Melbourne

Ya llega, cada vez está más cerca, el momento inevitable se echa encima a toda velocidad. En su viaje al cielo del deporte, Serena Williams llegó este sábado a 23 torneos del Grand Slam (más que nadie en la Era Open) al derrotar en la final del Abierto de Australia a su hermana Venus (6-4 y 6-4), desempató con la legendaria Steffi Graf (22) y se quedó a uno solo de los 24 de Margaret Court, que los ganó cuando el tenis iniciaba la transición del blanco y negro al color. El triunfo, además, le devolvió a Serena el número uno del mundo tras perderlo a manos de Angelique Kerber en el pasado Abierto de los Estados Unidos y reafirmó su liderazgo. Con 35 años, y aunque muchas amenazan con quitarle el puesto, la estadounidense sigue siendo la que manda. 

“Ella es la única razón por la que estoy hoy aquí”, se arrancó Serena aún sobre la pista, después de que Venus bromease primero en la entrega de premios (“Esta es mi hermanita pequeña, chicos”) con la grada rendida a ambas. “Ella es la única razón por la que las hermanas Williams existen”, prosiguió la campeona, que al llegar al vestuario se fue abrazando con todo el que se encontró mientras sostenía el trofeo en la mano. “Gracias por ser mi inspiración, Venus”.

La fiesta de las Williams nació con una tormenta de roturas. Serena le arrebató el saque de entrada a Venus (1-0), que reaccionó bien (1-1) antes de volver a perderlo de nuevo (1-2) y devolver la igualdad a la final (2-2). Para entonces, la número dos del mundo ya había destrozado su raqueta después de fallar un tiro sencillo. A Serena, que ganó la primera manga tras calmarse, solo necesitó tranquilizarse, le costó muchísimo jugar contra su hermana, administrar las emociones de una final tan delicada y no perderse en el laberinto de recuerdos que le vinieron a la cabeza durante el cruce.

Venus Williams, durante el encuentro. Efe

Antes de repartirse el dominio del tenis femenino con puño de hierro, las Williams crecieron de la mano. Se criaron juntas, en la vida y también en el circuito. Con esos lazos de unión bien sólidos, las dos se fabricaron unas carreras fantásticas (22 grandes Serena, siete Venus) y se juntaron para dejar su marca en dobles (ganando el Grand Slam y tres oros olímpicos). Así, con el peso de la historia a cuestas, Serena y Venus se citaron en la final del Abierto de Australia 19 años después de jugar su primer partido, en el mismo torneo y con victoria para la segunda.

Desecho el rompecabezas mental, Serena gobernó el partido imponiendo su poderoso juego desde el fondo de la pista (27 ganadores) y Venus solo pudo mirar como su hermana subía un escalón más hacia el Olimpo, desplomada con al segundo saque (29% de puntos ganados) y superada de arriba a abajo. A los 36 años, la mayor de las dos dejó escapar una oportunidad irresistible para sumar un grande más, quizás la última. Solo el tiempo desvelará si Venus todavía puede mejorar un currículo fabuloso, aunque parezca ridículo en comparación con el de su hermana.

Serena, que acabó abrazada a Venus en un precioso gesto que no necesitó explicación, deporte en estado puro, también demostró con la victoria que pese a todo sigue sin tener rival, digan lo que digan. La mayoría de sus fracasos han dependido exclusivamente de ella, aunque hayan sido otras (Kerber, Garbiñe Muguruza…) las que han terminado abrazadas al título. A día de hoy, en pleno 2017, Serena sigue siendo la mejor. Sus victorias y sus derrotas siguen pasando únicamente por su raqueta. Y de momento nadie ha demostrado lo contrario. El cielo está mas cerca que ayer para, que ya es la mejor de siempre, aunque todavía necesite un par de conquistas más para hacerlo oficial.

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