Julio César, reina de Bitinia. Julio César, el hombre de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres. Julio César, almohada de la litera real.

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Así, con esos calificativos, trataron los enemigos del dictador y gran general romano de calumniarle, de difamarle para que su figura entre el pueblo perdiese respeto. A lo largo de su vida, recordaron continuamente la historia del supuesto escándalo sexual, cuando era joven, con otro varón. No les importaba determinar si había sido cierto o no, si Julio César yació realmente con un hombre que le habría sometido, sino extender el rumor lo máximo posible, utilizarlo como mecanismo de destrucción personal y política.

¿Pero dónde se encuentra las raíces de este cuento? ¿Era el militar más poderoso de Roma realmente homosexual? Décadas antes de hacerse con el poder absoluto, Julio César, a los 19 años, siendo todavía un joven poco experimentado, fue enviado a Bitinia, un reino aliado de la República en la costa de la actual Turquía, en misión diplomática: su tarea consistía en reunir un escuadrón de barcos para atacar Mitilene, en la isla de Lesbos.

En este viaje conoció a Nicomedes IV, rey de Bitinia, quien le recibió con especial afecto por haber sido amigo de su padre. Lo único cierto es que César empleó bastante más tiempo del necesario en ese reino aliado. Sus enemigos, con el tiempo, interpretarían la demora como una prueba irrefutable de que había sido seducido por el monarca. "Según los rumores, César habría sido conducido a los aposentos reales, donde se habría tumbado en un lecho dorado cono colcha púrpura sobre la que Nicomedes le habría sodomizado", relata el divulgador cultural Néstor F. Marqués en su libro Fake news de la Antigua Roma (Espasa).

La burbuja del escándalo, no obstante, se hizo todavía más grande cuando trascendió que César, poco tiempo después de este encuentro, había regresado a Bitinia para supervisar los negocios de uno de sus libertos, según dijo él mismo. La llama estaba ya prendida: estas versiones, avivadas por sus enemigos, retrataban a Julio César como un amante pasivo, lo que era visto en la Antigua Roma como una actitud debilitante y propia del género femenino. Y por eso este episodio, que siempre negó, fue tan doloroso para él.

"Aunque es difícil establecer con seguridad absoluta qué ocurrió en Bitinia realmente, y aceptando que podría haber sido un joven deseo de explorar su sexualidad, parece posible que todo aquello no fuera más que una gran artimaña para desprestigiarle, puesto que no se le conoció ningún otro escándalo similar durante el resto de su vida y recordar aquel rumor era una de las pocas cosas que conseguían enfurecerle en público", añade Marqués.

Afeminado y mujeriego

El escándalo sexual le perseguiría a lo largo de toda su vida, pero no por ello dejó de ser aireada la afición de César por las mujeres. Aunque por conveniencia política y no por amor, se casó en tres ocasiones; y tan solo su primer matrimonio con Cornelia le dio una hija, a la que llamaron Julia y que enlazaría con Pompeyo, a la postre uno de sus grandes enemigos.

"Todo el mundo está de acuerdo en que fue muy dado a los placeres sexuales y manirroto para conseguirlo, y que sedujo a muchas mujeres de la nobleza", relata Suetonio en Vidas de los doce Césares citando a cinco amantes -aunque el affaire más famoso del dictador se produjese con Cleopatra, con quien se supone que tuvo un hijo, Cesarión-.

De hecho, el tribuno de la plebe Helvio Cina llegó a extender el rumor, fuera cierto o no, de que César le había ordenado redactar una ley que le permitiese casarse con cuantas mujeres deseara, aunque aseguraba que se debía a una cuestión meramente reproductiva: engendrar un heredero varón.

En cuanto a su aspecto físico, Julio César, que fue el primer romano en vida que se atrevió a inmortalizar su efigie en monedas, fue un hombre alto, esbelto, de tez clara, con los pómulos prominentes y unos ojos oscuros y profundos. Según los relatos de la Antigüedad, se cortaba el pelo, se afeitaba y se depilaba regularmente para estar perfecto en cualquier situación, lo que le granjeó ciertas sospechas de afeminamiento.

Pero su mayor complejo tenía que ver con la calvicie: se peinaba siempre hacia delante y agradeció infinitamente la concesión del Senado, al final de su vida, de poder llevar la icónica corona de laurel bajo cualquier circunstancia. Así, su cabeza quedó protegida de posibles miradas indiscretas, pero no le las puñaladas que acabaría cercenándole la vida en el año 44 a.C.