Milán

Tras un día de pura fiesta española por las calles de Milán, la final madrileña se decantó de la forma más despiadada: la tanda de penaltis y el poste que repelió el lanzamiento de Juanfran después de que el Atleti, superior al Madrid durante más de una hora, desperdiciase una prórroga que amenazaba con contar al revés la historia de Lisboa hace dos años.

Las aficiones madrileñas se apropiaron de la jornada desde la mañana y callaron incluso el altavoz de San Siro cuando las alineaciones eran presentadas. Enseguida comenzaron las hostilidades. Koke dio la primera patada a los pocos segundos del partido y Pepe salió a encararle: había demasiadas cuentas en juego como para perderse en nostalgias. La disposición táctica inicial de los entrenadores fue la esperada: una compacta línea de cuatro centrocampistas rojiblancos frente al triángulo merengue (Modric, Casemiro y Kroos), convertido en cuarteto cuando Bale ayudaba en el repliegue. La presión del Atlético, sin embargo, no era la de otras noches.

Primera ocasión

En el minuto 5 Oblak detuvo con suerte un remate de Benzema a saque de una falta y metió el miedo en el cuerpo del rival, inicialmente superado por la relevancia del duelo y del escenario. El Madrid se había mostrado enchufado desde el saludo inicial: jugaba rápido, sin miramientos, con su brújula croata descomprimiendo cualquier enredo al primer toque y superando con sorprendente normalidad la vigilancia de Augusto y Koke.

Había demasiadas faltas como para llegar a ser un buen encuentro, pero la tensión era superlativa. El Madrid se sentía a gusto y lo hacía saber; enseguida probaban suerte y buscaban ser verticales, sin premiosidad. Casemiro, la obsesión de Simeone, se dedicaba con diligencia ejemplar a su labor de centinela. Era un partido trabado en el césped y explosivo en el graderío, hasta que de repente Bale (con la ayuda final de Ramos, a quien la UEFA dio el gol pese a encontrarse en fuera de juego) lo desniveló tras peinar un saque de falta de Kroos. El Madrid volvía a exhibir su pegada mortífera en el juego aéreo y al vecino le temblaban las piernas.

Olés prematuros

El fondo sur del Giuseppe Meazza se pobló de ‘olés’ prematuros y el fondo norte acusó un golpe con evidentes reminiscencias lisboetas. Callaron unos minutos los hinchas rojiblancos, mientras el Madrid se dedicaba a tocar y a correr en ataque cuando detectaba el mínimo hueco, activado por la inteligencia operativa de Luka Modric. Durante media hora el Atlético fue bastante menos Atlético de lo que cabía suponer: no hacía notar su superioridad numérica en medio campo y dejaba extraños huecos a su espalda que aprovechaban Modric, Kroos y Benzema con demasiada facilidad. Cuando atacaban, el Madrid se cerraba como un equipo de Mourinho, comandado por un magnífico (de nuevo) Pepe. Entre la medular atlética y Griezmann o Torres había un desierto de 25 metros. El equipo, desorientado, fallaba incluso pases fáciles.

Faltaba alguien que diese el último pase y Griezmann decidió a la media hora retroceder unos metros para tocar el balón; su equipo mostró una mejoría inmediatamente. Trenzó jugadas de varios toques y terminó la primera parte pisando área contraria de forma consistente: sin excesivo peligro, pero dominando por fin la pelota y creyendo en sus posibilidades mientras Carrasco empezaba a calentar.

Entrada de Carrasco

Como en Múnich, el belga entró por Augusto en el entretiempo. No dio tiempo a nada; Torres se adelantó a Pepe y forzó un penalti justo en el 46. El fondo sur gritaba “Keylor, Keylor”, pero no hizo falta: Griezmann mandó el balón al larguero. Otro golpe a la autoestima rojiblanca, que sin embargo mantuvo las líneas adelantadas mientras el Madrid, experto en el arte del contragolpe, se cerraba hasta que apareciese la oportunidad para matar a su vecino.

San Siro rugía en cada lance. Simeone arengaba desde la banda y Zidane aplaudía esfuerzos, fiel a su costumbre. Carvajal se lesionó en el 50 y el madridismo, tras una campaña tan paradójica, se encontró con su jugador menos querido, Danilo, defendiendo la banda en una final de Champions. Nadie le pitó esta vez: había que estar juntos. (Pero le critcarían después en el gol del empate).

El Atleti encajonó al Madrid en su área y Savic rozó el gol en un córner. El duelo sonoro de las hinchadas era permanente. Las autoridades repetían por megafonía que estaba prohibido recurrir al cigarrillo para templar los nervios, pero la gente no hacía caso. Mientras, Ronaldo seguía prácticamente desaparecido y la gente se preguntaba por Lucas Vázquez. Saúl empalmó un balón desde la frontal en el 59 y enmudeció a los blancos. El Atleti iba descaradamente por el empate y lo merecía. El inefable Filipe Luis era ya un falso extremo izquierdo.

Dominio atlético

Con el paso de los minutos el partido se fue resquebrajando por la mitad. El Atleti tiraba desde la frontal, sin demasiada puntería, y Zidane parecía preso de las servidumbres de contar con varias estrellas a las que no puedes sustituir. El duelo entre Casemiro (ejemplar toda la noche) y Torres echaba chispas. Modric tocaba poco balón y el Madrid no carburaba.

Por descontado, los blancos iban a tener alguna oportunidad al espacio que dejaban los laterales, y así fue: Oblak salvó de la derrota a su equipo en el 70 tras una incursión de Benzema por la derecha. Un minuto después Isco relevó a Kroos y al poco tiempo Lucas al francés. Como suele suceder, el gallego electrizó a su equipo. Savic sacó un balón de gol en la línea y hasta Ronaldo tuvo una ocasión culminada en disparo raso. Pero entonces llegó el gol de Carrasco a pase de Juanfran, tras un desajuste defensivo blanco que resucitó al fondo norte como si fuese una inyección de adrenalina en el corazón.

Precipitación de Zidane

Al Madrid ya no le quedaban cambios y las expresiones de Ronaldo no invitaban al optimismo. El aplaudido Isco nadaba en la intrascendencia mientras Modric trataba de poner pausa y llegar a la prórroga como fuese. La prudencia había regresado al encuentro. Bale la tuvo en otro córner, pero el Madrid había perdido vigor físico y, con él, autoridad. Sintió el miedo por vez primera en la noche. Marcelo se disfrazó de interior rompedor, como tantas veces. Lucas se ofreció a los espacios. Pero el Atleti había recobrado la calma y se había cerrado atrás con el orgullo intacto y dos cambios en la nevera. Un contragolpe final de Carrasco (minuto 93) fue cortado por Ramos jugándose la roja: los de Simeone tenían el partido donde querían, en un desarrollo inverso a la tragedia de Lisboa.

La prórroga comenzó entre picos de presión arterial en la población madridista, conocedora de su inferioridad física y de la precipitación de Zidane en el cambio de Isco. Carrasco era más rápido que cualquiera de ellos y hasta Casemiro (desfondado) llegaba tarde a algunos cortes. Cualquier córner era oro para el Madrid. El resto era rojiblanco. Los gritos de “¡Atleti, Atleti!” dominaban la escena mientras su equipo se hacía dueño y señor del balón, con un Carrasco estelar y un Gabi onmipresente. Simeone no hacía más cambios. Las fuerzas flaqueaban y el miedo se podía oler en cada arrancada de ambos equipos. Bale (aniquilado) y Modric se acalambraban. Cada córner silenciaba a un estadio que se mordía las uñas.

Tirones musculares y angustia

Lucas reemplazó al lesionado Filipe al comienzo de la segunda parte de la prórroga y el Madrid se preparó para sufrir un cuarto de hora más: una disposición genética que ha perfeccionado de nuevo bajo la batuta del hierático Zidane. Thomas entró por otro lesionado, Koke. Los blancos lo cifraban todo al heroísmo y a la competencia defensiva de Casemiro. El estadio se llenó de sustos y gritos. Ya nadie cantaba. Pepe volvía a su peor versión de actor teatral. Los jugadores cojeaban. Pero el Atlético había dejado pasar una prórroga que encaraba con justificado optimismo. Los blancos habían vuelto a mostrar su excelencia competitiva (a falta de autoridad futbolística). Se acercaban unos penaltis necesariamente espantosos. Y lo fueron para los de siempre: Juanfran envió el suyo al poste. Todos los demás marcaron. El resto se llama Undécima y ya es historia.

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