"Siempre que llega febrero es así". Marta Buesa resume su existencia -quizá sin saberlo- en una frase. Puede que la de todas las víctimas del terrorismo. El paso del tiempo es implacable y el calendario no perdona. Recuerdos, sensaciones y una vorágine de sentimientos que se arremolinan en torno a una fecha.

La de Marta es el 22 de febrero del año 2000. Esta semana se cumplen dos décadas. "Inevitable que nos remueva", admite la hija de Fernando Buesa. "Pienso que mi padre querría que se le recordara siempre". Y el leitmotiv de Marta -con el permiso de su familia e hijos- es mantener viva esa memoria.

A Fernando Buesa -histórico dirigente del PSE-EE, vicelehendakari del Gobierno vasco- lo mataron con una furgoneta bomba cuando se dirigía a trabajar. Había comido en casa y parte del trayecto lo hizo con uno de sus hijos, de quien se despidió poco antes.

La explosión sacudió el campus de la Universidad del País Vasco, en Vitoria. También se llevó por delante la vida del ertzaina Jorge Díez Elorza. "Tierra arrasada, quemada...". Un lugar al que hoy se le conoce con el nombre de Jardines de la Libertad.

Marta Buesa aprecia cambios significativos en la sociedad vasca en estos últimos años. Sin embargo defiende que el discurso de su padre todavía sigue vigente, especialmente al hablar de terrorismo y de víctimas.

La entrevistada ha repetido en muchas -demasiadas- ocasiones lo que vivió aquel 22 de febrero. Su voz, no obstante, refleja un sentir doloroso. Su padre siempre quiso ser abuelo, pero ETA no le permitió vivir para abrazar a sus nietos.

Fernando Buesa, en una imagen de archivo.

No será fácil contarlo una y otra vez, incluso en esta entrevista.

No es fácil porque implica revivir momentos traumáticos, pero agradecemos la atención de los medios de comunicación. El atentado nos ocurrió a nosotros en particular pero fue un atentado contra toda la sociedad vasca y contra la democracia. Tenemos que hacer un ejercicio de memoria individual y también colectiva. Lo terrible sería que la gente no quisiera recordar o que se olvidara.

¿Y se ha olvidado? Recuerdo una encuesta reciente en la que la mitad de los estudiantes universitarios vascos no sabían quién fue Miguel Ángel Blanco.

En una sociedad traumatizada por el horror es difícil hablar. El terror de ETA impuso un silencio que en algunas ocasiones fue deliberadamente elegido, en otras indiferente, en otras cómplice... Durante décadas se ha callado porque no había libertad para expresarse, ni siquiera en las cuadrillas o incluso en la propia familia. Por otro lado hay quienes ante el sufrimiento y el trauma han optado por no hablar porque recordar es demasiado doloroso.

Tenemos que empezar a aprender a vivir con libertad. Aún hay miedo, mucha gente que calla.

Creo que, en parte, la falta de conocimiento se debe a eso y es comprensible. Las generaciones que vienen por detrás no saben lo que ha ocurrido. Si nadie les cuenta, no podemos esperar que ellos de forma espontánea tengan la curiosidad de preguntar y demostrar interés por saber. Ahora que ETA ha dejado de matar es cuando nos encontramos con esta realidad. Y es necesario proporcionarles ese conocimiento, especialmente en el País Vasco, pero de un modo adecuado.

¿Cómo?

Contándolo bien. Porque hay un interés deliberado en que el relato que se les traslade sea el que “aquí todos hemos sufrido mucho”, con la teoría del conflicto o de que “hubo dos bandos”.

Antes ha citado la palabra “libertad”. ¿Existe ahora?

Tenemos que empezar a aprender a vivir con libertad. Afortunadamente ahora puedes expresarte sin miedo a que te maten. Pero aún hay miedo, mucha gente que calla. Muchísima gente ha vivido amenazada o extorsionada. Vivimos en una sociedad pequeña, donde todos estamos cerca y, a la vez muy lejos. Me consta que hay víctimas que se encuentran con mucha incomprensión cuando se animan a contar.

Vayamos al 22 de febrero de hace 20 años. ¿Cómo lo vivieron ustedes en casa?

Yo era la única que no vivía en casa, me casé en 1998. Después de comer mi padre salió con mi hermano de casa. Le estaba esperando Jorge, el escolta. Mi hermano iba al Colegio de Ingenieros Industriales, que está situado unos metros antes de donde estaba la furgoneta-bomba. Se despidió de mi padre y éste continuó su camino. A los pocos segundos se produjo el atentado. Mi madre y mi hermana escucharon la explosión y salieron a la calle, donde se reencontraron con mi hermano.

Marta Buesa forma parte de la Fundación Fernando Buesa.

¿Y usted?

Yo estaba camino del trabajo. Cuando entré en el despacho escuché sonido de sirenas y, al asomarme a la ventana, vi pasar coches de bomberos, policía, ambulancias... Es entonces cuando un compañero comentó que tenía que ser una bomba por el ruido que había hecho. Al levantar la mirada, vi una columna de humo negro a lo lejos y dije: “Eso ha tenido que ser cerca de casa”.

¿Qué hizo entonces?

Llamé a mi padre, que tenía teléfono móvil, y no me contestó. Llamé a casa. Insistí varias veces hasta que cogió mi hermano, y él me confirmo lo que me temía: “Ha sido papá, lo han matado”.

¿Alguna vez se piensa que puede ocurrir algo así?

Él estaba amenazado. En 1995 se desarticuló el comando Araba y se supo que él era uno de los objetivos del comando. Ese riesgo estaba. Pero creo que nunca piensas que iba a ocurrir.

Si no, es imposible vivir.

Mi padre siempre nos mantuvo ajenos a cualquier tipo de miedo que pudiera tener. Era muy reservado y también confiado. Mis hermanos y yo hemos vivido la vida que hemos querido, con la misma libertad que cualquier adolescente o joven de nuestra edad. Jamás nos alertó sobre por dónde teníamos que salir o con qué compañías.

Mi padre siempre nos mantuvo ajenos a cualquier tipo de miedo que pudiera tener. Era muy reservado y también confiado.

¿Cómo lo vivía su padre?

Él era muy confiado y siempre creyó que estaba bien protegido. La situación política de entonces le preocupaba especialmente. El año 1999 fue el año de tregua de ETA tras el Pacto de Lizarra y el pacto de legislatura del PNV con Euskal Herritarrok (EH) que provocó una honda división entre nacionalistas y no nacionalistas. Aquella deriva nacionalista no auguraba nada bueno.



Una tregua que duró poco.

Era indefinida, pero… En enero de 2000 ETA asesinó al teniente coronel Blanco en Madrid y aquel atentado fue muy definitorio de lo que ya volvía.

Y a su padre, también en el año 2000...

Y a mi padre en febrero. Y a otros tantos, José Luis López de Lacalle, Jesús Mari Pedrosa, Juan Mari Jáuregui, Jose Mari Korta, Luis Portero, Máximo Casado, Ernest Lluch… El año 2000 fue terrible.

Habla de "honda división". ¿Se sintieron apoyados tras el atentado?

En aquellos días tuvimos un apoyo social muy importante. La gente estuvo de corazón con nosotros. Familia, amigos de Vitoria… mucha gente. El atentado impactó muchísimo, quizás sirvió a muchos para dar un paso y significarse de alguna manera. En las manifestaciones del día 25 de febrero se visibilizó la tremenda fractura social liderada por el PNV. Esa falta de empatía nos generó mucho malestar.

¿Y en la familia? ¿Cómo se vivió? El atentado es el punto de partida de una historia silenciosa, la que viven las víctimas en las cuatro paredes de su casa.

Nos hicimos una piña. Yo, que estaba fuera de casa, iba todos los días. Necesitábamos estar juntos. Mi madre se preocupó de que todos estuviéramos bien. Cuidábamos unos de otros y eso nos ayudó, nos fortaleció mucho. Indudablemente el asesinato de mi padre marca un antes y un después en nuestra vidas.

Memorial de Fernando Buesa en el lugar donde fue asesinado en 2000 por ETA

¿Es posible encontrar algún tipo de alivio durante esos días?

El alivio vino con el tiempo. A los dos días del asesinato salimos a dar un paseo y fuimos al lugar del atentado. Estaba la tierra arrasada, quemada… y muchas flores, velas encendidas, mensajes... Sentimos la necesidad de agradecerlo públicamente. No sentíamos odio, entendíamos que la vida tenía que seguir adelante pero siempre reclamando una unidad frente al terror.

"Eso vino con el tiempo", dice... ¿Cómo es ese proceso?

Quiero decir que tras esos primeros días tan intensos está el proceso personal de cada uno y que es lo que nos ha traído alivio. Hemos necesitado nuestro tiempo para ir poco a poco encontrando paz interior, equilibrio personal. Al principio te encuentras la necesidad básica de sobrevivir. En mi caso, la pena lo ocupaba todo. Luego ya, a medida que pasa el tiempo, vas afrontado tu vida nueva de otra manera.

Siempre le hemos tenido muy presente y [los nietos de Fernando Buesa] conocen a su abuelo a través de nuestros recuerdos. Desde el principio les contamos la verdad.

Luego llegan los acontecimientos importantes de la familia, pero con un gran vacío.

Al año siguiente, en marzo, nació mi hijo mayor. Me encontré en pleno duelo y en la tarea de construir mi propia familia. Fue un niño muy querido por todos pero también subrayaba la ausencia de mi padre. Él estaba deseando ser abuelo. Y todo lo que pasaba era un recuerdo de lo que le habían quitado a mi padre. Lo que hemos vivido en estos 20 años, todo se lo han arrebatado.

Y sus hijos, los nietos de Fernando, ¿cómo han vivido la ausencia de un abuelo al que nunca conocieron en persona?

Cada año vamos con los niños a hacer nuestro particular acto de recuerdo lejos del foco mediático. Siempre le hemos tenido muy presente y conocen a su abuelo Fernando a través de nuestros recuerdos. Desde el principio les contamos la verdad. Y lo han asumido con naturalidad porque los niños nacen con el corazón limpio. No sentimos odio ni les hemos educado en el odio. Son personitas (tienen de 8 a 18 años) tolerantes pero con las ideas muy claras sobre lo que está bien y mal.

Reflexiones que, en buena medida, sostienen lo que es la Fundación Fernando Buesa.

La Fundación se constituyó en noviembre del año 2000 gracias al interés de personas próximas a mi padre y a la familia. Sumamos esfuerzos para constituirla. Estamos muy agradecidos a las personas que nos ayudaron y que colaboran desinteresadamente. Es una fundación plural, con personas de todo el espectro ideológico y profesional. Gracias a ello hemos conseguido que él siga presente: su palabra, su manera de actuar y también todo su trabajo. Mataron a la persona, pero no sus ideas ni sus convicciones.

Convicciones y discursos que recuperan año tras año, en los aniversarios.

Parece que habla para el momento actual, especialmente en temas de memoria, terrorismo y víctimas. Su discurso está plenamente vigente.

Y han pasado 20 años del atentado. ¿En qué ha cambiado la sociedad vasca desde entonces?

El cambio más importante es que tenemos paz. Hace 9 años que ETA dejó de matar. Estamos en el tiempo de construir los pilares sólidos y firmes sobre los que asentar una convivencia en paz y libertad paz. El terrorismo ha provocado un sufrimiento muy profundo y sus secuelas van a durar años, van a estar presentes en muchas generaciones.

Llega el momento en que hay que salir de la comodidad. Es necesario afrontar ese dolor. Salir de ese letargo para avanzar hacia una sociedad sana.

Esa falta de libertad, ese terror tan arraigado ha dejado una sociedad traumatizada. Una vez que ETA ha dejado de matar es comprensible que, en un principio, la sociedad quiera descansar y olvidar. Pero al cabo de un tiempo llega el momento en que hay que salir de la comodidad. Es necesario afrontar ese dolor. Salir de ese letargo para avanzar hacia una sociedad sana.

Pero también nos encontramos con actos como el sabotaje a la placa en memoria de Gregorio Ordóñez.

Sí. La falta de respeto a los lugares de memoria, los homenajes públicos a presos de ETA que salen de la cárcel… No son temas menores. Hay un discurso del odio muy arraigado que sigue presente y que hay que desactivar. ETA tuvo una legitimación social y política que aún se mantiene. Si no se hace un trabajo serio y explícito con esa parte de la sociedad que sigue radicalizada no podremos avanzar.

¿A quién implica ese trabajo?

Nos implica a todos, igual que el terrorismo nos afectó a todos. Y de manera significativa, implica a quienes apoyaron a ETA, que tienen que asumir su responsabilidad respecto del pasado. Ellos son el espejo en el que se mira esa parte de la sociedad, son su ejemplo.

Ha hablado de esos actos de homenaje que se hacen a los presos de ETA que salen de las cárceles, de los 'ongi etorri'...

No lo llamemos ongi etorri ['bienvenida' en euskera]. No son una bienvenida, son homenajes. En julio de 2019, cuando se produjeron los homenajes en Oñati y Hernani, escribí un artículo titulado Desde el corazón. Hablaba de que estos actos duelen muchísimo pero parece que la sociedad se muestra impasible. Y que la ausencia de un referente moral público capaz de liderar el establecimiento de unas bases éticas sólidas sobre la que construir una convivencia sana deja a sola a la sociedad y abandonadas a las víctimas.

¿Sigo vivo el proyecto de ETA, aunque con otras formas?

El proyecto de ETA era un proyecto político nacionalista, totalitario y excluyente. Y un proyecto compartido por otros agentes políticos. No en los medios, pero sí en los fines. En democracia, cualquier proyecto político tiene cabida siempre que se defienda en las instituciones y con las reglas del juego democrático.

El PNV gobierna en muchas instituciones del País Vasco, a nivel local, provincial y autonómico. Además de la memoria, tendría que liderar sin vacilaciones la deslegitimación del terrorismo de ETA.

Para entender que definitivamente hay una ruptura total con el proyecto político de ETA, es necesario que los líderes que estuvieron conformes con la aniquilación física del adversario político hagan autocrítica de su pasado y asuman, de forma pública y sin ambigüedades, su propia responsabilidad en el terrible daño injusto ocasionado.

Hay personas, como el alcalde de San Sebastián Eneko Goia (del PNV) que asisten a los actos de memoria y que defienden la instalación de placas en recuerdo a las víctimas del terrorismo.

Sí, y no es el único. Es una cuestión de sensibilidad personal, más allá de las siglas de un partido político concreto. El PNV gobierna en muchas instituciones del País Vasco, a nivel local, provincial y autonómico. Además de la memoria, tendría que liderar sin vacilaciones la deslegitimación del terrorismo de ETA.

¿Y desde EH Bildu? ¿Qué papel cree que juega su discurso en esta situación?

El discurso de EH Bildu no ha variado. Sigue anclado en la teoría del conflicto y justifican en él la existencia de ETA. Al final si mantienen ese discurso es porque de otro modo no se entendería que hubieran legitimado la existencia de ETA en el pasado. Y mientras ese discurso se mantenga, no será posible avanzar en la construcción de la convivencia.

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