Madrid

A 52.7 segundos del descanso, el Barça explotó. El puzzle azulgrana se desmoronó en su totalidad a partir de la caída de su pieza nuclear y, posiblemente, más calmada: Georgios Bartzokas. Nunca antes se había visto al técnico griego tan superado por las circunstancias (al menos, en España). Una doble técnica supuso su expulsión del partido. Ese careo lleno de suspense con el árbitro Luigi Lamonica, salpimentado de gestos de desaprobación de camino al vestuario, firmó el acta de defunción de los suyos este miércoles. Ni la 'mandarina' de rigor de Llull resultó un golpe de efecto mejor. Sin Bartzokas en cancha, el Madrid ya no miró atrás nunca más [Narración y estadísticas: 85-69].

Para ser justos, el Barça también dejó mucho que desear cuando su entrenador todavía estaba en pista. Sin nada que ganar en este encuentro (ya eliminados de la lucha por los playoffs europeos) salvo la honra, los azulgranas volvieron a perder. No sólo en cuanto al resultado, sino también desde la perspectiva de las sensaciones. Pareció que los catalanes vivieron y murieron del triple, de algún bandazo de Rice, Koponen, Perperoglou y Tomic. Y poco más. Quedó el regusto de que, cuando quiso y como quiso, el Madrid gobernó el encuentro.

Tampoco fue el mejor partido de los de Laso, pero su mayor deseo era patente. Los blancos querían asegurar el factor cancha en las eliminatorias venideras (en las que les acompañará, gran noticia, el Baskonia) y fueron superiores desde el minuto uno. Ganar al eterno rival siempre viene bien para recuperar la confianza, y así se lo aplicaron los locales. Les encabezó, para variar, un Llull que salió a jugar con el cuchillo entre los dientes. Si ya lo hace normalmente, en grandes ocasiones como esta aún más.

En todo aquel momento en el que el menorquín gustó de darle una marcha más al partido, el Barça quedó todavía más empequeñecido. De triple en triple, y con Randolph como gran escudero, minó aún más la moral azulgrana. Por mucho que los de Bartzokas buscasen llevar el duelo al terreno más físico en algunos momentos, la solución no salió ni la mitad de bien que en el último Clásico liguero. Fueron peores los inconvenientes (la expulsión de su entrenador) que las ventajas (susto de Doncic tras recibir un golpe de Tomic). Ni siquiera ganar el tercer cuarto colmó sus penas, como tampoco lo hizo que Rice sí tuviese un día lúcido en el tiro exterior esta vez.

Tan sabedor era el Madrid de su superioridad que, por poco que lo prodiguen, los de Laso llegaron a caer incluso en el baloncesto control. Pero siempre hubo clases, y la de los jugadores blancos les impide vivir permanentemente en la tosquedad. El poderío interior de AyónHunter, las diabluras de Doncic y hasta un tapón sobrehumano de Llull sobre Diagné pusieron el punto de espectáculo al tedio generalizado.

Se dirá que el Madrid ganó por inercia, pero también lo hizo por actitud. A sus jugadores les sobra lo que más les falta a los del Barça. Es encallar en una dificultad, una sola, y tirar la toalla. Queden 30, 20, 10 o cinco minutos de encuentro. Si apenas se arrima el hombro cuando vienen mal dadas, es muy difícil que la empresa azulgrana llegue a buen puerto este curso. Definitivamente, la historia reciente del baloncesto español parece condenada a repetirse también en la campaña actual: mientras el Madrid sube (con altos y bajos, por supuesto), el Barça, sin espejismos que valgan, no para de bajar. Y, entre cánticos de "Adiós, Euroliga, adiós" en Madrid, la herida sigue escupiendo sangre.

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