En los últimos años del franquismo, el nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, estudiaba en un internado de Girona, el Collell. Al final de la educación básica hacían cada año un viaje a Ibiza. “Era otra Ibiza, ahora no les hubiera llevado”, recuerda el sacerdote que lo montaba, Miquel Vall-Llosera. Cada niño debía explicar en una redacción una parte del viaje: el avión, el hotel. El joven Carles ya quería ser periodista y pidió hacer entrevistas a locales. Habló con el alcalde Sant Antoni o “con aquellas abuelas que iban siempre de negro”, dice Vall-Llosera, que le recuerda con un magnetófono Philips a pilas en el cuello.

Una de las excursiones de los colegiales era la visita al gobernador civil de Ibiza. Antes de entrar, Puigdemont pidió a Vall-Llosera que le dejara hacer dos preguntas al final. El gobernador accedió y el niño le preguntó, según recuerda Vall-Llosera: “Ustedes hacen muchas propaganda para que vengan turistas a Ibiza, pero luego por ejemplo la carretera hasta Portinatx está llena de agujeros, curvas y no se puede circular”. El gobernador le anunció que sería un buen periodista y le respondió: “Estas preguntas debes ir a hacerlas a los señores de Madrid”.

La anécdota encuadra los dos oficios que han marcado la vida de Carles Puigdemont, el periodismo y la política. Junto a los dos ha habido una obsesión que los ha sobrevolado: Cataluña. Xevi Xirgu, director hoy de El Punt Avui, diario en el que trabajó en los 80 y 90, define a Puigdemont así en unas declaraciones a TV3: “Lleva la política en la sangre. Más que de periodista, o tanto como de periodista, ejerció de nacionalista mientras estuvo vinculado a El Punt. Es un independentista de raíz”. En más de quince conversaciones con personas que han pasado por su vida, emerge un retrato similar: afable, pragmático, reservado, decidido, pero con un eje dominante, Cataluña.

Un internado lleno de ilustres

El santuario del Collell fue donde intentaron fusilar a Rafael Sánchez Mazas, protagonista de la novela Soldados de Salamina, de Javier Cercas, en la Guerra Civil. Luego fue un colegio religioso. En la provincia tenía fama de duro y estricto y a muchos niños les amenazaban con enviarles allí. Ha tenido otros alumnos ilustres. Los hermanos Joaquim Nadal, que fue alcalde de Girona y luego conseller con el tripartito, y Rafel Nadal, director de El Periódico y novelista- pasaron por allí, así como los alcaldes de otros pueblos de Girona.

Rafel Nadal entró en 1963 y recuerda bombillos de 20 vatios, mañanas de lavarse los dientes y las axilas, canto del himno, formación y misa diaria. Los niños sólo podían volver a casa dos veces al año. A finales de los 60, el ambiente se relajó. El jefe de disciplina -que tenía vínculos políticos con el régimen- pasó a llamarse jefe de convivencia. Puigdemont llegó en esa época suavizada. Los libros eran los oficiales, pero cada profesor hacía las clases en la lengua que quería. El catalán era la más común. El catalán de Puigdemont es exquisito y tiene probablemente que ver con sus orígenes. En Barcelona es raro oír palabras como “capteniment” -conducta- o “tanmateix” -sin embargo-.

Puigdemont regresó a su pueblo a estudiar el bachillerato: Amer, de unos 2.000 habitantes, está a unos 20 kilómetros de Girona. Allí siguió con sus dos formaciones: empezó a escribir crónicas locales -mucho fútbol- para el diario Los Sitios y su activismo político crecía. El 23-F por la tarde fue a ver a su amigo Salvador Clarà -hoy teniente de alcalde en Amer por ERC- y le animó a ir a colgar una senyera a Santa Brígida, una ermita en una colina cercana. “No fuimos porque no encontramos una senyera y porque nos liamos con la radio para saber qué pasaba, pero no porque tuviéramos miedo”, dice Clarà.

En esos años, en el puente del Pasteral, al lado de Amer, el Ministerio canalizaba el agua del río Ter hacia Barcelona. Los carteles eran todos en castellano. Clarà recuerda que las pintadas para corregirlos o tacharlos eran expediciones habituales. El castellano de la estación de Renfe de Girona era otro objetivo habitual.

Josep Junquera fue alcalde de Amer entre 1983 y 1991. Unos quince años mayor que Puigdemont o Clarà, fue su padre político. El primer alcalde democrático de Amer fue Josep Puigdemont, un ingeniero tío de Carles. En sus primeras crónicas para su futuro periódico, El Punt, tiene que hablar de él. Su tío y Junquera eran militantes de Convergencia Democrática, el partido de Jordi Pujol. Carles venía de una familia de tenderos: la pastelería familiar sigue abierta y hay en lo alto de una columna un San Antonio que los abuelos se encontraron cuando compraron la casa. A las comidas familiares iba a menudo un sacerdote amigo de la familia, mossèn Jordi. Es probable que esa tradición le llevara a un mitin de Pujol en 1980 y a formar las juventudes de Convergencia en la provincia.

Puigdemont era independentista, pero su partido no lo era. “Estaba todo por hacer, había un país por reconstruir”, recuerda Junquera. Clarà da un ejemplo para entender la perspectiva: “Había un grupo de majoretes en el pueblo. No tenía mucho sentido aquí”. Para convertirlo en algo más catalán -un esbart dansaire- se necesitaban años.

"Después de CDC, independencia"

Clarà y Puigdemont trataban de convencerse mutuamente sobre qué partido representaba mejor sus aspiraciones. Cuando Carles era ya de CDC, Clarà le preguntó si “después de CDC vendrá ERC”. Según Clarà, respondió que no: “Después de CDC, independencia”. Lo que en los 80 o 90 parecía una profecía, ha sido el destino del partido, al menos hasta hoy. “Ve CDC era la casa grande del catalanismo; no lo ve como un partido”, dice Clarà.

La construcción de Cataluña y la conservación de la lengua han sido dos obsesiones. Puigdemont inició estudios en Filología Catalana en Girona que no acabó por su dedicación al periodismo. A mediados de los 90 viajó por Europa para analizar cómo se veía Cataluña desde fuera: Cata... què? tituló el libro. En abril de 1998 empezó a crear su primera empresa pública periodística: la Agència Catalana de Notícies (ACN). Empezó con financiación de las tres diputaciones convergentes. El objetivo de la ACN era el territorio: informar de lo que ocurría en Cataluña -el nombre original de la ACN era Intracatalònia- o con una perspectiva catalana desde el extranjero, como cualquier agencia nacional. La novedad era que todo sería solo por internet.

El momento álgido de la ACN fue con el tripartito. ERC se encargaba de los medios y la financió con solvencia. Con los recortes de 2011, la ACN redujo su tamaño de nuevo, aunque sigue cumpliendo con su función original. En los primeros meses de Intracatalonia algunos redactores pidieron por escrito dejar de estar en beta y lanzarse a trabajar más en serio y en abierto. Hubo algunos despidos por ese motivo, pero nadie ha querido confirmar -ni siquiera off the record- esta versión de un trabajador. El argumento sería que no había ninguna presión externa del mercado para salir y empezar a ganar dinero. La supervivencia iba a acabar dependiendo de los poderes públicos.

El segundo gran proyecto periodístico de Puigdemont fue Catalonia Today en 2004. Entre la ACN y Catalonia Today había hecho dos cosas importantes: dirigir durante dos años la Casa de la Cultura de Girona. Era un cargo político que le permitió entrar mejor en el circuito político de la ciudad. A pesar de que la ACN y Catalonia Today eran empresas con su sede en Barcelona, Puigdemont nunca dejó de vivir en Girona.

Rumanía y la cocina

El segundo gran acontecimiento en la vida de Puigdemont en esos años fue su matrimonio con Marcela Topor, una joven rumana 10 años más joven que había conocido en un festival amateur de teatro en Girona en 1998, el Fitag. Estos días la prensa rumana ha buscado a los suegros de Puigdemont en Iasi, a 600 kilómetros de Bucarest. Esto dice Lenuta Topor, madre de Marcela, a la prensa rumana: “Quiere mucho a Marcela. Vienen cada verano aquí, él cocina mucho, le gusta y relaja la cocina. Ha preparado una paella pero lo que de verdad le gusta de nuestra cocina son las sarmale (rollitos de col con carne), la mamaliga (polenta) y las sopas”.

El padre es menos diplomático. Dice que su hija tenía otros pretendientes locales, que cita con nombres y apellidos, y añade: “No la dejábamos salir mucho. Un día vino y dijo que estaba enamorada de un español y que aunque no estuviéramos de acuerdo, se iba porque allí, en Vaslui, no había chicos de su nivel”. Quizá por nivel se refería a sus estudios. Topor estudió con éxito en la Facultad de Lenguas Extranjeras. 

Luego se casaron por el rito ortodoxo en Iasi y sus hijas están bautizadas en la iglesia ortodoxa Sant Prooroc Ilie Tesviteanul. La boda debió ser un acontecimiento, porque el alcalde de Iasi, Constantin Simirad, fue a la boda y le entregó la llave de la ciudad.

Topor acompañó a Puigdemont en Catalonia Today desde el principio. La intención es crear un periódico en inglés con información sobre Cataluña. Durante los meses iniciales es un gratuito y tiene cierta repercusión, pero no entra dinero. El periódico pasa a semanario de pago. La proyección comercial no parece despegar. La redacción estaba en la sede de El Punt.

La dirección recaía en el único periodista anglosajón, Stephen Burgen, que venía del Times. Burgen estuvo dos años. Según tres fuentes, el proyecto empezó a torcerse editorialmente cuando Puigdemont censuró el artículo de una becaria danesa, Birgitte Lausten. La joven -que hoy es traductora español-danés- hablaba un día con un periodista de El Punt, que insistía en contestarle en catalán. Lausten hizo un artículo donde defendía que la lengua debe ser un instrumento de comunicación no de política. Pero no salió. Lausten no ha querido participar en este reportaje: “Ha pasado tanto tiempo ahora, unos 10 años y me siento muy lejos de todo lo que pasó y prefiero no meterme en nada político de allí”.

Hay otras anécdotas contrastadas que inciden en esta línea. En Catalonia Today era mejor escribir “Spanish State” -que en inglés no tiene sentido- que “Spain” y los "consellers" debían ser "ministers". Una crítica positiva de Sara Baras podía quedar reducida a un breve o un concierto de Raimon era más importante que uno de Bruce Springsteen en Barcelona, lo que para un público anglohablante tenía poco sentido periodístico.

La mujer del jefe

Puigdemont abandonó la gerencia del proyecto para ir al Parlament de Catalunya. Poco después asumió la dirección su mujer, Marcela Topor, que había estado en el proyecto desde el principio. En una parte de la redacción no caía bien la presencia de la mujer del jefe, que podía desautorizar a cualquier periodista con algún comentario en casa.

Catalonia Today no era el único proyecto de Puigdemont en esos años. En 2006 creó Doble Utopia SL con Saül Gordillo, otro periodista catalán de El Punt especialista en internet. Juntos montaron varios proyectos web. Gordillo acaba de ser nombrado a propuesta de ERC director de Catalunya Ràdio. La opinión de Gordillo sobre Puigdemont publicada hace unos días es esta: “Un hombre de grandes ideas, emprendedor, visionario”.

Puigdemont no ha sido un hombre de partido en CDC. Ha sido fiel a los ideales, pero no ha crecido cargo tras cargo. Su salto al Parlament y a la candidatura a la alcaldía de Girona es repentino. Se presentó a las elecciones en 2007 y perdió. Pero cuatro años después se lleva una alcaldía que llevaba tres décadas en manos del PSC. En política es donde brilla más su doble labor pragmática e ideológica: “Yo presentaré resultados”, dijo Puigdemont en una entrevista en TV3.

Narcís Sastre, que ha trabajado en el Ayuntamiento en ámbitos de sostenibilidad y medio ambiente, corrobora la versión de que es un político que basa sus decisiones en evidencias. Gemma Geis, profesora de Derecho Administrativo, recuerda cómo Puigdemont se interesó por su tesis sobre ejecución de sentencias urbanísticas cuando aún era concejal de la oposición. Geis destaca también su pasión cultural por su tierra: "Una vez fui de viaje a París y me recomendó que fuera a una librería occitano-catalana junto al Sena". 

El periodismo parece haberle dado al político ese interés por la lengua y los puntos de vista, pero si hay un ámbito que le hace ser más firme, ideológico o romántico y menos dialogante, es Cataluña. Salvador Clarà describe así la visión de su amigo de juventud: “La ambición siempre es máxima. Tienes que llegar arriba del todo, pero no sabes cómo saldrá. Tienes que luchar por conseguirlo con lo que está en nuestras manos. Si el país no quiere, no quiere. Lo asumiremos y punto”. Es el pragmatismo de un soñador.

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