Dubai

Para llegar a la final del torneo de Acapulco, la tercera que juega en su carrera (ganó en 2005 y 2013, cuando la cita todavía se celebraba sobre tierra batida), Rafael Nadal superó su encuentro de semifinales contra Marin Cilic (6-1 y 6-2) de una forma que posiblemente no imaginaba. A diferencia de otras veces, el partido no vio al croata disparar sin misericordia una bomba tras otra, martillear cada saque con rabia y aprovechar luego para reventar la bola desde las dos alas de la pista con tino. En México, el viernes por la noche, sucedió lo opuesto a ese esquema previsible.

Cilic, muy gris al principio y algo más reconocible al final, se inclinó ante el campeón de 14 grandes, fiel a su propuesta de ser agresivo sin perder la regularidad desde la que ha levantado su leyenda, con algunos tiros muy buenos que vinieron a confirmar que sigue acercándose a su mejor nivel, que está cerca, cada vez más cerca. El triunfo, además, llegó acompañado de una estadística bastante reveladora: por primera vez desde 2014 (Doha y el Abierto de Australia), Nadal volverá a jugar dos finales consecutivas sobre pista rápida. Tras caer hace poco más de un mes en Melbourne con Roger Federer en la pelea por el primer grande del curso, el mallorquín intentará celebrar este sábado la copa ante Sam Querrey, vencedor 3-6, 6-1 y 7-5 de Nick Kyrgios en la otra semifinal.

“Al comienzo ha cometido más errores de lo habitual y eso me ha ayudado un poco”, reconoció el español sobre el tibio inicio de su oponente. “En el segundo set ha jugado mucho mejor, pero he conseguido salvar los momentos complicados con mi saque. Mentalmente, lo he gestionado muy bien y también a nivel de tenis”, celebró el balear. “Las cosas están saliendo muy bien y eso me da confianza. Estoy ilusionado por jugar otra final aquí en Acapulco”.

El pobre año de Cilic (primera ronda en Chennai y Montpellier, segunda en el Abierto de Australia y cuartos en Rotterdam) no diluyó la amenaza de un partido muy peligroso para el español. Con su habitual estilo de pegador, y acunado por una superficie dura como la de Acapulco, el croata debería haberle exigido al balear un peaje mucho más alto por el pase a la final, sin importar que el número seis tuviese la inspiración colgada de la raqueta.

En 23 minutos, Nadal mandaba 5-0 tras haberle roto dos veces consecutivas el saque a Cilic. Más allá de un juego intenso y consistente, el mallorquín no hizo ninguna obra de arte para tener un marcador tan abultado en tan poco tiempo. El croata, que salió desnortado del vestuario, pagó quizás su falta de ritmo (pasó sin jugar a semifinales después de la renuncia del estadounidense Johnson, lesionado en el tobillo derecho) y se precipitó en la toma de decisiones. Sin el apoyo del servicio y con la brújula rota, Cilic tardó un santiamén en rellenar una doble página con todo tipo de errores no forzados (16 en toda la primera manga), como el coleccionista de cromos de fútbol que en una tarde de suerte completa los huecos que le faltan.

Nadal, que como siempre ante un gran sacador esperaba un cruce decidido en un puñado de puntos, se encontró recorriendo a toda mecha una autopista hacia la final, sin tráfico por el camino. El mallorquín, que tras abrochar la primera manga le propinó un 2-0 de entrada a su contrario en la segunda, supo entender muy bien la situación cuando Cilic amagó con reaccionar, pese a estar completamente grogui, mentalmente fuera y con problemas en su pierna derecha. Aún así, el croata se fue procurando algunas opciones de rotura durante el segundo set (tres) para intentar endurecer la semifinal y Nadal le respondió subiendo una marcha para quitarle la idea de la cabeza.

Al contrario de lo que debería haber sucedido según el librillo de la lógica, Cilic sufrió pesadillas en cada turno de saque y Nadal sacó adelante los suyos sin demasiados problemas, salvando las siete pelotas de break a las que se enfrentó en todo el partido. Con los papeles cambiados, el español evitó tener que vivir en el alambre y aceleró hacia la final del torneo con el mismo tenis de enero, aunque haya pasado más de un mes en Mallorca sin competir. Gane o pierda el título el sábado, hay algo que es innegable: Nadal puede soñar con un 2017 a lo grande.