El miércoles pasado por la noche, mientras los jugadores del Madrid descansaban plácidamente (o no) en sus casas, el Atlético de Madrid jugó en Eindhoven los octavos de final de la Champions League. Regresó a la capital española de madrugada, muy tarde, apenas dos días y medio antes del derbi en el Bernabéu. Llegó el sábado y Simeone puso de titulares a ocho de los futbolistas que habían empatado en Holanda; pero el Atleti, otra vez, dio una lección de juego colectivo (y de intensidad) a las estrellas blancas en su propia casa.

A Zidane, que conoció esa tarde el sabor de la derrota como técnico del primer equipo, le preguntaron en la rueda de prensa posterior al partido si le preocupaba el tono físico de una plantilla que no entusiasma. El francés dio una respuesta con mucha más enjundia de la que anuncia a veces su español limitado: "El problema no solo fue físico; cuando hemos tenido tiempo, lo hemos trabajado. Este partido es una cuestión más mental. El miércoles ellos jugaron, tuvieron poca recuperación y mira el partido que hicieron. Nos ha faltado un poco de todo. No estuvimos en el partido como lo preparamos. Había que correr más y meter la pierna más. Ellos no pueden entrar en el partido, y lo que hicieron es entrar y jugar cómodo".

El 'buen rollo' no es suficiente

Zidane está a punto de cumplir dos meses en el banquillo merengue y lleva peores números que Rafa Benítez: los blancos están más cerca de ceder el tercer puesto ante el Villarreal (situado a sólo dos puntos) que de alcanzar el segundo (a cuatro). Los primeros partidos de su andadura se saldaron con goleadas abultadas que llevaron una alegría efímera a las gradas durante unas semanas; la leyenda francesa consiguió incluso el milagro de acabar con la rumorología en torno a un equipo que, de la noche a la mañana, juraba fidelidad incondicional a su entrenador.

La resaca de esa euforia pasajera amenaza con convertir los últimos tres meses de la campaña en un infierno para la directiva madridista: la Champions es hoy el único escondite que le queda al club para evitar un debate en profundidad sobre las causas del rendimiento de una plantilla muy bien pagada, sin resquicios argumentales para justificar su crónica inferioridad frente a equipos de primera fila (este año ha perdido contra Barcelona, Atlético, Sevilla, Villarreal e hizo un partido execrable contra el PSG). Sólo en Roma, ante el peor de los 16 equipos clasificados a octavos de la Champions, dio una imagen de coraje y voluntad. Pero tampoco mostró hechuras de equipo con una idea de juego que sabe cómo aplicarla: se limitó a apretar los dientes hasta que llegó la genialidad de Cristiano Ronaldo.

Cuando el mejor es Danilo

Zinedine Zidane repitió el sábado en sala de prensa, con el regusto amargo de la derrota en el gaznate, que no se esperaba un partido así. "Había que correr más y meter la pierna más". El Santiago Bernabéu despierta de su bello sueño posnavideño y puebla de nuevo las tribunas de gritos. El sábado pitó por primera vez a Isco, su niño mimado, y debió reconocer que el mejor del equipo fue Danilo, el lateral brasileño que ha pagado (sin merecerlo) muchos de los platos rotos de la insatisfacción blanca.

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Porque ¿qué puede decirse de la pobre temporada de Sergio Ramos, convertido el verano pasado en capitán y líder del equipo tras la marcha de Casillas? ¿O de los novedosos errores de Varane, símbolo hasta ahora de la elegancia solvente? ¿O del último mes del otrora explosivo Carvajal? ¿O del repliegue trotón e indiferente de Kroos en el gol de Griezmann? ¿O de la intrascendencia continua de James Rodríguez e Isco? ¿O de la actuación de Ronaldo en los partidos importantes (con excepción de Roma)? ¿O del valor real de Jesé como delantero suplente? ¿O de las lesiones continuas de Bale y Marcelo? ¿Cuántas oportunidades han gozado Isco, Jesé o James para justificar su presunto estrellato? ¿Es admisible que los jugadores sólo se motiven con la Champions League?

Grietas institucionales

Las permanentes lesiones musculares de la plantilla, justamente mencionadas por Cristiano Ronaldo durante su reventón tras el partido, revelan también fallos en la gestión de un equipo que no cuenta con director deportivo desde hace años. La última quincena del Madrid (Betis, Roma, Málaga, Atlético) ha demostrado que no basta con el 'buen rollo' y la unión del vestuario: el Madrid es un equipo inoperante contra equipos intensos que adelantan la presión y muerden cada balón.

Insiste en jugar con un 4-3-3 que deja en inferioridad a una medular lastrada por Isco y permite más remates en contra que la mayoría de los clubes españoles. Juega, sencillamente, a una velocidad menor que la exigida y no transmite esplendor físico. No es un ejemplo de solidaridad colectiva y tampoco exuda la ambición exigible a un club que administra las sensaciones de millones de fanáticos. No se le vio lanzarse a cuchillo el sábado a por una remontada en su estadio, ese templo que ya no asegura victorias.

El día de Málaga, cuando el equipo local igualó el marcador y el Madrid sintió el sudor frío de la impotencia, el banquillo merengue mostró por primera vez la hilacha de su insuficiencia: estaba formado por Jesé, Danilo, Arbeloa, Nacho, Casilla, Lucas y Casemiro. ¿Dónde estaban los revulsivos? Amenazado por una sanción de la FIFA que le obligará a renovar la plantilla este verano, pendiente de la lotería de la Champions League (nunca un sorteo de cuartos habrá sido tan decisivo), el Real Madrid camina hacia una renovación mucho más traumática de lo que cabría esperar por su presupuesto. El problema, ya se puede decir, no era Rafa Benítez.

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