Millán Cámara Carlos Bernabé

La Copa es el torneo de los sueños: los que se cumplen y los que se rompen. Y qué cerca estuvo el Morabanc Andorra de ser uno de los equipos pequeños que, para sorpresa de todos, dan un golpe sobre la mesa y eliminan al equipo grande de turno. Y, también, qué pena que la ilusión de todo un país, por qué no decirlo, se torciese a última hora para convertirse en pesadilla. Porque esta vez, y no como en liga, fue el todopoderoso Real Madrid quien tuvo que forzar la prórroga para salir airoso del entuerto. Envueltos en un mar de dudas durante todo el partido (las hay hasta en la jugada del triple decisivo de Randolph por culpa de un campo atrás que parece evidente), los hombres de Laso vieron la luz a última hora guiados por Llull y un Randolph descomunal [Narración y estadísticas: 99-93].

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Al líder de la ACB y de la Euroliga, al campeón de las últimas tres Copas, le costará purgar los sudores fríos producidos por este partido. El Andorra jugó tan bien, creyó tanto que podía lograr lo que para muchos parecía improbable, que el triunfo pareció volar al Principado por momentos. De hecho, las imágenes de más bella factura las dejó, sin duda, el conjunto andorrano. Llevaron el sello de Shermadini, por momentos convertido en una suerte de Kareem Abdul-Jabbar a la georgiana. Un gancho que nada tuvo que envidiar a un sky-hook y un mate al más puro estilo NBA, con tomahawk, ejemplificaron por qué fue el gran referente del Andorra.

Poco cambió el guión de los de Peñarroya con respecto a lo ocurrido en Madrid. Albicy apareció a la hora de la verdad, acompañado por un gran Antetokounmpo. De Jelinek hizo Schreiner, al que no le tembló el pulso en los momentos calientes, y David Navarro cuajó una primera parte antológica. Fue precisamente en los dos primeros cuartos cuando más sufrió el Madrid, que no se reconocía a sí mismo y dejaba gustarse a su rival hasta límites insospechados. Salvo una tenue aparición de Rudy Fernández, nada parecía funcionar, con especial crisis desde el triple y la defensa. Entretanto, el Andorra manejaba rentas de hasta 16 puntos.

Cambió la cosa en el tercer cuarto, ya con más intensidad atrás y las resurrecciones de Ayón y Llull. Aun así, al Madrid le seguía comiendo la rabia. Pablo Laso era un manojo de nervios, se protestaba prácticamente cada decisión arbitral y hasta el siempre sereno Doncic golpeaba el parquet del Buesa Arena invadido por la desesperación. Confirmado: Andorra estaba haciendo muy bien los deberes.

Tanto como para mandar por siete puntos a siete minutos del bocinazo, por cuatro a 02:50 y hasta por tres a escasos 14 segundos. Era la hora del carácter. El de Nocioni, siempre propenso (y más en Vitoria) a demostrar que todavía le queda mucho baloncesto en las piernas, más que cómodo en su nueva faceta de revulsivo exterior. El de Randolph, que no sólo es el jugador espectáculo que te garantiza al menos un mate y un tapón de escándalo en cada partido, sino que también puede vestirse de líder.

Con su triple de la muerte, el buen trabajo del Andorra durante los 40 minutos anteriores se fue al garete en la prórroga. Su tremendo esfuerzo debía pagarse antes o después, y el Madrid, oliendo la sangre, ya no volvió a perdonar. Después de sufrir hasta el límite, de atisbar el infarto con todos sus avisos posibles, el campeón volvió a respirar tranquilo. Pero no por mucho tiempo: el sábado, apenas 24 horas después de esta batalla sin cuartel, llega el Baskonia. Sin duda, la guerra no ha hecho más que comenzar en Vitoria.