Ana Delgado Carmen Suárez

Daniel Pittet tenía ocho años, vivía en Friburgo (Suiza). Su padre era alcohólico y su madre esquizofrénica. Daniel tenía cuatro hermanos y una vida completamente dependiente de la beneficencia de la Iglesia católica. La comida, las medicinas, la educación, la diversión. Todo pasaba por la sacristía. Por eso el día que sacerdote Joel Allaz se interesó por Daniel y comenzó a querer pasar tiempo con él a nadie le importó: “Era un orgullo”.

El padre Allaz no se interesó por el niño por casualidad. En julio de 1968 le invitó a su convento para ver un pájaro y lo violó. Fue la primera de una larga serie de violaciones sistemáticas que duraron cuatro años. Daniel afirma que se “acostumbró a ser violado como un perro se acostumbra a su caseta”. Ahora Pittet tiene 58 años y ha puesto por escrito su experiencia en Le perdono, padre. Sobrevivir a una infancia rota (Mensajero).  El prólogo se lo escribe el papa Francisco. En el libro, Pittet narra la influencia de la Iglesia en la Suiza de los años 70, como forma parte de la política aliándose con el partido del Gobierno. Narra cómo su violador le “desgarraba el ano” mientras los sacerdotes que vivían con Allaz aún conscientes de lo que sucedía no lo denunciaban. Vacía su vida, una experiencia desgarradora, en algo más de 200 páginas.

Pittet narra su experiencia, su dolor y su manera de superarlo. Pero, sobre todo, hace el relato de un problema “crónico” de la Iglesia católica: el silencio ante la pederastia.

200 niños violados, dos años en la cárcel

Cuando el autor tenía 27 años se encontró con el detonante de su lucha. “En medio de una fiesta en Friburgo me encontré con un chico de ocho años que me recordó a mí, tenía la misma tristeza que yo cuando tenía su edad. Descubrí que abusaban de él. Lo hacía Joel Allaz, mi violador”. Pittet sintió que debía romper su silencio y denunciar lo que a ese chico y a él le había hecho Allaz.

Denuncié a las autoridades lo que pasaba y me dijeron que no me preocupara, que iban a tomar medidas. No sirvió para nada. Después me enteré que le trasladaron a Francia, siguió con su actividad pastoral y violó a más niños”. En total, este exsacerdote ha violado unos 200 niños. Y ha revelado cientos de carretas de fotografías pornográficas de los niños a los que engañaba y chantajeaba con su autoridad.

Hoy, después de muchos años de lucha, Allaz no puede ejercer el sacerdocio y vive recluido en un convento, “prácticamente en arresto domiciliario”. Estuvo dos años en la cárcel, la mayoría de los delitos por los que se le juzgó ya habían prescrito. Este ha sido un proceso que ha durado casi 30 años.

"La mayoría de los sacerdotes no quieren denunciar la pederastia"

Pero ahora los ecos de la pederastia no se silencian tan fácilmente como cuando Pittet era un niño “gracias a los medios de comunicación”. Insiste en que se deben crear organismos independientes con participación civil y eclesiástica para luchar contra esta “lacra”. “Otros países deberían imitar a Suiza donde se ha creado una comisión exclusiva contra la pederastia. Se han reconocido a las víctimas, se las ha indemnizado y se les ha proporcionado ayuda psicológica si la necesitaban. Pero lo más importante es que se han registrado los testimonios para abrir un juicio eclesiástico y/o civil”.

Las personas que sufren abusos sexuales pueden tardar años en contarlo, la mayoría de las veces guardan silencio por miedo y vergüenza. Esto implica que civilmente los delitos pueden prescribir, pero en la Iglesia los delitos no prescriben, se puede emprender un proceso canónico contra los pederastas pase el tiempo que pasa. Por ello, Pittet da suma importancia a acabar con el ocultismo entre los religiosos, en el libro de habla del “lenguaje de la Iglesia” sobre la pederastia, donde el disimulo y la discreción tapan a los violadores. “Es sorprendente que un religioso pueda violar a cientos de niños en Suiza y en Francia y que nunca nadie lo haya denunciado a Roma. Si sus superiores lo hubieran comunicado habría sido inmediatamente suspendido, que no lo hagan es muy grave, tienen una gran parte de culpa, ellos sabían que era un pedófilo”.

“En Francia una gran parte del problema es que los mismos superiores que deberían denunciar tienen cosas que ocultar -son pedófilos, tienen una amante, hijos secretos, una relación homosexual…-. Ahora mismo en Francia sólo hay un 30% de obispos favorables a que se haga luz y se rompa el silencio, el resto no quiere oír ni hablar de la pederastia. Pero la situación en España no es mejor, en Italia es mucho peor, en Polonia también….”, explica.

Pittet es un hombre tranquilo, tiene seis hijos y es bibliotecario. Forma parte activa de la Iglesia católica, incluso estuvo en un monasterio benedictino y se planteó ser sacerdote. Es consciente que es contradictorio que después de ser violado por un sacerdote sea cristiano practicante. “La Iglesia es mi familia. Mi fe es parte de mi identidad, ni podía ni quería renunciar a ella”.

¿Usted ha perdonado a su violador?

Sí.

¿Lo ha hecho porque es cristiano? ¿Por haber estado 18 años yendo a terapia?

Por mi fe. Comencé a perdonarlo cuando tenía once años. El día de la Asunción de la Virgen estaba en la Iglesia. Él estaba dando misa y la gente se emocionaba con su discurso, pensé que ese mismo hombre en una hora me iba a violar la sacristía. Comprendí que era un enfermo. Perdonar era la única manera de ser un hombre libre.

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