La salida de la Amstel Gold Race tiene lugar en el corazón de Maastricht. Un montaje impresionante en una vasta plaza empedrada, con un escenario imponente al cual suben los equipos a presentarse mientras sus imágenes son reflejadas por una pantalla gigantesca. Desde la palestra se puede contemplar la multitud y los vehículos de los conjuntos World Tour, autorizados a llevar un autobús y seis coches ó furgonetas. Un paisaje lujoso, casi opulento.

Detrás del escenario, junto a un par de establecimientos de comida rápida, se apelotonan los siete equipos invitados. Su zona es oscura y huele a pollo frito. Son los hermanos pobres, equipos de segunda división que en teoría vienen sólo para hacer bulto.

Entre ellos está Wanty – Groupe Gobert, una estructura belga de larga tradición que saltó a los titulares por el peor motivo posible: uno de sus ciclistas, Antoine Demoitié, moría durante la Gante-Wevelgem en un desgraciado accidente con una moto de la organización. Su foto cuelga de la luna del autobús del equipo, cuyas redes sociales están atestadas de hashtag en recuerdo del finado. Al final del día, Demoitié recibirá el mejor homenaje posible desde las piernas de su compañero Enrico Gasparotto (1982, Sacile – Italia).

Una carrera incómoda

La Amstel Gold Race se desarrolla en un área minúscula. Son 250 kilómetros de recorrido en apenas 20 de radio, perlados de cotas que son una mezcla de caminos rurales y travesías por pueblos hasta culminar en el Cauberg, una cuesta en el núcleo urbano de la pequeña ciudad de Valkenburg, Coronada ésta se afronta un kilómetro y medio eterno de tobogán en el cual el viento sopla loco para limar fuerza y convicción a quienes intentan evitar el sprint.

La otra característica distintiva de la Amstel son las carreteras, puramente neerlandesas, estrechas y traidoras, perladas de pavés, estrechamientos, isletas y pinturas que resbalan como hielo cuando, como sucedió hoy, llueve a ratos. Recién tomada la salida, mucho antes de que se desatara la competición, el italiano Fabio Felline (Trek) sufrió la primera caída del día. Acabó en el hospital con la nariz rota.





En la Amstel es imprescindible pelear la posición para no acabar en las catacumbas del pelotón. Esto provoca una tensión enorme en el seno del grupo: por eso no es una carrera agradable. Alejandro Valverde (Movistar), con la mente puesta en el Giro, ha renunciado este fin de semana a participar en ella para en cambio competir (y arrasar) en la Vuelta a Castilla y León.

No quiso el murciano exponerse a lo que sufrió este domingo el mayor candidato español a la victoria, Purito Rodríguez. El ciclista de Katusha cayó a 50 kilómetros de meta. “Saltó a la acera para sortear un estrechamiento; metió una rueda en el césped y se fue al suelo, golpeándose la cabeza”, explicó a El Español su director, Jose Azevedo. “Logró volver al grupo, pero se encontraba mareado y decidió que lo mejor era retirarse en el penúltimo paso por el Cauberg”.

La resolución

A la vez que Purito se retiraron otros favoritos como Michal Kwiatkowski (Sky), ganador del año pasado. Otros, como el belga Philippe Gilbert (BMC) o el local Tom Dumoulin (Giant-Alpecin) llegaron a meta descolgados, sin pena ni gloria. Es la naturaleza azarosa de este tipo de clásicas. La Amstel cumplió a la perfección con el guión esperado: una fuga lejana numerosa e intrascendente, otra a medio centenar de kilómetros de meta para aumentar el ritmo…

… Y entonces se llega a los últimos veinte minutos de carrera y empiezan los fuegos artificiales. De todos los que pusieron su granito de pólvora a la traca, el más significativo fue Tim Wellens, joven belga de Lotto-Soudal que pasa sus inviernos de forma monacal (entrenar, descansar, dormir) en los montes de Málaga y paulatinamente se está convirtiendo en ciclista de primera línea.

A Wellens lo cazó en el Cauberg un Gasparotto desatado. El italiano es un ‘rara avis’: corredor de clase reconocida, cazador de victorias de prestigio que de hecho ya tenía una Amstel en el palmarés, lleva dos campañas prolongando su carrera en Wanty en espera de un contrato World Tour que, a sus 34 años, se antoja improbable.

Sin embargo, sus piernas eran las mejores. Hallaron una asistencia ideal en el joven danés Michael Valgren Andersen (Tinkoff), que se vio en cabeza y tiró sin reservas buscando atar una segunda posición que suponía el mejor resultado de su vida, y una motivación poderosa en el recuerdo de Demoitié. En memoria suya alzó los brazos y apuntó ambos índices al cielo. Fue el mejor brindis posible para su segunda Amstel.

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