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Zlatan Ibrahimovic construyó su leyenda tanto a base de talento como de una disciplina física casi obsesiva, que le permitió competir en la élite hasta más allá de los 40 años.

Su mezcla de artes marciales, potencia, elasticidad y juego aéreo solo se entiende tras el personaje provocador y se observa la rutina estricta que mantuvo durante sus últimos años como profesional.

Ibrahimovic convirtió su cuerpo en una herramienta de alto rendimiento, afinada al milímetro: llegó a jugar con unos 102 kilos de peso y apenas un 8% de grasa corporal, una cifra propia de culturistas o velocistas olímpicos.

Esa composición extrema, basada en una enorme masa muscular, explica por qué él mismo admitía que perder peso le resultaba especialmente difícil, pese a vivir sometido a una dieta y a una rutina de entrenamiento feroces.

En la La Gazzetta dello Sport, el delantero secó explicó que "peso 102 kg pero solo tengo un 8% de grasa, por lo que perder peso es muy difícil para mí".

Ibrahimovic se despide en San Siro tras anunciar su retirada del fútbol EFE

Zlatan apuntaba que su problema no era la grasa, sino la enorme cantidad de músculo que había ganado a lo largo de los años, lo que elevaba la báscula sin margen para "recortar" sin afectar al rendimiento.

En sus palabras, el desafío ya no era "ponerse en forma", sino mantener un equilibrio casi quirúrgico entre potencia, ligereza y prevención de lesiones en una etapa avanzada de su carrera.

Una dieta milimetrada

Detrás de esos números hay una dieta tan estricta como su carácter. Según varios medios italianos, Zlatan seguía un plan basado en carnes blancas (pollo, pavo, pescados), bresaola de ternera, frutas y verduras frescas de temporada, evitando por completo los productos congelados y los helados.

También restringía al máximo la pasta, algo casi herético en Italia: los carbohidratos los obtenía principalmente de cereales y siempre huyendo de los azúcares refinados.

Otro rasgo clave era el control absoluto de las cantidades: distintas informaciones señalan que pesaba cada alimento en una báscula doméstica y medía las porciones "al gramo exacto".

Además, incluía proteínas a base de tortillas, recurría a sustitutos del azúcar y tomaba incluso ocho almendras al día por su aporte de magnesio y "grasas buenas", dentro de un esquema en el que su nutricionista intentaba mantenerlo entre 92 y 94 kilos en etapas concretas.

La dieta era solo la mitad de la ecuación: Ibrahimovic la combinaba con una rutina física exigente, tanto con su club como en sesiones personales, que incluían trabajo de fuerza, flexibilidad y ejercicios inspirados en las artes marciales para conservar elasticidad y explosividad en el salto y en el contacto.

Esa preparación específica explicaba que, aun con lesiones importantes en rodilla o tendón de Aquiles, pudiera volver a competir y ser decisivo en el título de la Serie A con el Milan ya entrados los 40 años.

Zlatan Ibrahimovic, con el AC Milan en 2023 Reuters

El sueco, sin embargo, también se permitía ciertos respiros: según coinciden crónicas de medios italianos y españoles, tras los partidos y en vacaciones daba "vacaciones" a la dieta una vez por semana, casi siempre en forma de una pizza, su "premio" favorito, aunque sin caer en excesos de frituras o postres.

Ese pequeño margen de placer convivía con un día a día marcado por el rigor, la báscula y una convicción innegociable: para seguir siendo Zlatan, no bastaba con hablar; había que sostener el personaje con un cuerpo preparado para cumplirlo.