En 2014, cuando Alemania ganó el Mundial, muchos atribuyeron a Guardiola -por aquello de que ese mismo curso había llegado al Bayern de Múnich- parte del éxito de la selección germana. Tres años después, se puede desterrar aquella idea. Cierto es que Joachim Löw le copió algunos conceptos al español, pero hasta ahí llegó su influencia. Pep dejó el país y la Mannschaft sigue sumando triunfos en todas sus categorías. El viernes pasado, arrebatándole la Eurocopa sub-21 a España (1-0), y este domingo, levantando la Copa Confederaciones frente a Chile (0-1), con un equipo repleto de jóvenes promesas y los campeones Mundiales -los Müller, Neuer y cía- descansando para acudir frescos a la cita del próximo verano.



Lo de la Mannschaft este fin de semana -para entendernos- ha sido como una boda gitana: la fiesta empezó el viernes por la noche y se ha extendido hasta este domingo. En tres días, el mundo entero ha puesto sus ojos sobre Alemania. Y, de paso, cualquier aficionado medio se ha preguntado cómo es posible que los germanos hayan cultivado tanto talento. Pues bien, eso tiene una explicación. Y, aunque no lo crean, es bastante sencilla. En el año 2000, ante la crisis de éxitos de la selección y pensando en el Mundial de 2006 (lo organizaba Alemania), la Bundesliga y la Federación se pusieron de acuerdo para impulsar el fútbol base e implantar estructuras profesionales en todos los clubes del país. El resultado, 17 años después, está a la vista: los niños que entraron entonces en las academias se han doctorado en tres días como campeones de Europa -los sub-21- y de la Copa Confederaciones -los de la absoluta-.



Ocurre también que este milagro no se habría producido sin Löw. El seleccionador alemán, antes de la Copa Confederaciones, habló con su ‘colega’ de las inferiores y le dijo: “Me voy a llevar a muchos sub-21 conmigo, quiero hacer pruebas de cara a 2018”. Y, de paso, habló con los Kroos, Neuer y cía para hacerles saber que los dejaba fuera esta vez, pero que los quería entregados de cara al Mundial. Y su apuesta, cuestionada por muchos medios germanos, le ha salido mejor de lo que esperaba. Joachim No sólo ha hecho pruebas en este torneo, sino que, casi sin quererlo, ha levantado el trofeo frente a Chile con su equipo B. 



Esta vez, quizás, sin el brillo de otras ocasiones. Y, definitivamente, con un fútbol distinto. En 2014, Alemania ganó el Mundial jugando al toque. Entonces, mantenía la pelota, controlaba con el balón en los pies y llegaba al área sin recurrir al balón largo. Este verano, en cambio, lo ha hecho de otro modo: con un fútbol más directo, sin pasar demasiado por el centro del campo y saliendo rápido desde atrás. A veces, con cinco defensas (tres centrales y dos laterales bien abiertos que se incorporan a la medular) y variando el sistema en función de las circunstancias.



En todos los casos, con las ideas bien claras y aprovechando los errores del rival. En la final, adelantándose en la primera parte tras un fallo de Marcelo Díaz: Werner se la robó al defensa y se la dejó a Stindl para que anotara a placer a puerta vacía. Y, hecho eso, poco más le hizo falta a los germanos, que tuvieron hasta otras dos ocasiones (siempre por fallos de ‘La Roja’) para sentenciar el partido en los primeros 45 minutos: una internada de Goretzka por la banda derecha y un disparo de Draxler desde la frontal que se fue cerca del palo. ¿Y Chile? Lo intentó, pero se chocó una y otra vez con el muro alemán. Unas veces con los defensas y otras con Ter Stegen, perfecto durante todo el partido y vital en el último disparo de Alexis Sánchez, incapaz (como todos sus compañeros) de darle la vuelta al partido. No era fácil. Ni siquiera contra la B. 

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