"Vos miraréis por ella y la honraréis y acataréis, para que pueda ser honrada y favorecida por vos y remediada en todas sus necesidades". La muerte se abalanzaba irremediablemente sobre Fernando el Católico y una de las cosas que más le preocupaban era el cuidado de su segunda esposa, Úrsula Germana de Foix, una joven infanta francesa con la que contrajo matrimonio en 1505.

En su testamento le pidió a su nieto y heredero, el futuro Carlos I de España y V de Alemania, que se dedicase en cuerpo y alma al bienestar de su abuelastra. "No le queda, después de Dios, otro remedio sino solo vos", le transmitió Fernando a Carlos. Pero lo cierto es que este último, sin lugar a dudas, cruzó la línea de las tareas que le había sido encargadas.

Una abismal diferencia de edad separaba a Fernando el Católico y Germana de Foix cuando se unieron en matrimonio. Si el monarca español ya se encontraba en la cincuentena, la reina consorte de Aragón era una jovencita de apenas 18 años. Era la mujer perfecta, fértil, para darle a Fernando el heredero varón que tanto anhelaba para alejar a Felipe el Hermoso, esposo de su hija Juana (la Loca) del trono castellano.

Pero la edad le pasaba factura al rey en su empeño reproductor, por lo que se vio obligado a recurrir a las medicinas de la época para hacer revivir su virilidad. Fernando comenzó a tomar productos afrodisíacos como la cantárida, la llamada mosca española, para mejorar su rendimiento en la cama, pero en realidad tuvieron un efecto contraproducente: agravaron sus problemas de corazón y le condujeron a la tumba el 23 de enero de 1516. 

¿Una hija con Carlos I?

Ya como rey de España llegó Calos I a Valladolid, donde encontró en la figura de su abuelastra refugio ante el rechazo de la mayoría de castellanos. Al principio les unía su lengua materna, el francés, pero pronto su relación se tornaría más íntima. Carlos era un adolescente de 17 años de escasa experiencia sexual, mientras que Germana una mujer encantadora de 29 años. Y el jovenzuelo caería rendido a los encantos de la esposa de su abuelo.

Para poder visitarse con más privacidad, el rey ordenó construir un pasadizo de madera entre las casas en las que él vivía, es decir, el Palacio del Rey, y las de Germana, la casona de la Reina. Las sospechas se hacen todavía más fuertes cuando en su testamento Germana le deja un collar de 133 perlas a una hija del emperador, la “infanta Isabel” por el mucho amor que sentía por ella. A día de hoy los historiadores siguen discutiendo sobre esta supuesta hija no reconocida de Carlos I.

A lo que sí se vio obligado el monarca español, ante el escándalo que se podía armar si salía a la luz el affaire con su abuelastra, fue ponerle el punto final casando a Germana con Juan de Brandeburgo-Ansbach. ¿Y qué le sucedería a este en 1525? Pues que encontraría una muerte similar a la de Fernando el Católico: por los vicios de la carne. Según algunos cronistas de la época, el marqués de Brandeburgo moriría a causa de la pasión desenfrenada que derrocharía una noche con su esposa, que en los últimos años de su vida sufriría obesidad mórbida.

Ese mismo año, durante la boda de Francisco I y Leonor, a la mujer francesa, de nuevo viuda, se la volvió a ver agarrada del brazo de Carlos I, por lo que en la corte española pensaron que era necesario volver a encontrarle un marido. El mismo año que el Emperador se casó con Isabel de Portugal, en 1526, Germana de Foix se comprometió con Fernando de Aragón, Duque de Calabria.

Convirtió el Reino de Valencia en una corte a la italiana, improvisando poesía y realizando batallas de ingenio hasta el amanecer. Finalmente moriría en 1536 sin más descendencia que la supuesta hija con Carlos I.