Cataluña votará sí o sí, no importa la palabra del Gobierno español. A pesar de “la invitación al diálogo” que titulaba el acto del presidente de la Generalitat en Madrid, Carles Puigdemont ha sido conciso: “Ya no nos sobra el tiempo”. Aunque España no quiera, “habrá referéndum” y "articularemos un nuevo Estado catalán". El líder del Ejecutivo catalán ha tendido la mano al acuerdo, siempre y cuando el final sea un referéndum separatista.

Declaraciones de Puigdemont en Madrid





Un símil futbolístico para que no haya malentendidos. El presidente de la Generalitat de Cataluña ha envuelto en pelota de cuero su órdago a Mariano Rajoy. Carles Puigdemont ya juega el “partido” del diálogo en busca de un acuerdo con “el Estado español” para celebrar el reférendum de la independencia. Si no lo hay, como ha dejado claro el Gobierno en infinidad de ocasiones, Cataluña no se amilanará: votarán e invitarán a España a participar en la confección del nuevo país.

Puigdemont ha viajado a Madrid acompañado por su fingido ministro de Exteriores, Raül Romeva, y su vicepresidente, Oriol Junqueras. Como estrellas del fútbol que juegan fuera de casa, han entrado en el palacio de Cibeles –que les alquiló Manuela Carmena– entre insultos y banderas contrarias. De España, algunas salpimentadas con águilas imperiales. “Hijos de puta” y “terroristas” han sido los calificativos más gastados.





El president de la Generalitat ha alcanzado la Caja de la Música del Ayuntamiento madrileño acompañado por Manuela Carmena. Con melodía soberanista, ya en contraste con los insultos que rugían en el exterior, ha agradecido a la alcaldesa “su compromiso democrático”, sus ganas de “sembrar soluciones mientras otros prefieren los problemas”.





Como prólogo, ha explicado acudir al Consistorio madrileño tras la negativa del Senado. “Allí se celebran incluso actividades privadas, de todo tipo, pero no dejan que el Gobierno de Cataluña se explique”. El veto enarbolado por Puigdemont contrasta con las palabras de Mariano Rajoy, que le ha invitado a explicar su proyecto en el Congreso, ofreciéndole incluso una contestación personal.





A juicio de Puigdemont, la puerta abierta del Congreso es una trampa, una ratonera que le conduciría al fracaso: “No cuenten con nosotros para simulacros o falsas simulaciones de diálogo”. El president ha acusado a Rajoy de querer encerrarlo en la Cámara para así aparentar un deseo de diálogo que no tiene y, además, debilitar el proyecto separatista a ojos de los observadores internacionales. “Es el enésimo rechazo, aunque no van a caber muchos más, ya no nos sobra el tiempo”. El órdago, la última carta sobre la mesa.





Enfrascado en atacar la pasividad de Rajoy, Puigdemont percibe en el discurso del líder del PP la hipocresía del que considera que Cataluña “es el problema más grave que tiene España”, pero “no hace nada para solucionarlo”. “Actúa como si esto fuera a desaparecer gracias a algo que todos desconocemos”.

Discurso puramente político





El president ha confeccionado un discurso puramente político, dejando a un lado la vertiente constitucional: “No voy a entrar a detallar los argumentos de los centenares de juristas que dicen que puede celebrarse un referéndum porque con voluntad política todo es posible”.





Por el contrario, sí que ha mencionado a la clase judicial cuando se ha referido a las querellas contra los cargos catalanes que instigaron la última consulta soberanista de forma unilateral: “Perseguir judicialmente a cargos electos sólo incrementa el problema”.





A modo de ejemplo, ha rescatado la vuelta del exilio de Tarradellas y la restauración de la Generalitat a finales de los setenta: “Entonces tampoco lo amparaba la legalidad vigente, pero se pusieron los medios para que pudiera lograrse y luego se incorporó en la Constitución”. Si el Ejecutivo español lo entiende, ha relatado Puigdemont, “las Cortes encontrarán el modo de aprobar lo acordado por el Gobierno catalán”.





Con una sonrisa y un tono más reposado, el president ha esbozado un retrato de Cataluña, contrario al que se difunde en el resto de España “por culpa de una perversa ingeniería narrativa”. “No perseguimos a nadie por sus ideas, no existe fractura social, somos felices en la discrepancia”.





Irónico y en referencia a España, Puigdemont ha sonreído: “Nada es para siempre, nada es inmutable. Nuestro verdadero propósito es poder votar. El Estado español no dispone de tanto poder como para impedir tanta democracia”.





Puigdemont ha vestido de diálogo su propuesta, pero si el resultado no es el referéndum de autodeterminación, lo llevará a cabo igualmente y sólo se volverá a sentar en la mesa con España para invitarla a la confección del nuevo país.