Carl Lewis, uno de los grandes iconos del atletismo mundial, construyó parte de su leyenda a partir de una decisión tan simple como radical: vaciar el plato de carne y llenarlo de alimentos vegetales.
Lejos de debilitarle, aquel giro nutricional se convirtió en una pieza clave de sus mejores años sobre la pista.
Entre los años 80 y primeros 90, Carl Lewis dominó la velocidad y el salto de longitud, acumulando nueve oros olímpicos y diez medallas en Mundiales, ocho de ellas doradas. En 1990, cuando ya era una estrella consagrada, decidió dar un volantazo y adoptar una dieta totalmente vegana, sin carne, pescado, lácteos ni huevos.
En el prólogo del libro "Very Vegetarian", Lewis explica que aquella transición no fue un gesto moral, sino una apuesta por la salud y el rendimiento deportivo. Obsesionado con alargar su carrera en la élite, empezó a cuestionar la idea de que la proteína animal era imprescindible para un velocista de primer nivel.
Lewis lo resume con una frase que desafía décadas de dogma deportivo: "He descubierto que una persona no necesita proteína de carne para ser un atleta exitoso".
Carl Lewis.
Su reflexión va más allá del eslogan: sostiene que el mejor año de su carrera llegó precisamente cuando completó su primer año de alimentación vegana.
En 1991, tras varios meses de dieta vegetal estricta, firmó actuaciones que muchos analistas consideran las más brillantes de su trayectoria, reforzando la idea de que su nuevo modo de comer no le restaba fuerza, sino que le permitía recuperar mejor y sentirse más ligero. Para él, la clave no estaba en sumar filetes, sino en ajustar el total de calorías y cuidar la calidad de los nutrientes.
Su menú se edificó sobre alimentos básicos: cereales integrales, patatas, frutas, verduras, legumbres y frutos secos, acompañados de grandes cantidades de zumos frescos. Llegó a tomar entre 24 y 32 onzas diarias (unos 700-950 ml) de jugo de frutas y verduras, convencido de que eso reforzaba su energía y su sistema inmune.
El cambio no estuvo exento de tropiezos: al principio se sintió falto de energía y pensó que necesitaba "volver" a la proteína animal. Su médico, el doctor John McDougall, le explicó que el problema no era la ausencia de carne, sino un simple déficit calórico en plena fase de entrenamientos extenuantes; al aumentar la ingesta total de comida, recuperó la vitalidad.
Más allá del mito de la carne
La experiencia de Lewis se convirtió en un argumento recurrente para quienes defienden que una dieta basada en plantas puede sostener -e incluso potenciar- el rendimiento de élite.
Su ejemplo abrió camino a una nueva generación de deportistas veganos que ven en los vegetales no un sacrificio, sino una herramienta competitiva: mejor control del peso, recuperación más rápida y menor sensación de pesadez.
Lewis insiste en que disfruta más comiendo, se siente mejor y mantiene su peso a raya sin recurrir a las típicas restricciones de los atletas carnívoros.
Para un hombre que corrió más rápido que casi nadie, su mensaje es claro: la carne dejó de ser el motor de su cuerpo y, aun así, el éxito siguió marcando el paso
