Jorge Valdano recuerda bien la primera vez que lo vio de cerca. Él era un recién llegado a España, y aquí ya reinaba Cruyff. Fue en un partido de Copa entre el Alavés y el Barcelona: "Hubo una acción en la que había un jugador tendido. Cruyff lo miró, decidió que merecía atención o se lo dijo al linier con la pelota cogida, como si el árbitro no existiera. Me acerqué y le dije: "Mirá, ¿por qué no te llevás a tu casa esa pelota y nos das otra a nosotros para que podamos seguir jugando?". Me puso el brazo sobre el hombro y me dijo: "¿Cómo te llamas tú?". Le contesté, contento de que me hablase: "Jorge Valdano". Después: "¿Y cuántos años tienes?". Le respondí: "20". Me miró y me dejó frío: "¿Y tú no sabes que a Johan Cruyff, con 20 años, se lo trata de usted?"". Así contó en 2001 en la revista argentina El Gráfico su primer encuentro con quien, jugador y entrenador, ha sido el mayor dominador del juego en la historia del fútbol.



Cruyff mandaba dentro del campo, con el partido en marcha y también en sus pausas, y siguió mandando después desde el banquillo en todos los recovecos: alineaciones, contratos, renovaciones, fichajes, y en la implantación de un discurso cuyos ecos resuenan todavía en todas las terminaciones del barcelonismo más exitoso.



Con camiseta, no se le ha discutido nunca un hueco en el cuarteto de los mejores de la historia (Di Stéfano, Pelé, Maradona y él). El Mundial del 74 se recuerda como suyo, pese a que Holanda perdió la final contra Alemania Occidental. Pero aquella tarde empezó a importar el cómo. Sacaron de centro los holandeses, que dieron 17 pases antes de que Cruyff, la brújula de aquel ballet, cayera derribado en el área. Cuando Neeskens anotó el penalti, los alemanes aún no habían tocado la pelota.



Cruyff movía los hilos de aquel entramado ideado por Rinhus Michels. Manejaba los tiempos del juego como el dueño de la llave que da cuerda al reloj. También en los reducidos dominios de sus alrededores. Rebosaba elegancia y sorpresa en cada cambio de ritmo, en cada viraje. En una ocasión, le preguntaron a Ovejero, que había tenido que marcarlo a menudo como defensa del Atlético de Madrid, qué recordaba de él: "Lo bien que olía", contestó.



Cruyff era sobre todo un rastro exquisito. A menudo no estaba donde se lo esperaba, pero acababa de estar. En sus últimos días como jugador, en EEUU, hasta los realizadores de televisión llegaban tarde a sus pases. Es un gremio difícil de sorprender. Apenas habían vuelto a tener problemas hasta que ha aparecido Stephen Curry a reinventar lo que siempre había sido el rutinario trayecto defensa-ataque. Con él eso ya no existe: sus triples desde cualquier punto absurdo lo han hecho desaparecer. Cruyff reinventó la sorpresa en el fútbol ya en los años 70.



Con lo que dejó como jugador ya bastaba para no olvidarlo nunca, pero, del mismo modo que no soltaba la pelota en ningún lance de un partido, tampoco quiso soltar el fútbol, y cuando pitaron el último final, se quedó en el banquillo. Desde allí sacudió el juego con la misma intensidad de antes, primero en el Ajax y luego en el Barcelona.



Más allá de los títulos, su huella más profunda es su discurso, un ámbito en el que vuelve a encontrase con Valdano. Y con el mismo resultado que aquella tarde de Copa. El argentino parecía destinado a escribir todas las letras de las canciones del Madrid. Incluso Florentino Pérez estuvo convencido de ello dos veces. Pero poco verso suyo queda.



En cambio, la identidad del Barcelona ganador está construida sobre sus ideas, sus convicciones acerca de los caminos correctos, incluso éticos, para llegar al gol. Y a la cumbre. La belleza y la efectividad. El ya mítico "salid a divertíos" de antes de la final de Wembley. Su primera Copa de Europa. Sobre eso se rehízo el Barcelona. Y eso retomó Guardiola para disparar al club a la mejor época de su historia.



La influencia de su discurso, la fe en que es la única forma de seguir ganando, ha sido tan intensa, que hace unas semanas, después de que el Barcelona ganara en el Emirates con una exhibición al contragolpe, uno de los mejores periodistas de la Ciudad Condal publicara un artículo titulado: "¿Es pecado que el Barça juegue al contraataque?". No sólo Valdano se quedó con que a Cruyff se lo trataba de usted después de cruzarse con él.



Todo eso quedará de un tipo que seguirá mandando. Le sobrevivirán los ecos de sus palabras y los vídeos de su genio. Sólo lamento que el tiempo no me permitiera cruzarme también con él en camiseta. Hay algo que no está en sus vídeos o en las plegarias de sus fieles. No hay modo de revivir el rumor de un estadio lleno cuando alguien así coge el balón, cuando está a punto de arrancar, cuando no se sabe de qué está a punto. El murmullo de angustia del estadio rival. El leve rugido que anticipa el asombro en casa. Ese rumor de la grada es el aroma del genio. Lo bien que olía cuando se iba, ahora que ya se ha ido.