Comenzó a jugar a los 3 años, ganó el torneo de su club con 12, fue el jugador más joven en pasar el corte de un torneo del Circuito Europeo, ganó el British Boys y el British Amateur, fue el mejor amateur en el Masters de Augusta de 1999, se hizo profesional y logró su primer triunfo en sólo seis torneos, es el jugador más joven en debutar con el equipo europeo en la Ryder... La vida de Sergio García siempre se movió a velocidades de vértigo. Casi tanto como el Ferrari con el que se paseaba con Martina Hingis por Borriol, aunque lo importante se hizo esperar: su primer grande y el amor de su vida no llegaron hasta 2017.

Redención, justicia divina o, simplemente, deporte. Llámenlo como quieran, pero el golf, la vida y los astros le debían una al castellonense. Se la debían porque aquella sonrisa, aquel desparpajo y aquella manera de jugar con la mayoría de edad recién estrenada en el DNI eran impropios, irreales. Se la debían porque al 'Ninio', que decían los yanquis con su acento sureño cuando fue el mejor amateur del Masters en 1999, le llegó todo demasiado pronto: el éxito, la fama, las comparaciones con Seve, el sambenito de ser el hombre llamado a batir a Tiger Woods. Todo aquello fue tan injusto como acertado ha sido el desenlace del Masters.

Sergio García tocó fondo. Incluso escarbó un poco cuando llegó al fondo. Que un deportista profesional en plenitud de facultades, con uno de los juegos más completos del mundo (driver, hierros, wedges y putt) y en el momento dulce de la carrera de un golfista -al principio de los 30- decida tomarse "un descanso" es un mal síntoma. Uno muy, muy malo.

Durante su carrera, tal ha sido la obsesión con el putt, que Sergio García llegó a llevar dos en la bolsa -un problema psicológico, dijo Jack Nicklaus, el más grande de todos los tiempos-, llegó a cambiar el agarre del mismo hasta tres veces en un mismo año. Llegó a consultar a un psicólogo, a un nefrólogo y quizás hasta le echaron las cartas. Sergio García, literalmente, llegó a desquiciarse, a creerse lo que los demás decían de él, sin creerse a sí mismo. Un descenso a los infiernos continuado y aumentado constantemente por los sinsabores deportivos. Y también por los sentimentales.

LOS PROBLEMAS DEL CORAZÓN

El Poulidor del golf sufrió tanto en el campo como fuera de él. No tanto por Martina Hingis, la suiza que llegó a ser número uno del mundo del tenis, como por la australiana Morgan Leigh Norman, quien podría decirse que machacó el corazón del castellonense no una, sino dos veces. Porque tras una primera ruptura, Sergio García cayó de nuevo en las redes de la hija de Greg Norman. Ella, enóloga, siempre tuvo claro que quería trabajar y los negocios de su padre le dieron la oportunidad en California. No era el lugar perfecto, pero al español le dio igual.

Sergio García y Katharina Boehm, durante el Real Madrid-Bayern de la Champions en 2014.

Llegaron a sonar campanas de boda, pero... Con el corazón hundido -más hundido que nunca-, el juego acompañó el declive y el ránking mundial pareció una fosa abisal en la que desaparecer para siempre. Llegarían las apariciones fugaces con una pareja aquí y otra allá, pero fue una preciosidad rubia y alemana quien recondujo su vida. Y su golf. Con Katharina Boehm llegaron las fotos de sonrisas, los piques públicos Real Madrid-Bayern Múnich, volvió el juego y regresaron los resultados. Incluso le hizo de caddie en un torneo que Sergio García ganó en Tailandia en diciembre de 2013.

Era un nuevo renacer gracias al amor. Todo cuesta abajo, todo fácil, todo cómodo. Y, sin embargo, al Dr. Sergio siempre le acompañaba el Sr. García. Los grandes éxitos no llegaban, las grandes victorias se escapaban y todo lo bueno de una parte de la vida no se traducía en la otra. Él, que como Seve siempre fue más querido y admirado fuera de la piel de toro que dentro de nuestras fronteras, era incapaz de encontrar la gloria pese al equilibrio. Quizás necesitase más equilibrio, más paz fuera del campo de golf. Quizás la necesitaba a ella.

Katharina Boehm desapareció del plano y casi sin transición, obviando el fundido a negro, entró en escena Angela Akins. Morena, sonrisa Profident, reportera de The Golf Channel e hija de una leyenda del fútbol americano como Marty Akins. No hay día sin foto feliz, ni torneo sin compañía. En Augusta, sufrió tanto como Víctor -el padre de Sergio, que le puso un palo en las manos con 3 años y, probablemente, le ha acompañado en todas las vueltas de su vida con otro palo en las suyas-, aunque ella lo escondía detrás de unas gafas de espejo.

Unos nervios que no podrá ocultar este verano -fecha y lugar aún desconocidos- cuando Sergio García la espere en el altar, quizás con la chaqueta verde en lugar del esmoquin o el chaqué, consciente, de eso no hay duda, de que la paz que ella le ha dado le ha quitado por fin la etiqueta de 'niño prodigio', el sambenito de 'heredero de Seve' y, por fin, le ha convertido en Sergio García, campeón del Masters de Augusta.

Noticias relacionadas