Esta semana, en este país, se ha hablado de lo realmente importante: las Coca-Colas que se bebe (o no) Ramón Espinar, las patatas del Barça que se come (probablemente) Isco Alarcón o del futuro de Fernando Alonso, que prefiere, dice, “seguir en la F1 que estar en un supermercado”. Algo normal. O quizás no tanto. En cualquier caso, convendría preguntárselo a algún dependiente… El caso es que, tras una semana tan transcendental en lo relativo a la información patria, Luis Enrique no podía desentonar. Y no lo hizo. Preguntó por la hora del derbi y no confirmó su presencia frente al televisor -ya saben de su alergia hacia ellos-. “Veré el partido si no me echo la siesta”, reconoció. Pues bien, sin desearle a nadie un mal rato, la realidad es que el partido de la capital (de no ganar el Atlético) le puede hacer perder el sueño.



España, mientras tanto, estará pendiente de lo que ocurra en el Bernabéu y, sobre todo, de si será el último derbi de Zidane ("no sé si seguiré la próxima temporada", reconoció en rueda de prensa). Con una cerveza, un café o algo más fuerte -eso ya queda al gusto de cada uno-. Lo cierto es que el mundo del fútbol, en general, tendrá sus ojos puestos sobre la capital. En primera instancia, por ver de nuevo una reedición de la final de la Champions League. Y, en segundo lugar, porque el futuro de la Liga podría depender de lo que ocurra en Chamartín este sábado (16:15 horas). ¿El motivo? Una derrota del Real Madrid dejaría en bandeja la primera plaza al Barcelona, que juega ante el Málaga (20:45 horas).



Dicho esto, toca hablar primero del Madrid, favorito por razones evidentes: es el líder de la Liga, lleva 51 partidos consecutivos marcando, ganó el choque de la primera vuelta en el Calderón con un hat-trick de Cristiano Ronaldo (0-3) y llega con su once titular en plena forma (y no se esperan sorpresas contra el Atlético). ¿El problema? El derbi, esta vez, es importante en lo sentimental, en lo transcendental (por lo que puede implicar para la Liga) y en lo psicológico (después de recibir a los colchoneros, el equipo de Zidane viaja a Múnich).



Si a todo lo anterior, además, se le suman las dudas de Zidane sobre su futuro... Entonces, el cocktail es explosivo. Por eso, pero también por las muchas incertidumbres que hay en todo lo que concierne al Madrid en este final de curso: la renovación (o no) de Isco, el enfado de James contra el Leganés en esa plantilla pacificada que era el conjunto blanco hasta hace poco o la conveniencia de jugar con (o sin) la BBC. En definitiva, el Madrid de siempre. Con sus títulos (y once Copas de Europa) a pesar de todos los problemas foráneos que se acumulan tras sus partidos.

Los jugadores del Real Madrid durante el entrenamiento. EFE



RACHA DE VICTORIAS ROJIBLANCAS



El Atlético, por el contrario, encara el partido de otro modo: es tercero (a tres puntos de distancia del Sevilla, rival directo por esa plaza), llega tras acumular cinco victorias consecutivas en Liga (con 10 goles a favor y tan solo uno en contra) y ha ganado en sus tres últimas visitas al Bernabéu en competición doméstica. Es decir, lo tiene todo a favor y afronta el encuentro sin presión, con la cabeza puesta también en el choque de Champions ante el Leicester, pero con la certeza de que una victoria en campo rival lo puede aupar en lo psicológico para lo que queda de temporada.



“Llegamos en un buen momento”, reconocía Godín el martes, después de la victoria ante la Real Sociedad (1-0). Y con esa certeza llega el Atlético, que además ha mejorado en lo defensivo (sólo ha encajado un gol en los últimos siete partidos). Todo, en definitiva, buenas noticias. Con una única pega: la baja de Gameiro, que sigue lesionado en este final de temporada. Poca cosa. Sobre todo, si se consigue la victoria. Lo que sería la guinda de un pastel que, en este final de temporada, pinta muy bien. Incluso en la hora de la siesta.

Los jugadores del Atlético durante el entrenamiento matinal. EFE