El amor, dicen, es una motivación, un impulso que lleva al ser humano a conocer y contemplar la belleza en sí misma. Así lo estimó, por ejemplo, Platón. El problema, a veces, es que la negativa recurrente de cualquier chica (o chico) deriva en frustración. Y, entonces, sólo quedan tres opciones: asumir el desencanto, buscar otro camino o seguir intentándolo. No hay más. Eso no lo cuestiona nadie. Ni siquiera el Atlético, prendado desde hace tiempo de una mujer, la Copa de Europa, que no le hace ni caso cuando la distancia entre ambos se reduce. No lo hizo en el 1974, ni en 2014, ni en 2015, ni en 2016. Y tampoco en este 2017, el año en que los colchoneros le prometieron una remontada imposible, en un escenario único (el Calderón) y contra su verdugo de estos últimos años: el Madrid, el maldito Madrid, el 'puñetero' Madrid…



En su camino siempre aparecen los mismos. Da igual que el Atlético, desde que llegara Simeone, haya amado como nadie a esa femme fatale. A ella no le importan las promesas de futuro, las caricias ni los mensajes en rojiblanco. Ni tampoco los susurros al oído, las plegarias o los besos desde la distancia antes de dormir. A la Copa de Europa todo eso no le ha convencido. Ella siempre se ha ido con otros. En 1974, con aquellos rubios alemanes; en 2014, con el eterno rival; y en 2016, de nuevo con el Madrid. ¿Y este curso? Será para la Juventus u, otra vez, para los mismos de siempre, para esos que evitan Beberly Hills -o eso dicen-, pero viajan en el Titanic, en primera clase y buscando galácticos mientras zarpan hacia Cardiff.

Fernando Torres aplaude a la afición tras el partido.



La maldición ya no se cuestiona. Es real. El Atlético, en Europa, ha enterrado rivales sin que importara su clase social, su estatus o su palmarés. En estas últimas cuatro participaciones, han sucumbido 'nuevos' ricos como el Chelsea, revelaciones históricas como el Leicester, ogros de otra época como el Bayern, aspirantes como el Leverkusen o escultores de una filosofía como el Barcelona. Todos se quedaron por el camino en algún momento. Lucharon por la misma mujer, pero no lograron convencerla. Ella, la Copa de Europa, promulgó su dictamen: avanza el Atlético. Sí, pero después… eso ya era otra historia.



A la hora de la verdad, aparecía Ramos en el 93, un poste en la prórroga, un 'Chicharito' efímero o un Ronaldo cinco estrellas. Cualquiera. El ritual, como una maldición, repetía su danza para insuflar un relato a las malas profecías. Para que el Madrid, sencillamente, vista de ‘Bestia negra’; y el Atlético, en cambio, recuerde aquello del ‘Pupas’. O se compare con el Benfica y su leyenda negra, esa que instauró Béla Güttman con una frase lapidaria cuando fue despedido: “En 100 años sin mí nunca ganarán una competición europea”. Y siguen sin hacerlo, como el Leverkusen, ese ‘gafe’ alemán al que apodan ‘segundón’. Como otros muchos equipos, todos ellos con una leyenda negra que recorre su sistema nervioso hasta frenar cualquier euforia.



El problema del Atlético, en realidad, no se llama Copa de Europa ni Champions League. No, su problema viste de blanco impoluto y tiene nombre y apellidos: Real Madrid. Poco importa que Simeone cambiara la dinámica del club. O que el Atlético, con su llegada, sumara títulos: dos Europa League, una Liga, una Supercopa de España y una Copa del Rey. Todo menos la dichosa ‘Orejona’, que ha pospuesto los sueños rojiblancos por irse con un amante que, cada poco tiempo, le ofrece un escarceo rutinario con su ya compañera de trabajo Cibeles.



Esa es la realidad que se vivió en un Calderón que apretó, sacó su mejor traje del armario, se maquilló para la ocasión, se puso guapo y le construyó un tifo con mensaje: '¿Qué se siente? Orgullo. No somos como vosotros'. Eso se lo dedicó al Madrid antes de buscar una remontada imposible que nunca llegó. El 3-0 de la ida, ese hat-trick de Ronaldo, pesó demasiado. El Madrid, de nuevo, se fue con la chica más bonita, aunque esta vez tendrá que conquistarla frente a la Juventus. Pero no hubo lloros ni lamentaciones en el Manzanares. Ni siquiera frustraciones. Todo lo contrario, Simeone pidió a los suyos que levantaran la cabeza, entre un torrencial de lágrimas y ese estadio que dice adiós cargado de sueños. El Atlético ya tiene elegido el camino: seguir intentándolo. No contempla otra opción. Porque aman Europa, pero mucho más a su club. Así es. #Nolopuedenentender.

Fernando Torres saluda a la afición tras el partido. EFE

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