En Torrejón de Ardoz, en Madrid, hay una aldea gala donde unos tipos -con pócima o sin ella- sueñan, ejecutan y cumplen. Visten de azul, se les conoce como Movistar Inter y exhiben, cual Quijote, la locura del que sólo sabe atacar molinos, buscar imposibles y luchar contra lo establecido. No se llaman ni Barça ni Madrid (aunque este último no tenga equipo en este deporte), no buscan Cibeles ni Canaletas y tampoco tienen multitudes tras ellos. Pertenecen a una minoría llamada fútbol sala. O, mejor dicho, son el fútbol sala. Con esa intención fueron concebidos. Y ellos, qué decir, no iban a fallar. Ganaron la Liga este lunes, su cuarta consecutiva, y bendijeron un triplete al que se suman la Copa y la Uefa Futsal Cup este curso. Son leyenda (y lo serán), porque la historia guarda entre sus páginas a quien se lo merece. Y este equipo lo vale.



Alzó la Liga el Inter, entre imposibles presentes (como el de ser el único capaz de darle la vuelta a un 2-1 en una final de playoffs) y locuras pretéritas. No se puede traducir de otra manera lo que parece un milagro: un equipo sin nombre de club de fútbol (sin apellido) domina el fútbol (con apellido) sala. Y no sólo eso. El Inter no cede, ni siquiera ante el Barcelona, que peleó esta última Liga y, por momentos, la mereció hasta forzar el último y quinto partido (2-1). Y ahí, en la orilla, cayó, pero no sin antes luchar. Roger, a seis minutos para el final, igualó el gol de Gadeia en la primera parte. Y, de hecho, hasta encerró a los de azul en su campo. Pero entonces apareció el mejor jugador de fútbol del mundo, Ricardinho, que tiró un caño, colocó la pelota y la mandó a ese lugar donde las mallas acunan a sus niños de cuero.



La locura, desatada en el pabellón tras ese gol, no es más que el reflejo de lo que es un club que (con independencia del acuerdo de colaboración alcanzado con el Atlético este año), es un rara avis del deporte. De hecho, no hay comparación posible. En balonmano, la crisis maniató los sueños del Ciudad Real -otro Quijote, aunque peor gestionado-, y dejó al Barcelona una autopista con pocos peajes y carreteras de primera. En fútbol, ni que decir tiene que la Liga y los títulos (con la excepción de los ‘hombres’ del Cholo) pertenece al duopolio que representan Madrid y Barcelona. Y en baloncesto, sólo el Valencia (seis años después que el Baskonia) se ha atrevido a cuestionar la supremacía de los dos de siempre.



La proeza cobra aún mayor enjundia cuando se habla de un deporte abandonado por las masas en la madurez. Esa es la realidad del fútbol sala, que conquista niños a esa edad temprana en la que se crean referentes y se fomentan gustos, pero que no encuentra acomodo en las audiencias de televisión y los hombres que, con traje y corbata, olvidan cómo disfrutaban sobre la pista. Eso, en cambio, tiene una excepción, la de este Quijote llamado Movistar Inter que goza ya de cuatro campeonatos de Liga consecutivos y puede presumir de otras cuatro Copas de Europa (2004, 2006, 2009 y 2017). En total, 10 títulos en los últimos cinco años, desde que llegó Jesús Velasco, el arquitecto de todo. Se dice pronto, pero no es sencillo. Por eso, quizás, conviene valorar lo vivido en Torrejón de Ardoz, no vaya a ser que algún día…

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