-Para el próximo día, escribís un texto que baile. Hasta el lunes. 

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Casi se podían escuchar los parpadeos en el aula como si se tratasen goterones de una tormenta de verano. ¿Un texto que baile? ¿Cómo que un texto que baile? ¿Pero cómo cojones puede bailar un texto? Ese era el reto. Y la semana siguiente, entre decenas y decenas de ejercicios que no decían nada, hechos en cinco minutos para cumplir el expediente, entre las "postalitas" (como las llamaba él) que relataban tópicas noches de verano en una discoteca o fiesta de pueblo, asomaba un ritmo, una estructura o una melodía. Un texto que bailaba muy lento o sudaba al paso de una taquicardia, aunque no supiese mover los pies. Alguien lo había logrado. Entonces comenzaba de verdad la clase, con un viaje, siempre a través de referencias a libros o escritores, períodos históricos, experiencias periodísticas o la rabiosa actualidad. Aunque "rabiosa actualidad" era una expresión prohibida en su aula. Abajo los clichés. 

Muchos alumnos lloran desde este miércoles a Pedro Sorela Cajiao (Bogotá, 1951 - Madrid, 2018), periodista y maestro de periodistas en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, donde enseñó Redacción periodística durante décadas. Falleció en Madrid a causa de un cáncer. Tenía una hija, fruto de su relación con otra periodista, de la que estaba divorciado.  

Hijo de una colombiana y un español, Sorela echó raíces en España y destacó ya en la Universidad de Navarra, donde estudió Periodismo e hizo teatro en grupos de la Facultad. Alguno de los alumnos con los que compartía escenarios, y con los que en ocasiones rivalizó, todavía lo recuerda "en un ensayo repitiendo con su voz grave y gutural: "Era el fin del fin del jardín". Ahora él ha hecho ese trayecto".

Sorela era, efectivamente, grave, de voz y carácter, lo que no le impedía tener un fino sentido del humor; y gutural, porque se expresaba con una garganta intelectualmente reconocible, profunda e independiente, que no dudaba en utilizar aunque lo metiese en líos.

Se hizo adulto como periodista en la agencia Europa Press, donde aprendió que para contar una noticia no se necesitan adjetivos sino verbos ("¡mándeme verbos!", le decía su redactor jefe a Hemingway cuando mandaba crónicas desde Europa), pero que cada palabra cuenta y que la labor del periodista de agencia, a menudo menospreciada por otros periodistas por simple y poco glamurosa, es imprescindible para explicar el mundo. Para Europa Press entrevistó al teniente coronel Antonio Tejero durante el golpe de Estado fallido que perpetró en 1981, entre otras muchas informaciones, por supuesto sin firmar. 

A punto de alquilar un helicóptero

Desde ahí saltó a El País, donde estuvo 13 años en la sección de Cultura cubriendo acontecimientos de primer orden y entrevistando a sus protagonistas en una de las épocas más románticas de la profesión periodística del último medio siglo. De esa etapa contaba crónicas como la del recibimiento de María Zambrano tras 45 años de exilio. "¿Volver a España? Yo nunca me he ido", dijo nada más llegar. Ese fue el titular.

También solía rememorar anécdotas como la vez que, por pura desesperación y para cumplir las órdenes de los directores (a los que nunca les vale una excusa) estuvo a punto de alquilar un helicóptero cuando se enteró en una ciudad mal comunicada de Suiza de que Borges había muerto en Ginebra. "Todavía me pregunto qué me habrían dicho en el periódico", escribió después""Borges ha muerto", me dijeron, una noticia que, no por prevista, dejaba de ser en una sección de Cultura, al menos para mí, como el estallido de la tercera guerra mundial", según él.

Sorela hizo entrevistas, escribió noticias y muchas columnas, muchas de las cuales perviven en el archivo de El País. En él, como último artículo disponible figura, curiosamente, la noticia de un boleto premiado de la lotería en Burgos contado sin aspavientos. 

Sus clases: redacción y lecturas

Dejó la primera línea del periodismo para leer más, escribir más, pintar un poquito y dar más clases a sus alumnos. Según él decía, en el periodismo se envejece mucho más rápido que en otras profesiones. Con los años fue perfeccionando un método para sus clases de Redacción que consistía en encargar textos cada semana que tres o cuatro alumnos escogidos al azar exponían en clase. Muchos estudiantes acusaron al profesor de ser un tirano por la severidad de sus correcciones, pero Sorela rechazaba las sentencias sin un por qué o el "yo lo siento así". Y eso es lo que entusiasmaba a muchos otros admiradores, que eran legión y que este miércoles se desahogaron en las redes sociales. El alumno que subía a la palestra debía hacerlo con artillería para defenderse o sucumbía, pero en cualquier caso aprendía.

Los encargos eran de lo más disparatado, desde el texto que baila hasta el texto golosina, pasando por estudios de cuadros del Museo del Prado, la narración de una invasión de marcianos, el análisis de un telediario, la corrección de un texto publicado en un gran periódico o la asistencia a un juicio de verdad, para contar una vista.

Los trabajos eran imprescindibles, pero los exámanes consistían en reflexionar sobre una lista de libros que había que haber leído durante el curso. Entre ellos estaban Los Miserables, de Víctor Hugo, con su papel de biblia. "Cuando lo descubrí, me pasé semanas sin salir. Mis amigos venían a buscarme para salir, se preguntaban si estaba bien, pero yo no quería salir", explicó en varias ocasiones. También estaban textos de García Márquez, en el que era un experto, Borges, Octavio Paz o Orwell, entre otros muchos. El examen final podía aprobarse con tan solo haber leído obras imprescindibles de la literatura universal con un poco de atención. Así de fácil. Así de revolucionario.

Contra el "periodismo de magnetófono"

"Desde mi punto de vista, el primer problema del periodista hoy es que es analfabeto. Lo que no eran los clásicos (empezando por Capote). No ha leído, no ha pensado, no ha vivido, no ha creado. Saca tú las consecuencias. Sigue pensando, leyendo, abstrayendo e imaginando. Si no, terminarás haciendo periodismo de magnetófono", escribiría Sorela más tarde, en un e-mail a uno de sus antiguos alumnos. 

Un año con Sorela podía dar sentido a cuatro o cinco cursos en una facultad de Periodismo en la que la enseñanza ni solía preparar al alumno para la vida laboral ni lo formaba en profundidad para la vida a través de las artes. 

Sorela no negociaba. Tenía un alto sentido ético del periodismo que quizás lo forzó a abandonarlo demasiado pronto, ya que la profesión de informar es apresurada, sometida a fuertes presiones y llena de intereses que acaban exasperando al más exigente. Él era implacable con los clichés, los sentimentalismos, las excusas y los poderosos, porque su escala de valores era distinta. Eso lo hacía admirable para unos y un friki o un soberbio para otros. 

En la universidad encontró refugio mientras escribía novelas o ensayos sobre grandes escritores, como Borges, Stendhal, Saint-Exupèry, cuya relación se puede encontrar en su web

Sorela con "Solera"

En ella escribía reflexiones desde hace años, entre ellas muchas críticas con la sublimación de la tecnología. En el último texto que publicó, fechado el 4 de abril, explica tras una disertación sobre los idiomas y la falacia de que las actuales son las generaciones mejores formadas de la historia su concepción sobre la enseñanza y sus efectos. "Se me ha ido el folio sin poder explicar que lo poco que soy se lo debo en muy buena parte a los profesores antediluvianos que, en colegios diversos me ponían deberes casi siempre imposibles, que corregían sin contemplaciones: es más, solían ser ogros y tener lenguas no de fuego sino de ácido, cuyas verdades se graban con más facilidad".

Por ese motivo, cabe preguntarse qué hubiera pensado en el día de su muerte, cuando sus latidos dejaron de escucharse en "el fin del fin del jardín", si hubiera visto que unas horas después de fallecer la agencia de noticias donde se curtió como periodista le cambiaba el apellido en el titular y en el primer párrafo para referirse a él como "Pedro Solera". Y no era un homenaje, porque el medio remitió después una corrección. Quizás, en ese momento y por esa ironía póstuma y brutal, el maestro de periodistas sí hubiese soltado una de sus estruendosas carcajadas. 

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