El mundo del fútbol pensaba que el nuevo presidente de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) sería Marcelino Maté, vicepresidente de la entidad, hombre discreto de buena reputación entre las federaciones territoriales. Una alusión a un presunto salario ‘en negro’ de 3.000 euros mensuales en el auto de prisión de Ángel María Villar obligó a modificar los planes iniciales de la Federación, que ha entregado el mando de una entidad abierta en canal al miembro más antiguo de su Junta Directiva, Juan Luis Larrea Sarobe, tesorero del fútbol español desde hace 28 años y amigo íntimo de Villar desde hace décadas: un hombre de perfil notablemente bajo que aspira a ser el baluarte del villarismo frente a la revolución iniciada por Miguel Cardenal (y después Jorge Pérez) en la Operación Soule.

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Larrea, profesional del sector bancario, es un hombre de fútbol en la acepción más tradicional de la palabra. (Tiene, de hecho, dos hijos futbolistas). Acostumbrado a acudir en chándal a partidos de la selección, este donostiarra y seguidor de la Real Sociedad preside desde hace tres décadas la Federación Guipuzcoana (que tiene dos clubes en Primera División) y es, según coinciden sorprendentemente cuatro fuentes próximas consultadas, “vasco, vasco, vasquísimo”: aficionado al ciclismo, a correr y a la buena mesa, destaca por su carácter llano, “noblote”, directo, “a veces incluso un poco bruto”, serio y servicial, “a veces bravucón”, que ha logrado la proeza de salir aparentemente indemne del proceso anticorrupción abierto a pesar de ser mencionado numerosas veces en el demoledor autor con el que el juez Pedraz envió a prisión a Villar, a su hijo y a Juan Padrón para poner patas arriba el aparato gestor del balompié nacional.

Tras la ‘suave’ suspensión cautelar de un año a Villar decretada por el Consejo Superior de Deportes, Larrea pretende ser el hombre que detenga la hemorragia y mantenga la estabilidad (“la normalidad”, dicen compañeros suyos) en una entidad alanceada por diversos frentes y una reputación enfangada por las escuchas publicadas a sus principales dirigentes. Las grabaciones, de las que sólo se conoce una pequeña parte, mantienen en vilo a un gran número de dirigentes deportivos españoles (no sólo del fútbol) en medio de un sumario secreto que irá creciendo con la toma de declaraciones a decenas de testigos e investigados; entre ellos, el propio Larrea, que declarará el jueves ante el juez Pedraz en calidad de testigo.

"Confío en mi inocencia"

Este miércoles, concluida la Asamblea General de la RFEF en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas, el tesorero y nuevo presidente mostró gran prudencia frente a la prensa: “Yo confío en mi inocencia, del resto lo dirá la justicia”. Poco antes, ante la Asamblea, había dejado entrever raros signos de emoción al dirigirse a los asambleístas y defender la “honestidad” de la gente del fútbol: "Atravesamos un momento delicado, pero eso no significa que el fútbol español se resquebraje, en absoluto. Los aciertos superan a los errores, y ahí están los éxitos de todas las selecciones, para empezar en las categorías inferiores".

El papel de Larrea en el célebre auto de prisión de los Villar es extrañamente aséptico para una persona tan próxima al presidente que ha ejercido de su tesorero durante casi tres décadas. Aparece, por ejemplo, cuestionando la entrega de 300.000 euros al presidente de la Federación Cántabra (FCAF) para un campo de fútbol antes de las elecciones. Se reproduce una conversación entre Villar y el presidente de la Federación de Cantabria, José Ángel Peláez, en la que éste le habla sobre la financiación de un campo y le comenta "que se han pagado ya sesenta y siete y faltan doscientos sesenta o algo así". Después de esa charla, Villar se comunica en dos ocasiones con Larrea, "la segunda vez con un tono más imperativo", y afirma: "Mírame lo de la cántabra".

Pocos días después, Larrea "informa a Juan Padrón de que Villar le ha llamado tres veces para que le pague el campo". Tras citar una nueva conversación entre el presidente y Peláez, en la que Villar pregunta a su interlocutor si le ha llamado finalmente Larrea para pagarle, el auto reproduce otro diálogo telefónico entre Villar y el tesorero. En él, Larrea "informa al presidente Villar que de los campos de fútbol para los que la FCAF necesita los fondos, uno no va a ser homologado por sus características, que además no es propiedad de la FCAF y el uso es limitado a unos horarios, y que toda la financiación es soportada por la RFEF". "Se muestra crítico con la gestión de Peláez", según el auto, que pone la siguiente frase en su boca: "El acuerdo que ha hecho él es un acuerdo que yo no hubiera hecho nunca... Pagamos todo. Ellos no han puesto nada... A mi no me parece normal, pero yo como no tengo que decir nada... Me callo y ya está". (Lealtad inquebrantable).

Incertidumbre y lucha por el poder

Los numerosos enemigos de Ángel María Villar, reunidos en torno a la figura de Javier Tebas, temen que este donostiarra de pura cepa se aferre al cargo (no se pueden convocar elecciones si Villar decide luchar y no dimitir) y continué la obra de su amigo bilbaíno. Hombre poco político, hasta ahora había estampado firmas en miles de papeles y transferencias que ahora serán miradas con lupa. También había viajado mucho con la selección, siempre apasionado con el equipo, hombre central pero silencioso en el entramado de poder villarista. Ahora deberá afrontar muy diferentes tareas, ya sea durante las próximas semanas, meses o años (el futuro a medio plazo de la federación es todavía una incógnita). Y deberá hacerlo bajo mucha mayor presión y un escrutinio mediático obsesivo.

Un escollo en la renovación del organismo, claman desde el bando contrario, y un test, dicen desde la Federación, para la capacidad de un hombre proverbialmente serio: “A veces parece que se ríe y todo, pero con el bigote no termina de estar claro”. En todo caso, un eslabón de continuidad en la federación más importante y cuestionada del deporte español.