Londres (enviado especial)

Pat Cash, el campeón de Wimbledon en 1987, espera a Nick Kyrgios en la pasarela que conecta los vestuarios con la terraza de jugadores del torneo. Es la tarde del 1 de julio de 2014 y el joven australiano de 19 años se acaba de presentar al mundo en la Catedral eliminando a Rafael Nadal en los octavos de final. De saque en saque (37 aces), y con un descaro tremendo, Kyrgios ha despedido al español para convertirse en el primer adolescente capaz de derribar a un número uno desde que el propio Nadal lo consiguiera en Roland Garros 2005 (Roger Federer). En los corrillos que se forman por los pasillos se habla de lo que acaba de ocurrir, se hacen predicciones sobre lo alto que llegará el talentoso australiano y se lanzan muy pronto las campanas al vuelo. Cinco años después, Nadal vuelve a jugar con Kyrgios en Wimbledon y muchas cosas han pasado, pero ninguna de ellas ha sido su confirmación como la estrella en la que apuntaba convertirse.

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"¿Cómo crees que ha cambiado aquel Kyrgios de 2014 con el que te encontraste este año en Acapulco?", le preguntaron a Nadal tras ganar al japonés Sugita su primer partido en el torneo. "No lo sé", contestó el tenista mientras se mordía el labio. "No sé decirlo", añadió. "No lo sé contestar", insistió antes de dar por terminada su respuesta.

En febrero de esta temporada, Kyrgios le ganó a Nadal en la segunda ronda de Acapulco. El partido fue muy tenso y muy trabado, tanto que acabó marcando un punto de inflexión en la relación entre ambos jugadores. Para llegar a la victoria, el australiano hizo de todo: llamó al médico para decirle que no se encontraba bien, que estaba cerca de retirarse, pero de repente pasó de no poder moverse a correr como si su vida estuviese en juego, se enfrentó al público (recibió un warning por mandar callar a la grada), se encaró con el juez de silla y celebró algunos puntos cruzando la línea del respeto. Ganó, consiguiendo salvar tres puntos de partido y logrando contaminar al español con su show, en el que el campeón de 18 grandes se quedó atrapado.

"Ha sido un encuentro extraño", dijo Nadal aquella noche en Acapulco. "Por momentos, parecía que él estaba muy lesionado y que luego se encontraba en perfecto estado, pero a mí no me saca nada de quicio", reconoció el balear. "Llevo tropecientos años en el circuito y no me despista que un chico se dedique a hacer cosas extrañas dentro de la pista. Otra cosa es que crea que tiene que mejorar en este sentido. Hoy le ha salido bien y ha ganado, pero cuando uno se dedica a hacer todo este show… Tiene un talento descomunal para ganar torneos del Grand Slam y para luchar por las primeras posiciones del ranking, pero por algo está donde está. No es un mal chico, es buen chico, pero le falta un poco de respeto hacia el rival, hacia el público y hacia sí mismo también", sentenció el español.

"No sabe por lo que he pasado en cuanto a lesiones en los últimos tiempos y tampoco sabe nada de mí, así que no voy a escuchar lo que dijo", se defendió el australiano. "Yo podría comentar lo lento que es entre saques, pero no voy a hacerlo. Yo tengo mi juego y él tiene el suyo".

Las palabras de Nadal fueron gasolina para Kyrgios. Nada más volver a su hotel, el australiano publicó un vídeo de la victoria en su cuenta de Instagram con un extraño mensaje. "No dudes de ti mismo, hay un montón de gente que lo hará por ti. Puedo oler la sangre cuando juego contra este tipo", escribió en referencia al español, acompañando esas palabras de tres emoticonos (un fantasma, un robot y una jeringuilla) que muchos entendieron como un ataque frontal hacia su rival.

Desde entonces, durante todos estos meses, Kyrgios ha aprovechado para pegarle a Nadal a la más mínima oportunidad. Utilizando el altavoz de la prensa, casi siempre mediante la vía de las entrevistas, el australiano ha ido de gancho en gancho ("a este tipo le falta un poco de sal", "no voy a respetarle por pasar la pelota por encima de la red", "no sé si me tomaría una cerveza con él"...), tratando de mantener viva la llama de una pelea a la que su contrario no le ha hecho ningún caso.

"Sinceramente, me da igual", aseguró Nadal el martes. "Di mi opinión y la mantengo. Me da igual que haga lo que quiera de su vida. Esta es la verdad", reiteró el número dos del mundo. "Personalmente, no me molesta que haga lo que le apetezca. Salgo a jugar mi partido de tenis. Soy un profesional de este deporte e intento pensar en lo que tengo que hacer", remarcó. "Solo pienso en tenis. Tengo la suficiente edad como para no entrar en juegos que no me vienen al caso. Llevo muchos años en el circuito y no entro a jugar en cosas que no tienen ningún sentido en estos momentos de mi carrera".

El jueves, Nadal se enfrentará a la versión más descontrolada de Kyrgios. El australiano, que ha hecho prácticamente todo lo malo que puede hacerse dentro de una pista, tocó fondo hace unas semanas en Roma al ser descalificado en la segunda ronda que jugaba contra Casper Ruud como consecuencia de varias infracciones que culminó lanzando su silla al centro de la pista. Ninguna vez había ido tan lejos: ni cuando le dijo en pleno partido a Stan Wawrinka que su novia (Donna Vekic) se había acostado con Thanasi Kokkinakis (Montreal 2015), ni cuando se dejó perder con Mischa Zverev en la segunda ronda de Shanghái 2016, ni tampoco cuando fingió masturbarse en Queen’s 2018 durante un intercambio de las semifinales contra Novak Djokovic.

Así, Nadal y Kyrgios se medirán el jueves por el pase a la tercera ronda de Wimbledon en un duelo eléctrico, muy peligroso para el español porque su oponente es muy bueno, fuera de cualquier debate el talento que tiene, y por todo el espectáculo que ha envuelto al encuentro. En consecuencia, es un reto doble para el mallorquín: obligado a abstraerse del espectáculo que seguramente el australiano despliegue en la pista y necesitado de su mejor versión para frenar a un tenista de gatillo rápido.

Antes de eso, los dos se entrenaron el miércoles a la misma hora en las pistas de Aorangi Park, uno al lado del otro. El español, con Nicolás Jarry; el australiano, acompañado de Carla Suárez, que aceptó su invitación para pelotear juntos después de varios torneos intentándolo. Luego, al terminar, Nadal se pasó 10 minutos firmando autógrafos a todos los aficionados que esperaban tras la valla, y que minutos antes habían recibido una torta de Kyrgios.

"Todo el que lleve una gorra de Rafa no va a recibir nada", le dijo el australiano a los seguidores que perseguían su firma, abriendo dos bandos antes de vérselas con el campeón de 18 grandes en Wimbledon en un cruce volcánico.

[Más información: Horario internacional y dónde ver el Kyrgios - Nadal]