Roma

Insistir. Luchar. No perder la fe. Creer. Soñar. Sobre esos cinco pilares construye Andy Murray una victoria fantástica en el torneo de Roma (6-3 y 6-3 a Novak Djokovic en 1h35m) que le lleva en volandas a Roland Garros (desde el próximo 22 de mayo). Derrotado hace una semana en la final del Mutua Madrid Open por el número uno, y sin ningún triunfo en tierra batida ante Nole, el británico hace suya una máxima tan real como difícil de ejecutar: la perseverancia siempre tiene recompensa.

En el Foro Itálico, la del número tres es una exhibición de resistencia, de no bajar los brazos aunque sea lo más fácil. Así, Murray suma 12 Masters 1000, desempatando con el estadounidense Sampras y quedándose con la cuarta posición histórica en la clasificación de máximos ganadores. Él, que mantenía una maldición con la arcilla, es hoy un rival temible sobre la superficie más lenta del circuito. Bien lo sabe Djokovic, que solo había perdido un encuentro en todo 2016 (contra el checo Vesely en Montecarlo) y acabó inclinado por un tenista portentoso, sin fisuras en su inmaculada propuesta.

Se compite en un día de perros, gris y frío. La final empieza a las cinco de la tarde, pero ya es noche cerrada en Roma. Desde el comienzo, las butacas se llenan de chubasqueros que protegen a sus dueños de la lluvia, incesante durante todo el cruce. Djokovic recibe el chaparrón con el gesto torcido y tarda poco en quejarse airadamente, mientras se resbala una y otra vez porque la tierra está mojada. “¡Es peligroso jugar así!”, le grita Nole al juez de silla con furia. “¡Está lloviendo desde hace una hora! ¡Alguien tiene que lesionarse para que lo entiendas!”, le repite, mientras el árbitro no hace caso a los avisos del número uno, claramente a favor de suspender el partido.

En cualquier caso, Djokovic llega a la pelea por el título dolorido (se golpeó involuntariamente el tobillo izquierdo con la raqueta el día anterior, lo que le obliga a jugar con el pie aparatosamente vendado) y ahogado por la carga que lleva encima. Para alcanzar la final, el serbio necesita consumir 8h26m por las 4h50m de su rival, casi la mitad de tiempo. Además, su período de recuperación desde las semifinales es bastante menor: mientras Murray descansaba en el hotel durante toda la tarde, resuelto su encuentro ante el francés Pouille en menos de una hora (59 minutos), Nole seguía tratándose el cuerpo pasada la medianoche, superada una batalla de desgaste (3h) contra el japonés Nishikori que le obligó a ir al límite.

Novak Djokovic, durante la final en el Foro Itálico. Reuters

El serbio, además, se encuentra otro problema, uno del que lleva meses avisado: la evolución del británico sobre tierra batida, una metamorfosis a la altura de pocos. Del Murray quebradizo del pasado (63% de victorias entre 2005 y 2014) se ha pasado a otro casi inabordable, con números de especialista en arcilla (90,3% de triunfos entre 2015 y 2016, con dos títulos). Solo la fuerza de voluntad, el empeño que ha puesto en comprender los misterios de un suelo que se le atragantaba, puede explicar cómo el número tres se ha convertido en un firme candidato a cualquier título sobre albero, y ahí va incluido Roland Garros. Una vez aceptado el sufrimiento, firmado con sudor el pacto para aguantar todo lo que sea necesario, Murray es uno más en el grupo que en París encabezan el serbio y Rafael Nadal.

Para el serbio, la final es una tortura de principio a fin. Pese a que domina claramente el cara a cara contra el británico (23-9, 5-0 en tierra batida), Djokovic sufre para mantenerse en el encuentro desde el primer momento. El número uno protagoniza un arranque sin alma. Está jugando por un títuloi y su intensidad es la misma que tendría viendo una película en el sofá un sábado por la tarde. Sin la consistencia que le distingue (14 errores solo en la primera manga, 23 al final del duelo), a Nole se le viene el mundo encima porque está metido en un buen lío y a ver cómo sale de ahí. Su cabeza está en otra parte, posiblemente pensando en que este trofeo lo perdió la noche anterior, dejándose la pie ante Nishikori.

Sirva un ejemplo para demostrar la impotencia del campeón de 11 grandes. Enrabietado, Djokovic tira su raqueta contra el suelo y tiene que ir a recogerla de las manos de un aficionado, después de que acabe en la grada tras rebotar en la tierra. En consecuencia, recibe una sanción del juez de silla e ironiza buscando desahogarse (“demuéstrale al mundo que eres el jefe”, le dice al árbitro). Como no puede pisar el acelerador al fondo, subir varias marchas para impresionar a su rival, el número uno maldice y se desgañita mientras intenta buscar soluciones que no llegan.

A Djokovic le cuesta una barbaridad desbordar a Murray, que tiene respuesta para todos sus tiros. A diferencia del número uno, el británico va sobrado de piernas y eso le ayuda a recuperar bolas imposibles, tiros que serían ganadores contra cualquier otro. El número tres, que levanta un malecón con sus formidables defensas, se desplaza a toda velocidad, como si sus zapatillas llevasen unos ruedines en la suela. Tiene energía para aguantar todo lo que Nole le propone, que tampoco es demasiado. Su determinación hace el resto.

El británico, con tiros que dejan sentado a su rival, se lanza al cuello de Djokovic tras ganar el primer set. Llegados a ese punto, el serbio ya ha amenazado con reaccionar (se procura tres bolas de break en el segundo set). Murray, sin embargo, ni se inmuta: le cierra la puerta en la cara (salva las tres), rompe el saque de Nole y gana el título a lo grande, devolviendo una pelota junto a la grada que el serbio ya daba como ganadora. Antes de Roland Garros, la victoria de Murray es gigante, por la forma y también por el fondo. Parece increíble, pero es completamente cierto: en tierra, hay vida más allá de Djokovic y Nadal.

Reuters