No debe ser fácil que te comparen con Messi. De hecho, probablemente, sea un ‘marrón’. Al menos, para cualquiera que se considere normal. Pero ese no es el caso de Dybala, que lo asume con cierta naturalidad, incluso con sorna. En realidad, no tiene que preocuparse por nada. Brilla en la Serie A, deslumbra en Europa y conquista Turín partido a partido. En última instancia, mirando a los ojos a Messi sobre el mismo terreno de juego, con el equipo contrario. Ante el Barça, con dos zarpazos en la primera mitad que dejan con pie y medio a la Juventus en las semifinales de la Champions (3-0).



“Yo quiero ser Paulo, no Messi”, confesaba Dybala en la previa. Y lo demostró nada más comenzar el partido, con dos tantos para el recuerdo. El primero, recibiendo dentro del área, dándose la vuelta y ajustando la pelota en el palo largo; y el segundo, llegando desde atrás y colocando el balón en la red con un toque fatal que dejó al Barcelona hundido. Tanto que el conjunto azulgrana ya no pudo levantarse. Lo intentó en la segunda mitad, pero se quedó a las puertas, tocado y muerto de cara a la vuelta.



Dybala se postuló como el sucesor de Messi en la mejor noche posible, frente a él y en Turín. No dudó en ningún momento. Saltó al césped, miró al cielo y bendijo a su afición. A la que, por cierto, tras el partido, prometió que su renovación está muy avanzada. Pero, yendo por partes. Su irrupción en el partido fue la de un jugador sin dudas. Entró al campo como sólo lo hace la gente con una confianza desmedida en sí misma. Sin pensar en el resultado, en el rival ni en las comparaciones. Se situó en punta y empezó a emparejarse con Higuaín, con el que ha estrechado su relación esta temporada.



Y sobre el campo se comió a los centrales azulgranas. A Piqué y a Umtiti, a Mascherano (este miércoles de mediocentro), a Mathieu o a quien hiciera falta. Era su partido. Lo sabía, se lo tenía prometido y lo necesitaba. Con sus maneras de chico malo, su flequillo volando en el Juventus Stadium, su tatuaje en el brazo y sus particulares medias, más bajas de lo normal. Hizo dos goles, brilló y dejó a todos con la boca en caja. A Bartomeu, que lo vio como el sucesor de Messi, a Florentino, que desde su casa lo habrá contemplado como su próximo galáctico, o a cualquier jeque de club inglés.



En realidad, él “sólo quería disfrutar”, como confesó tras el partido. El chico nacido en Córdoba, que creció en el Instituto de Córdoba, aprendió cómo sortear defensas italianos en el Palermo y ha subido al cielo con la Juventus. Allí se ha convertido un ídolo. Quizás, en el Messi de Turín. Paulo, un argentino que gasta maneras de italiano y lo tiene todo para convertirse en la próxima estrella de orden mundial. Rápido, incisivo y con mucho gol. ¿El próximo Messi? Ya se verá. ¿Acaso importa ahora?

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