Madrid

Hay una escena de Atrapado en el tiempo (o El día de la marmota, como prefieran) en la que Bill Murray se encuentra con un antiguo compañero de clase realmente insufrible. El protagonista intenta librarse de su pegajoso acompañante y, cuando acaba de conseguirlo, pisa un charco de dimensiones considerables. “El primer paso es primordial”, suelta entre risotadas el conocido de Murray tras su golpe de mala suerte. Esta última lección le sirvió al Real Madrid para, en el primer y en el tercer cuarto, enseñar los dientes al Olympiacos este viernes. Pero no para ganar el partido. Porque el paso final también vale lo suyo y, con posesión para el triunfo, los blancos no supieron qué hacer con el balón. Nadie tiró, la pelota llegó a Campazzo y ahí murió todo. Con una posible falta sobre el argentino no señalada por los árbitros haciendo las veces de charco capaz de empaparlo todo [Narración y estadísticas: 79-80].

Y, a pesar de que la marmota Phil había predecido seis semanas más de invierno y de que la victoria podía irse para Grecia, siempre hubo esperanza para la primavera. Hasta las últimas consecuencias. Sobre todo, por la voracidad de un Luka Doncic tan espléndido como en sus mejores noches, a pesar de sus problemas desde el tiro libre (cinco fallos). Con él, florecían las canastas. También con Trey Thompkins.

Los muchos puntos que el norteamericano tuvo en las manos durante los momentos más oportunos del duelo fueron imprescindibles para el Madrid. En un toma y daca constante, el ritmo ofensivo no podía decaer. Pues eso sería fatal. Salvo unos minutos de ritmo más pausado en el segundo periodo, cuando Olympiacos intentó dormir un tanto el encuentro, a los dos equipos se les vio encestar casi a discreción. Ningún equipo perdía de vista al otro: la partida de ajedrez estaba servida.

Los visitantes no necesitaron del mejor Spanoulis (aunque alguna diablura dejó, sobre todo en forma de pase imposible) para competir. Tienen un equipo en el que la garra es componente fundamental. Y las amenazas, al contrario de lo que pueda parecer desde fuera, múltiples. A 'Kill Bill' no sólo le guarda las espaldas Printezis. Tampoco hay que pasar por alto a Milutinov, Strelnieks, Wiltjer, Papanikolaou o Thompson. Si se ponen, todos aportan. Al estilo de lo que suele suceder en el Madrid. Y volvió a suceder a pesar de la derrota, por cierto.

Está claro que Doncic y Thompkins marcaron las diferencias. Pero también que Felipe Reyes dio el callo por dentro unos cuantos minutos (a pesar de esa técnica que tanto le pesó). Muy valiosos, ya que la pintura madridista no estuvo tan cómoda como en otros encuentros (Tavares ha bajado un poco el pistón y Randolph va poco a poco). Además, Causeur hizo un acto de presencia más que bienvenido en pleno último cuarto. Por no hablar de lo bien que aprovechó sus minutos Carroll o del nunca suficientemente ponderado trabajo sucio de Taylor.

Olympiacos llegó a mandar hasta por ocho puntos. Y, sin embargo, el Madrid remontó, puso el encuentro en un puño y llegó a verse ganador. Ante un equipo tan guerrero, un conocido tan incómodo, como el heleno. Aun así, los minutos finales fueron de infarto. También algo muy típico de los blancos y de los griegos.

Sí, el suspense lo acaparó todo hasta el bocinazo. "Malditos tiros libres", debieron pensar Doncic y Strelnieks. Él menos, porque anotó el lanzamiento de personal clave para la victoria de los suyos. Generando el charco de la última jugada y provocando que el Madrid no consiguiese lo que sí logró Bill Murray en su película: acabar sobreponiéndose a ese conocido tan pesado que volvía una y otra vez.

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