A diferencia de Guardiola, que primero forjó un estilo y después dominó el planeta unos años, Zidane optó por un camino mucho menos intelectual: sacar partido a la despensa y apelar a los valores asociados al club. Esfuerzo, garra, resistencia hasta el último aliento. Su gestión del temperamento ajeno ha producido una primera cosecha insólitamente buena: campeón de Europa, del mundo, con CR7 triunfando sobre Messi. La misma plantilla a la que tanto pitaban, hace exactamente un año, que necesitaba el escudo protector de los altavoces del Bernabéu. Los mismos jugadores que hace sólo ocho meses perdían 2-0 en Wolfsburgo. Esos que volvió a salvar Keylor Navas este domingo ante cientos de millones de futboleros estupefactos.

Hace ocho o nueve meses Ramos era casi un traidor, Cristiano estaba acabado y había que venderle. Un sector del madridismo prefería una eliminación en cuartos de la Champions para obligar a la directiva a una ‘limpieza’ que no hubiesen podido (ni querido) evitar, sabedores de que ocupaban el siguiente escalón en la lista de posibles culpables. 2015, el ‘annus horibilis’ de Chamartín: ningún título en la faltriquera, un cambio de entrenador muy resistido y música de viento durante meses. El embrujo de Zidane había funcionado sólo unas semanas: llegó la primavera y el equipo seguía igual (o peor).

La resurrección posterior del equipo, su capacidad para colocarse en situaciones extremas y forzar reacciones heroicas, le ha reconectado con la afición mediante el sufrimiento compartido. Porque el equipo, para qué engañarse, juega como el de Benítez. (Es decir, no se termina de saber muy bien a qué). Sus mayores virtudes son la resistencia y la contundencia; la generosidad, el termómetro de su poderío. Si falta Modric, tiende a practicar un fútbol entre tedioso y espeso, desenredado por el veneno mortífero de sus estrellas. (Cristiano y Ramos, los ‘señalados’ del desastre de 2015, a la cabeza).



Ningún entrenador en la historia del club había acumulado tantos partidos seguidos sin perder. Ninguna leyenda futbolística ha salido más favorecida en el año que termina que la de Ramos, capaz de adueñarse de un minuto después de decenas de partidos mediocres, y la de CR7, el triunfo de la voluntad.

En Barcelona primero fue el estilo, pero en Madrid lo que importaba era ganar. Florentino Pérez empeñó su bala de plata y se entregó al carisma motivador de un entrenador sin experiencia. Hace tiempo que la única identidad futbolística del club es la victoria. Basta un entrenador que les comprenda, al que respeten. Son muy buenos, ya saben ellos qué hacer. Sólo necesitan a alguien que les haga correr. Y si se aburren un rato y les empatan, ya espabilarán. Nadie encarna la máxima de Luis como el Madrid de Zidane. Ganar, ganar y ganar. Jugar es secundario.