— “¿Qué le hace feliz?”.

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— “Ser libre”.


Nayanesh Ayman (Kinshasa, República Democrática del Congo, 1998) no pide más. En el trampolín de sueños que esconde su sonrisa no atisba otro anhelo. “El futuro no existe; el presente es lo que importa”, reconoce. Su recorrido hasta la élite le ha enseñado a ser prudente. La vida, “siempre dura” –y también “hermosa”, añade–, le ha catapultado entre sus días hasta el confín de sus metas: tiene su propio gimnasio, se gana la vida con el muay thay (arte marcial de las ocho extremidades) y ha llegado a lucir esplendoroso entre los 10 mejores luchadores del mundo. En Alcorcón, su lugar de residencia, escondido entre las 16 cuerdas, entrena a sus pupilos, prepara sus combates en China e instruye a su hermano de 22 años en las artes marciales (“aunque es más futbolero”) y vigila a sus hermanas de 13 y 24. Lejos, en la memoria, guarda sus días de emigrante y su incursión en el boxeo para pegarle al maltratador de su madre. Pero no olvida. Eso jamás.


Sentado en un sillón, con el ring de frente y las banderas de diferentes países colocadas religiosamente en las paredes de su gimnasio (Monchai Academy), Nayanesh recuerda lo vivido junto a EL ESPAÑOL. A las 15:30, interrumpe su siesta, “sagrada”, para charlar antes de que llegue su maestro. Ahora es feliz; antes, no tanto. A España llegó tras dar muchas vueltas. Nada más nacer, emigró junto a su madre a Francia. “Se separó de mi padre porque no lo quería ver más y nos fuimos a París”. Allí, sobrevivieron junto a otros congoleños en las afueras de la gran ciudad. “Éramos sin papeles, ilegales… unos días nos teníamos que quedar en las casas de unos; otras veces, en las de otros”.


En Francia, vivió hasta los ocho años. Su madre trabajó de lo que pudo (“como limpiadora, en restaurantes…”) hasta buscar una alternativa. “No cuajaba bien la cosa y emigramos a Bélgica”. Pero allí no aguantaron mucho. “No me dejaban estudiar y decidimos buscar una alternativa. Entonces, mi tía nos dijo: ‘Venid a España a trabajar en un restaurante que quiero montar”. Dicho y hecho. Nayanesh y su familia viajaron a Madrid para comenzar una nueva vida. “Nos instalamos en Lucero, en su casa”… y entonces les tocó volver a empezar. Su tía falleció y ellos se tuvieron que encontrar una nueva salida. “Mi madre tenía una amiga en Alcorcón y nos fuimos a su casa hasta que pudimos tener una propia”. Entonces, jamás atisbó lo que estaba por venir…

Nayanesh posa para EL ESPAÑOL. Jorge Barreno EL ESPAÑOL


— ¿Cómo era su vida?


— Era duro, pero bueno, también aprendes muchas cosas. Cuando vienes de un hogar humilde, valoras más las cosas. Mi madre trabajaba en la limpieza, en las cocinas… Íbamos tirando.


— De hecho, empezó a hacer deportes de contacto para protegerla a ella.


— Sí, tenía una pareja y la maltrataba físicamente. Yo empecé a hacer esto para que no le pegaran. No quería que nadie la volviera a tratar así. Pero gracias a Dios él se fue antes. Aquí en España hay una buena ley de violencia de género y se lo llevaron al calabozo. Fue muy duro; muy difícil.


— ¿Qué recuerdos le vienen a la cabeza?


— Muchas cosas. Prefiero no entrar en detalles. Pienso que las mujeres tienen que estar preparadas por si acaso. Hacer un deporte de contacto y saber defenderse por si llega alguien así a sus vidas. Es una pena que pasen estas cosas.


— ¿Tu objetivo, entonces, era aprender a boxear para defenderla a ella?


— Sí, yo empecé para pegarle a él. Me apunté a la escuela de aquí de Alcorcón. Un día iba por la calle y uno de mis entrenadores, Juan Antonio Fernández, era de los que estaban allí. Me vio y me dijo: ‘¡Oye, moreno, no me quites los carteles (de los combates)! Si quieres uno, me lo pides’. Pedí perdón y él me dio celo y me dijo que volviera a ponerlo en la pared. Lo hice y me regaló uno. ‘¡Si algún día quieres practicar, puedes pasarte por aquí! Abrimos el gimnasio en septiembre’, me dijo. Y yo, claro, fui allí. Entonces, mi madre ya lo había dejado con su pareja.


— En el gimnasio te acogieron bien. ¿Y en la calle, vivió algún episodio de racismo en aquellos primeros años en España?


— Sí, lo típico, alguna vez me han dicho que me vaya a mi país y esas cosas. Pero era gente mayor y con la mente cerrada. No tiene importancia.

Nayanesh posa para EL ESPAÑOL. Jorge Barreno EL ESPAÑOL


Entonces, Nayanesh ya había elegido espejo: Muhammad Ali. Se leía sus libros, auscultaba sus combates en Youtube y soñaba. “No me gusta ser como nadie, porque entonces creo que no eres auténtico, pero sí quería pegar como él”. Era su referente, pero poco más. A sus 16 años, estaba muy verde. Intentó engañar a todos en su primer día, dijo que había boxeado, pero no tardaron en descubrilo. Dio igual. Una de las máximas de su vida es que es “obligatorio levantarse cuando uno cae”. El éxito se obtiene esnifando la lona y regresando con los puños en alto y el espíritu limpio. No hay otro camino mejor.

La lección la aprendió de su primer entrenador, Juan Antonio Fernández. Él era el tipo que le pidió que devolviera aquel cartel y el que lo instruyó en el muay thai. “Sus amigos punkis lo llamaban cristiano porque leía la Biblia cuando era más joven”, aclara, entre risas. Y ese fue su instructor, el que lo convenció de que valía para los deportes de contacto. Él le enseñó los fundamentos que ahora Nayanesh traslada a sus alumnos. Así accedió hasta el profesionalismo hasta acumular 73 combates: 51 victorias, nueve empates y 13 derrotas en total.


— ¿Era bueno fuera del gimnasio?


— El boxeo me encauzó. Era mal estudiante, pero esto me salvó de hacer cosas chungas y gamberradas, aunque nunca me llamaron la atención las drogas y esas cosas. Desde el primer día que llegué al gimnasio supe lo que quería. Iba al instituto, hacía los deberes y volvía rápido a entrenar. Me decían: ‘¿Pero tú no tienes clase?’. Y yo les contestaba: ‘Aquí estoy entrenando’. Mientras, mis amigos estaban en el parque o fumando… Pero yo lo tenía claro: quería pelear. Y fíjate, me vino bien. Empecé a hacer esto y me llegaron a dar el diploma de alumno ejemplar en el instituto. Después hice una FP (Formación Profesional) de electrónica y mecánica.


— ¿Alguna trastada, entonces, sí que haría?


— He hecho muchas. He llegado a pegar a un profesor… cosas fuertes.


— ¿Pero el boxeo le encauzó y el muay thai (arte marcial de las ocho extremidades) lo captó?


— A los tres meses empecé a pelear. Una pelea y otra. Pero no querían luchar contra mí, así que un día me ofrecieron hacer una pelea de K1 (kick boxing) y dije: ‘¡Pero si yo no sé dar patadas!’. Me insistieron y, finalmente, fui. En una semana, me enseñaron a defenderme con las piernas y se me dio bien. El combate fue contra un profesional y le gané. Y no se me daba bien, pero gané por las manos. Aun así, ‘cobré’ bastante. Me fui jodido. Después, seguí alternando boxeo y muay thai hasta que me quedé haciendo muay thai.


— Y decidió ser profesional, aunque esto no le haga rico.


— Aquí, para el 95% de los profesionales del muay thai no es fácil vivir de esto. Hay pocos que podemos. Yo, por suerte, monté un gimnasio en 2011 y esto me ayuda. Esto lo mantengo con las cuotas y luego lo que me gano de las peleas. Antes, daba clases. Entre unas cosas y otras, vivo haciendo lo que me gusta.


— De hecho, usted casi no compite en España. Ni siquiera se plantea presentarse a un campeonato del mundo.


— Soy campeón de España y de Europa. Y es verdad que el campeonato del mundo tiene repercusión, pero no le doy valor. Me han llamado para hacerlos, pero creo que no merece la pena. Hay profesionales en España que pelean por 300 y 500 euros. Eso no puede ser. Mientras no nos respetemos a nosotros mismos… En cambio, en China –donde él compite– te pueden pagar 8.000, 10.000, 15.000… por un combate. Para que veas la diferencia: en el gimnasio tenemos un campeón de Europa. Peleó por 500 euros y le han hecho una agujero en la frente. No merece la pena.

Nayanesh posa para EL ESPAÑOL. Jorge Barreno EL ESPAÑOL


Por eso, Nayanesh compite en China, donde tiene un club de fans con 30.000 adeptos que lo siguen a cada uno de sus combates y a donde irá este verano para competir. Antes, eso sí, se tuvo que ganar el favor de los aficionados. Lo llamaron por primera vez en 2016. “Tenía un alumno que hacía negocios allí y habló con una mujer que llevaba cosas relacionadas con el muay thai”. Total, que cogió un avión y, en su primer combate, le ganó al campeón chino. Después, en 2017, repetiría en el Kunlun Fight –la primera división de este deporte, para entendernos–. Participó a última hora por la lesión de un luchador y ganó todos sus combates. Desde entonces, ha acumulado peleas, incluida una contra el Cristiano Ronaldo del muay thai, la leyenda Buakaw, aunque ésta la perdió.


Su progresión lo ha llevado hasta aparecer el número ocho del ránking mundial. Y, sobre todo, le ha permitido ganarse la vida con su deporte. En cada viaje, Nayanesh se embolsa entre 8.000 y 15.000 euros, dependiendo del combate. En España sigue siendo un total desconocido entre el gran público, pero en China se ha convertido en una estrella. “Podría vivir allí y me tratarían como a un jugador de fútbol en Europa, pero me gusta Madrid y no quiero irme”. Tampoco al Congo, donde le han enseñado que la felicidad está en el presente y no en el futuro. “Ellos no tienen nada y te lo dan todo”. Allí, ha acudido dos veces –para pelear en el campeonato de África y en vacaciones–. Mientras, pasa sus días entre el gimnasio y las 16 cuerdas.


Nayanesh se levanta todos los días a las seis de la mañana, se lava la cara y sale a correr. Vuelve al gimnasio, toma algo y entrena. Regresa a casa, come, duerme la siesta y entrena de nuevo. Así todos los días –cambiando sólo los ejercicios–. Vive como un cenobita entre libros ocasionales (se está leyendo ‘El poder del ahora’ y le gustó ‘El monje que vendió su Ferrari’), series (‘Spartacus’, ‘Vikingos’ y ‘Troya’) y pocos vicios (“dormir y comer dulces, me dicen que soy el hombre de azúcar”, reconoce, entre risas). Así, prepara sus próximas peleas (en junio y agosto) y combate el porvenir y su miedo a los bichos. Ni avispas, ni mosquitos, los exterminaría a todos. Pero no puede. Ese es su único punto débil. Mientras, seguirá rezando antes de cada combate y pidiéndole a Dios que “ayude a la gente” y que “le deje equivocarse”. “Es la única manera de aprender”, finaliza.


Al fondo, su entrenador lo llama a filas. El tiempo de recreo se ha acabado…