Simeone, esta semana, reclamaba volver a los orígenes y “recuperar la ilusión”. Y quién sabe si lo hizo por la cercanía de la Navidad o por la de los Reyes Magos. Da un poco igual. Su equipo, de una u otra forma, captó el mensaje. Es decir, asumió que era necesario defender como antes y recuperar la efectividad de siempre. Y con esos conceptos, todo iría bien. O, mejor dicho, va bien. ¿La prueba? Este mismo sábado, en la victoria contra el Eibar, un ejercicio de solidez y productividad como sólo conocen los equipos alemanes –y, obviamente, los del Cholo–. Y lo hizo con el tercer gol de Saúl en los tres últimos encuentros y con otro de Griezmann, que no marcaba en Liga desde octubre. [Narración y estadísticas: 0-2].



La tarde, en general, no estaba para remilgos. Si acaso, para buscar una manta, echarse una siesta y despertarse para ver el resultado final. Y en Ipurúa, más o menos, la cosa no pintaba diferente. El partido, entre que el césped estaba congelado y el termómetro no ayudaba, no ofreció demasiado en la primera mitad. De hecho, por parte del Atlético, apenas una novedad: la inclusión de Giménez como mediocentro y un disparo de Griezmann que se marchó cerca del palo. Pero nada más en los primeros 45 minutos. El resto lo hizo el Eibar, que tuvo alguna más: una de Sergi Enrich muy clara fallada delante de Moyá y otra de cabeza de Adrián que acabó en las manos del portero rojiblanco.



Ante ese poco fútbol, y para seguir con la tónica mantenida durante toda la semana, apareció el árbitro. En la primera mitad, evitando que Adrián viera la segunda amarilla por una mano clara (y pitada) minutos después de ser amonestado tras una falta; y después, no viendo una mano polémica (e involuntaria) de Vrsaljko dentro del área. ¿Correcto o no? Eso ya que lo decida cada cual delante del televisor. Lo cierto es que en la segunda mitad, de nuevo, se volvió a cuestionar la labor del colegiado, esta vez tras el gol del Atlético, en el que Filipe Luis pone la pelota y Saúl, en fuera de juego, remata al segundo palo para colocar al equipo de Simeone por delante.



Y hechos los deberes, el Atlético hizo lo que mejor sabe: meterse en su campo y esperar para aumentar la distancia a la contra. Y el Eibar, ante esa tesitura, se dedicó a lo contrario. Es decir, a tocar y a buscar la llave del empate. De todas las maneras posibles, con Pedro León intentándolo desde lejos, Bebé rematando balones dentro del área y todos centrando en pos de que alguna pelota traspasara la línea de gol. Pero ni así. Porque lo cierto es que con los rojiblancos metidos dentro de su parcela y el marcador a favor, se antoja casi imposible que el rival pueda hacer daño.



Así, el Atlético se encontró con la situación idónea para hacer daño. Y lo hizo como mejor sabe, a la contra. Condujo la pelota hasta el área del Eibar y una vez allí le asestó la puñalada a su rival: Gameiro la puso y Griezmann remató. Y fin de la historia. Como ante Las Palmas, el delantero francés y Saúl condujeron a los rojiblancos a la victoria. Y sí, quizás este Atlético no enamora como a algunos les gustarían, pero qué más da. Poco a poco va recuperando la regularidad que echó en falta a final de 2016, y el resto importa poco.