Melbourne

—¿Ha sido buena o mala?

—Rafa, da igual si ha sido buena o mala. Piensa si está bien golpeada o no, lo demás da igual. Ya ajustarás y entrará. Lo importante es que esté bien jugada.

La pregunta de Rafael Nadal es la misma de siempre, la que lleva haciendo toda la vida en cada entrenamiento después de una bola dudosa. La respuesta de Carlos Moyà, sin embargo, es completamente distinta.

“Me he dado cuenta de que es un jugador que se castiga mucho el fallo”, explica después de esa conversación en la pista el ex número uno mundial a este periódico. “Te está preguntando todo el tiempo si ha sido buena o mala, y eso en un entrenamiento”, prosigue el mallorquín, que por primera vez acompaña al campeón de 14 grandes después de unirse a su equipo el pasado mes de diciembre. “Es demasiado exigente consigo mismo y no se perdona el fallo. Tiene que intentar cambiar un poco esto. Más que quedarse con el hecho de si ha entrado no, debe pensar si se ha atrevido o no”, insiste. “Si quieres cambiar algo, evolucionar, y a la primera te penalizas… es imposible. Lleva un tiempo, pero es algo importante a lo que está intentando acostumbrarse”.

El martes por la tarde, Nadal aparece por primera vez por el Abierto de Australia después de llegar de Sídney de madrugada (perdió una exhibición con Nick Kyrgios bajo las reglas del formato FAST4 Tennis) y se marcha a la pista número dos del torneo para empezar un entrenamiento que acaba en la Rod Laver Arena más de dos horas después. Allí está Toni Nadal, supervisando todo lo que ocurre y corrigiendo algunos movimientos del número nueve. Allí está Rafael Maymò, su fisioterapeuta, que jamás falla a un entreno. Allí están Marc López y Moyà, vestidos de corto, con la raqueta en la mano y devolviendo los golpes que Nadal les manda con violencia. El mallorquín está solo en un lado de la pista, ellos comparten el otro. Es un dos contra uno, pero la inferioridad no se nota: el español va variando de derecha a izquierda sin perder la intensidad, como un limpiaparabrisas en plena tormenta.

“Con eso busca poder cambiar de direcciones y que la pelota vuelva una y otra vez”, cuenta López tras la práctica. “Si estoy yo solo, y con la fuerza que tiene Nadal tirando, me abre a un lado y no llego”, asegura el catalán, que jugará el cuadro de dobles en Melbourne junto a Feliciano López. “Cuando entrena algo específico, como lo de hoy al cambiar direcciones, con la velocidad que golpea necesito a alguien al lado”, añade el número 10 del mundo en la modalidad por parejas.

“Le encanta sentir la bola”, le sigue Moyà, el refuerzo que López tiene a su derecha durante esos intercambios. “A mí no me gusta mucho que lo haga tanto por el centro, estar 40 minutos jugando por el centro. Es poco real”, apunta el mallorquín. “Jugar por el centro y que la bola venga así es fácil. Si juego yo con él, nadie podrá saber si soy el nueve del mundo o el que está retirado”, continúa. “Las cosas se complican un poco al cambiar de direcciones. Eso es bastante más real”.

Es su primer día en Melbourne, pero Nadal se entrena duro en una pista vacía. Son las cuatro de la tarde y le resbalan las gotas de sudor por el rostro, cubierto bajo una gorra de béisbol blanca. Gruñe tras cada golpe. Se queja cuando falla dos derechas seguidas. Escucha lo que le dicen y luego debate cuando no está de acuerdo. Un hora después, Nadal interrumpe la sesión para seguir en la central del torneo. De allí se marcha tras exprimirse intentando afilar el cuchillo, llevarlo siempre entre los dientes, echar a un lado el escudo.

“Hemos hecho distintos ejercicios”, reconoce Moyà. “Por ejemplo, le pongo un límite de golpes para ganar el punto, otro donde empieza defendiendo y tiene un número de tiros para conseguir el intercambio… Intentamos reforzar que sienta presión cuando inicia con ventaja el punto para acabarlo lo antes posible y cuando lo inicia en defensa neutralizarlo también pronto”, sigue el mallorquín, que habla de “alimentar la parte ofensiva” para que Nadal consiga hacer esa transición que lleva tiempo buscando, siendo más agresivo, consiguiendo, por ejemplo, acabar su derecha tras la espalda, y no con la raqueta encima de la cabeza, un síntoma de mordiente.

“Es difícil cambiarlo porque le ha funcionado todo la vida”, reflexiona el campeón de un grande sobre la diferencia entre las dos formas de terminar el golpe. “Aunque no se trata de cambiar, es evolucionar y atreverte. Cuanto más se atreva en los entrenamientos, en los sets que no hay presión, más opciones va a tener de hacerlo cuando haya presión”, se despide el mallorquín, que no ha necesitado ningún período de adaptación al equipo de Nadal porque es como de la familia, de siempre uno más en el grupo, aunque estuviese fuera.

En Melbourne, donde el próximo lunes arranca el Abierto de Australia, Moyà se estrena en el banquillo de Nadal. Es una incorporación continuista, ningún cambio drástico ni muchísimo menos, pero a la vez un movimiento bastante importante: su llegada trae un mensaje similar, aunque envuelto en aire fresco y clave en el futuro cercano del número nueve.

Noticias relacionadas