El arenal de Omaha Beach estaba todavía virgen en el sector bautizado como Easy Red; sin barcazas en la orilla, sin pisadas, sin cadáveres. A las 7:40 horas del 6 de junio de 1944, la lancha de desembarco LCI 85 que transportaba a los integrantes de la compañía A del I Batallón del 16 Regimiento de la 1ª División de Infantería del Ejército estadounidense, la Big Red One, tocó tierra. El coruñés Manuel Otero Martínez, con su fusil envuelto en plástico para que la salitre no lo inutilizase, saltó como pudo al agua, que le cubría por la cintura, y comenzó a remontar la playa, de aspecto kilométrico por culpa de la marea baja.

Nada más acercarse a la orilla, las ametralladoras alemanas, situadas en los búnkeres del acantilado, comenzaron a disparar sin respiro contra las tropas aliadas. En escasos minutos, Omaha Beach se transformó en el epicentro de una carnicería, con militares  muertos y otros que agonizaban. Los supervivientes de la compañía en la que estaba integrado el soldado de primera clase Otero, dirigida por el teniente William T. Dillon y que desembarcó en la segunda oleada —llegaron los primeros a este sector porque las fuertes corrientes alteraron los planes de la invasión del Día D—, recorrieron un centenar de metros bajo el fuego enemigo hasta alcanzar una pequeña colina de piedras que les sirvió como parapeto.

Al otro lado de la duna, un amasijo de alambre de espino aguardaba a los hombres de Dillon, que lo hicieron saltar por los aires gracias a tres torpedos Bangalore. Unos metros más adelante, los alemanes habían cavado un enorme foso antitanque; a lo lejos, desde la ladera en la que resistía la posición alemana WN-64, seguían las ametralladoras devorando munición. Manuel Otero, John P. Ford y David Arnold fueron los primeros en cruzar la concertina, pero no sabían que el terreno antes de llegar a la trinchera gigante estaba minado. El soldado gallego y Ford, a la cabeza del operativo, salían por los aires a los pocos segundos tras pisar uno de los artefactos explosivos. Morirían en el acto.

Mapa de Omaha Beach, con el sector Easy Red, donde desembarcó Otero, destacado.

Esa es la reconstrucción de los escasos instantes que Manuel Otero Martínez, de 28 años y natural del municipio coruñés de Serra de Outes, participó en el desembarco de Normandía. Él es el único —y olvidado— español que combatió y perdió la vida en el Día D, del que este jueves se cumplen 75 años. Arribó en Omaha Beach, donde las tropas estadounidenses registraron un mayor número de bajas, en la segunda oleada, la misma en la que también tomaron parte Robert Capa y su cámara Contax; y en el otro extremo donde transcurre la película Salvar al soldado Ryan.

La no menos hollywoodiense historia de Manuel Otero permaneció silenciada hasta hace unos años, cuando dos paisanos suyos, Manuel Arenas y Antonio Osende, comenzaron a reconstruir su vida tras recibir la llamada de Gema Martínez, una sobrina del soldado fallecido. “Estaba interesada en saber si podíamos darle información sobre la vida o la historia militar de su tío. Decía que había muerto en Normandía el 6 de junio”, cuenta a este periódico el primero, presidente de la Asociación de Amigos del Museo Militar de A Coruña y la Asociación Histórico Cultural ‘The Royal Green Jackets’. 

Tropas estadounidenses tras desembarcar en Normandía pasan al lado de un búnker alemán. Reuters

Sin embargo, a Arenas no le cuadró que hubiese un español en el Día D; pensaba que se trataría de algún miembro de La Nueve, también conocida como División Leclerc —una compañía francesa que integró a más de un centenar de republicanos—, o de la British Company; y que la fecha de fallecimiento sería un error. “Al principio no me lo tomé con mucho interés, creía que era una broma o un cuento que le había contado alguien de su familia”, añade Arenas. Pero la señora seguía insistiendo: decía tener documentación y escritos de Manuel Otero, así como un arcón en el habría sido transportado el féretro del soldado desde Colleville, en Normandía, hasta Serra de Outes.

La cosa quedó ahí hasta que Gema le llamó un mes más tarde diciéndole que había reunido todas las cartas y limpiado el arcón. Siguió insistiendo en que se acercase un día hasta su casa para verlo todo. Y a Manuel Arenas le picó la curiosidad: una noche al salir de trabajar, acompañado de su colega Antonio Osende, vicepresidente de The Royal Green Jackets, asociación dedicada a hacer recreaciones históricas, se desplazó desde A Coruña hasta Serra de Outes, al hogar de la familia de Manuel Otero.

Una lancha LCVP, antes de desembarcar en la playa de Omaha. Reuters

Tras leer las misivas que el soldado le había escrito a su madre antes de la II Guerra Mundial, la mujer les enseñó el famoso arcón de madera forrado de zinc. “Me empecé a tomar muy en serio esta historia cuando vi la inscripción del US Army y una numeración, la de la chapa identificativa de cada soldado”, relata Arenas. Manuel Otero era el número 32868826. Los dos amigos coruñeses, apasionados de la historia, no podían hacer otra cosa que no fuese investigar la vida del gallego que murió en Normandía.

Luchó en la Guerra Civil

Manuel Otero Martínez nació el 29 de abril de 1916 en Serra de Outes (A Coruña). Desde muy joven trabajó arreglando y pintando barcos en una especie de astillero que había en su pueblo. Luego se enroló en la Marina como mercante y con los 20 años recién cumplidos, se produjo el golpe de Estado que abocaría a España a la Guerra Civil. Sin embargo, a Otero no le pilló la sublevación en Galicia, zona rebelde desde primera hora, sino en Gijón, leal al bando republicano; y allí quedó alistado en el Ejército de la República.

Retrato de Manuel Otero

A partir de ese momento, resulta complicado seguir su rastro. “Sabemos que estuvo en la batalla de Brunete, donde recibió un disparo en un brazo y otro en un pulmón; y lo trasladaron a un hospital de Valencia, donde estuvo muy grave”, relata a EL ESPAÑOL Antonio Osende, autor del libro Manuel Otero Martínez: Un gallego en Omaha Beach. No hay muchas más noticias suyas hasta que se resuelve la contienda y el militar coruñés aparece preso en Barcelona, en una cárcel franquista. Desde allí, en los primeros días de abril, le envía una carta a su madre destripada por el aparato de censura con una sintomática despedida: “¡Arriba Franco y Arriba España!”.

Su liberación se explica gracias a las influencias de su familia en el bando vencedor y a que las autoridades del nuevo régimen determinasen que en su historial no había ningún delito de sangre más allá de las actuaciones en las trincheras. Sin embargo, al regresar al pueblo, Manuel Otero nunca se podrá desprender de la etiqueta de rojo por haber combatido con los republicanos. Eso es, fundamentalmente, lo que le empujó a emigrar a América durante los primeros compases de la posguerra, a buscarse un futuro más próspero lejos de la tierriña, como miles de gallegos más.

Desembarcó en Estados Unidos, concretamente a los suburbios de Nueva York, donde montó un negocio de mecánica en el que se dedicaba a arreglar coches, según le relataba a su madre en la correspondencia, a quien también enviaba dinero. Sin embargo, la única forma que tenía de permanecer en EEUU era consiguiendo la nacionalidad norteamericana; y la vía más fácil consistía en alistarse en el Ejército —en su expediente figuraba una mención a Hawái, un Estado asociado; una treta para evitar que le deportasen—. A los pocos días de iniciar su reclutamiento, Japón bombardeó la base de Pearl Harbor; y el presidente Roosevelt decretó la entrada de EEUU en la II Guerra Mundial. Manuel Otero había huido de las consecuencias de una guerra para adentrarse de lleno en otra.

El cementerio estadounidense en Colleville, donde descansan los muertos en el Día D. Reuters

Cuando los Aliados preparaban la invasión de Europa, la Big Red One fue requerida en Gran Bretaña, pues era de las pocas divisiones veteranas del Ejército estadounidense —había participado en el campaña de África y en el desembarco de Sicilia, conocido como Operación Husky—. Otero, como hombre experimentado en el manejo de las armas, fue enviado a Inglaterra como reemplazo y allí aguardó a que su compañía retornase de Italia. Durante la preparación de la Operación Overlord, su graduación alcanzó la de soldado de primera clase.

Pero como se ha relatado más arriba, el episodio del soldado gallego en la II Guerra Mundial apenas duró un puñado de minutos, suficientes, no obstante, para ser testigo de un sinfín de horrores. “Tuvo muy mala fortuna, murió con 28 años y se chupó dos guerras”, reflexiona Manuel Arenas. Tras la victoria de las tropas aliadas en la costa de Francia, Manuel Otero fue enterrado en el cementerio de Colleville, en la misma Normandía, al lado de diez mil estadounidenses más y sus cruces blancas sobre un césped impoluto. La trágica noticia no llegaría hasta Serra de Outes un mes después.

Dos miembros de la Asociación The Royal Green Jackets señalan el nombre de Manuel Otero en el memorial de Normandía.

El regreso de los restos

El nombre de Manuel Otero permanece inscrito en el obelisco que recuerda a los caídos de la Big Red One en la jornada del 6 de junio de 1944, pero sus restos ya no están allí. A finales de 1947, el padre del soldado realizó una serie de peticiones ante la embajada de EEUU en España para que repatriaran el cuerpo de su hijo. Tras mucho insistir, la US Army dio el visto bueno; y el cuerpo de Manuel Otero fue enviado a su municipio natal en A Coruña. El ataúd viajó en el arcón que conservaba la sobrina, escoltado por un grupo de oficiales americanos y a través del servicio de la Cruz Roja Internacional.

Tumba de Manuel Otero en el cementerio de Serra de Outes.

Envuelto en la bandera estadounidense y en una ceremonia multitudinaria a la que asistió el agregado del mando militar americano en Madrid, Manuel Otero fue enterrado en el camposanto de Serra de Outes el 18 de septiembre de 1948 y condecorado con la medalla Corazón Púrpura, que se le entregaba a los caídos en combate. Además, su familia recibió una pensión vitalicia de 900 pts mensuales y a su madre se le entregó un diploma que hoy en día conserva una hermana suya de más de noventa años que reside en Italia. Aunque la prensa de la época se hizo eco de la presencia de telas yanquis en la esquina noroeste de España, la historia de Manuel Otero quedó sepultada con él.

“Si esto lo coge Spielberg hace un peliculón espectacular”, brama Arenas, presidente de la Asociación de Amigos del Museo Militar de A Coruña. “Es como un guion de cine: por las peculiaridades del personaje y por cómo lo descubrimos a través de un féretro”. Para reconstruir toda la odisea de Manuel Otero, Arenas y Antonio Osende han tenido que asomarse a los archivos del Ejército de EEUU, donde el soldado gallego aparecía registrado sin nacionalidad: estaba considerado como un latino y no como español. Osende investigó a todos los Otero que se habían alistado en la Big Red One y, al comprobar los números de identificación, halló uno que coincidía con el del arcón. Eso les confirmó que iban por el buen camino.

En el proceso de encajar todas las piezas, también pisaron la misma arena de Normandía, donde Pierre-Louise Goseelin, gran experto en la 1ª División de infantería americana, les ayudó a reconstruir el itinerario del gallego —genialmente explicado en el videoblog Tropa Guripa—. Ahora, gracias a su labor, el cementerio de San Juan do Freixo de Sabardes, en Outes, se ha convertido en lugar de peregrinación para muchos fanáticos de historias de la II Guerra Mundial.

Con motivo del 75 aniversario del Día D, el próximo jueves, miembros de la Asociación Histórico Cultural ‘The Royal Green Jackets’, con su presidente Manuel Arenas a la cabeza —Antonio no podrá ir por responsabilidades laborales—, participarán en los numerosísimos actos conmemorativos. Allí, además de lucir sus sherman y conducir otros carros de combate, inaugurarán una placa en memoria al soldado Manuel Otero, muerto, como tantos miles de hombres más, en las playas de Normandía combatiendo al nazismo.

Manuel Arenas (d) y otros miembros de The Royal Green Jackets, durante un homenaje al soldado gallego en Normandía.