Arrancaba la mañana con la zona roja de Barcelona tomada por los agentes. Esta vez, los Mossos sí hicieron su trabajo y el dispositivo de seguridad cercaba con varios perímetros de policías el edificio público donde los ministros de Pedro Sánchez iban a celebrar su primer Consejo de Ministros en Cataluña. 

La Llotja de Mar era el lugar elegido. Un edificio portuario que facilitaba las medidas de seguridad al tener uno de sus frentes prácticamente lindando con el mar. Desde allí, era complicado que llegara una riada de gente intentando tomar la zona de exclusión. Además, eso blindaba en cualquier caso la llegada del presidente, ya que la zona franca del puerto podía servir casi de corredor de seguridad para la llegada de Pedro Sánchez al edificio. No hizo falta.

A primera hora de la mañana eran los accesos a la Ciudad Condal los que sufrían las primeras protestas. Y las primeras derrotas para los CDR, los grupúsculos más radicales dentro del independentismo. En su estrategia privada, colapsar Mercabarna era uno de los objetivos prioritarios: dejar la ciudad sin abastecimiento alimenticio y conseguir la imagen de los camiones saturando las arterias que dan acceso a Barcelona. No lo consiguieron. Tampoco funcionó el plan de que colectivos afines galos participaran en el cierre de la frontera con Francia como una señal de reconocimiento. El aeropuerto de El Prat fue otro de los objetivos que quedó intacto. Los vuelos entraban y salía con normalidad en la Cataluña de Sánchez por un día.

Lejos quedaban los preceptos de Puigdemont, quien había insistido en que el independentismo siempre se ha manifestado de forma pacífica: "Ya no tiene que demostrar el compromiso con la no violencia".

Sin embargo, hubo un pequeño logro que el independentismo se apuntó antes  incluso de empezar. Pese a que el dispositivo de seguridad había blindado la zona centro de la ciudad y era prácticamente imposible moverse con libertad en un radio de más de un kilómetro de la Llotja, la asociación ciudadana Omnium convocó un acto de protesta a las 11 de la mañana en la Estació de França. Esto es: a escasos 300 metros de la puerta del edificio donde Sánchez y los suyos representaban la fingida normalidad del Estado en Cataluña.

Así, pese a que los turistas iban de un lado a otro como pollo con maleta intentando llegar a sus hoteles o estaciones, la parroquia independentista y su atavíos fueron llegando al punto de encuentro demasiado tarde para recibir a Sánchez, que adelantó la entrada al edificio a las 9.30. Pero eso tampoco salió bien, ya que su encuentro con la alcaldesa de Barcelona Ada Colau hizo que la llegada del presidente al sanedrín ministerial se retrasara.

Al otro lado de la valla le esperaban desde primera hora de la mañana varios grupos de bomberos y estibadores del puerto de Barcelona, pertrechados algunos con casco. Como si fuera necesario protegerse la cabeza cuando alguien participa en una protesta pacífica. Asomaba tormenta. Llegaba la noticia del primer detenido del día, un individuo que portaba en su mochila material para hacer cócteles incendiarios. Un hecho aislado.

En el dispositivo que les impedía el paso, los agentes de la Brigada Móvil de los Mossos trabajaban de forma coordinada con la Policía Nacional. “Con el casco anti trauma y el chaleco he dicho”, le recriminaba un mando a uno de sus subordinados por bajar de la furgoneta simplemente con el uniforme básico. Luego les hizo falta.

Las cargas policiales

Comenzaron a llegar las primeras noticias de cargas policiales en la zona sur de la ciudad. Grupos de encapuchados comenzaron su pulso a pedradas con los agentes en la zona del Paralelo. Todo servía como arma arrojadiza, Hasta los botes de pintura que algunos de los individuos portaban de casa como elemento para dejar rastro de su pulso al Estado. Llovieron las piedras, las cargas, y a las 13.00 horas, pasado ya el medio día, los servicios de emergencias de la Generalitat anunciaban que 15 personas habían recibido ya atención médica y que cuatro de ellos eran miembros de la policía autonómica. 

Adiós a la revolución de las sonrisas, a los aplausos ciudadanos del 1-O. Quienes permitieron con su inacción la celebración del referéndum ilegal pasaron de héroes a villanos a golpe de su trabajo. El de hacer que la legalidad se cumpla en la calle. “No os merecéis la bandera que lleváis” fue uno de los cánticos más coreados del día, mientras los agentes de la Brigada Móvil, los antidisturbios de la policía autonómica, aguantaban la lluvia de insultos, pintura y desprecio con una tensión que fue en aumento.

Por Twitter, los distintos grupos comenzaron a coordinar pequeñas acciones, mientras parte de los manifestantes, con el grupo de bomberos y agentes rurales que forma el colectivo En Peu de Pau, a la cabeza trataban también de frenarlas. En uno de los momentos más tensos de la jornada, los bomberos formaron un cordón ciudadano para evitar el enfrentamiento directo entre los manifestantes más radicales y los agentes de la Brimo en Via Layetana, una de las arterias más céntricas de la Ciudad Condal.

Salió bien durante más de una hora. Justo hasta que los encapuchados decidieron lanzar contra los agentes las vallas en una de las calles adyacentes, y arrancaron las cargas. Las más violentas del día, primero por la cantidad de manifestantes y segundo por la estrechez de algunas de las calles colindantes. Sobre los agentes cayeron piedras del tamaño de un libro, arrancadas del pavimento,  pintura, y sobre los manifestantes pelotas de goma que terminaron con varios heridos.

Cerco a Sánchez

La política dejó de importar cuando la cúpula de los CDR hizo un llamamiento público a cerrar la salida que debía permitir el acceso del presidente Sánchez al aeropuerto. La seguridad del líder del PSOE y sus ministros nunca estuvo en riesgo, pero el movimiento en la calle tomó algo más de fuerza. Comenzaron a llegar más efectivos especializados en el control de masas, mientras las esteladas y los carteles cedían el paso a quienes vestían de negro y con la cara tapada. Contra ellos, se escuchaba también algún reproche por parte de los manifestantes. Un grito sordo de cordura ahogado por la turba.

En la red,  comenzaban a aflorar los vídeos sobre las actuaciones policiales. Pequeñas píldoras sin contexto donde unos señores de azul pegan a personas que corren sin aliento. El resultado y no la causa de la historia. Otra maniobra de propaganda y otra derrota encubierta: la de los CDR que pensaban realizar ataques de denegación de servicios contra infraestructuras importantes para el Estado y que no consiguieron nada. Todos fueron bloqueados por los expertos en seguridad informática de Policía, Guardia Civil y otras instituciones públicas. A esas horas, sobre las cinco de la tarde, había ya 30 detenidos por resistencia a la autoridad y desórdenes públicos.

Por la tarde, los acontecimientos se sucedieron en un clima de mayor normalidad. Se registraron cortes en vías y carreteras. Los Mossos mantuvieron un protocolo de seguridad que impidió el acceso a puntos críticos. Pero los CDR lograron uno de sus objetivos principales: poner en jaque a la policía autonómica y que la portavoz de la Generalitat, Elsa Artadi, anunciase que estudiarían todas las grabaciones para esclarecer la actuación de los agentes.