió con el gaélico (aunque tardó desde 2005 a 2022 en lograrse con efectividad real).

Otro aspecto ya presente es el de que el llamado "conflicto político", reconocido por el Ejecutivo español ante el Govern catalán, se puso por escrito en la llamada Declaración de Pedralbes, en 2018. Y que eso cristalizó en una Mesa de Diálogo a los pocos meses, en febrero de 2019. Y en ella, "las partes se reconocen mutuamente", como celebró el entonces president Quim Torra, de Junts.

Ahora, el paso siguiente que se dibuja es una "bilateralidad máxima" que, además, debe ser "garantizada" por una mediación internacional. Aunque lo cierto es que ya estaba recogido en los primeros acuerdos de la Mesa de Diálogo, bajo el nombre de "relator", ese concepto provocó tal rechazo en la opinión pública que el Gobierno español la desechó. "Pero la desconfianza es tal"; apuntan las fuentes desde Waterloo, que en este proceso "es imprescindible un garante externo".

Otra consecuencia de los Acuerdos del Úlster que gusta mucho en Waterloo es el de la doble nacionalidad. El punto 1.vi) del texto que resolvió el conflicto entre las dos Irlandas y Gran Bretaña explicita que se "reconoce el derecho de nacimiento de todos los habitantes de Irlanda del Norte a identificarse y ser aceptados como irlandeses o británicos, o ambos, según lo deseen, [...] aceptado por ambos Gobiernos y no se verían afectados por ningún cambio futuro en el estatus de Irlanda del Norte".

"No estamos en eso"

Fuentes del PP, consultadas por EL ESPAÑOL, consideran todo este plan "una chaladura". En el entorno de Esquerra se destaca que "Puigdemont necesita hacer muchos gestos, después de que su 'hecho comprobable' se quedara en nada en la UE, este martes". Pero añaden que la vía irlandesa podría ser un "territorio a explorar" en caso de que el PSOE aceptara discutirla.

Falta saber si eso ya ha ocurrido y los Acuerdos de Viernes Santo han sido ya puestos sobre la mesa en los contactos que mantiene el equipo negociador PSOE con Junts.

De momento, sólo se puede confirmar que sí es "una vía de trabajo en el núcleo duro de Waterloo", pero no ha sido posible confirmar si los equipos negociadores han tratado el asunto, ni por el lado independentista ni por el lado de Sánchez. Fuentes del Gobierno, en todo caso apuntan a que, de momento, "no hay nada de autodeterminación" y que en el PSOE "no estamos en eso".