Israel Elejalde (Madrid, España, 1973) es un actor imprescindible en los teatros que hoy tanto añoramos. Elejalde trabaja con la palabra y con el cuerpo. Conmovedora la expectoración de La clausura del amor: después de verle prestar su esqueleto a aquella radiografía tan dolorosa de las relaciones humanas, nos quedamos huecos.

O su Misántropo. Su Hamlet. Su Ricardo III, donde sacaron a Franco de la tumba. En 2014 fue nominado al Premio Goya al mejor actor revelación por su papel en la maravillosa Magical Girl, de Carlos Vermut. También nos ha visitado en casa, mediante series como Amar en tiempos revueltos, Águila Roja o Carlos, Rey Emperador. Desde septiembre de 2016 es codirector artístico, junto a Miguel del Arco, de El Pavón Teatro Kamikaze de Madrid. Hoy contesta a nuestras preguntas sobre los tentáculos del Covid-19: ética, cultura, libertad. 

¿Qué ha aprendido de usted mismo en este encierro?

Creer que en ese plazo tan breve uno ha podido aprender algo, realmente dice mucho de nuestra sociedad, de esa necesidad por dar un resultado productivo inmediato a todo lo que ocurre a nuestro alrededor. No he aprendido nada. Estoy en proceso de adaptación, de reflexión, de aceptación.

¿Y de los demás, del ser humano, en sentido profundo-?

Tenemos mucha prisa. Es nuestra forma de intentar escapar de la realidad. Hemos construido sociedades que viven de espaldas a la realidad.

¿Cuál es el pensamiento más extraño que le ha asaltado estos días?

Que es la primera vez en mucho tiempo que nos ocurre algo a todos y al mismo tiempo y que eso es una oportunidad, como decía Santiago Alba en un artículo hace unos días. Una oportunidad para crear sociedades mas justas. Este pensamiento utópico es extraño dentro de esta distopía.

¿Qué es el mundo interior; cómo se cultiva?

Lo importante, como diría David Foster Wallace, no es aprender a pensar sino aprender en qué pensar. Esa es la diferencia. Uno puede elegir ante una situación como ésta hacer una lectura humanista o individualista. Por otro lado, todos tenemos un mundo interior. No es algo inherente al “consumidor de cultura.“ Todos consumismo cultura. La cuestión aquí, como en lo referente al pensamiento, es qué cultura quieres consumir, hasta qué punto uno quiere desarrollar un sentido crítico o prefiere adormecerlo y estar permanentemente “entretenido”. Vivir en la duda es mucho mas áspero que la certeza que nos sosiega.

¿Realmente puede la cultura salvarnos de algo?

No, la cultura no nos salva de nada, pero puede hacer el viaje mas soportable. Nos permite ver más allá de nuestras propias narices o, al menos, tener la sensación de que eso es posible, de que podemos salir de nuestro “yo”. Decía Faulkner que el arte es como encender una cerilla en una cueva. No sirve para iluminar, sirve para ver la oscuridad que te rodea.

“Para los desgraciados, todos los días son martes”, cantaban las Vainica Doble. ¿Cómo cree que afectará esta situación a nuestra concepción del tiempo, del trabajo y del placer?

Es imprevisible. Esto va a producir cambios pero en qué sentido es difícil de pronosticar aún. En 2008 parecía que todo iba a dar un vuelco y que la concepción neoliberal había quebrado. 12 años después todo sigue igual. Nada ha cambiado. Estamos entrenados para olvidar. Vivimos entretenidos.

Esta crisis, ¿le ha vuelto más humanista o más misántropo?

Cuando acabe esta crisis ya veremos a qué lado me inclino. Dicho esto, no me parece que sean términos dicotómicos. Los verdaderos misántropos son, como Alcestes, humanistas que no soportan la decrepitud moral del ser humano en sociedad. Por eso se aíslan. No confundamos a los verdaderos misántropos con sociópatas. Son muy distintos. La historia está llena de misántropos que han sido abanderados del humanismo. Jesucristo por ejemplo.

Decía Blaise Pascal: “Todos los males derivan de una sola causa: nuestra incapacidad de quedarnos quietos en una habitación”. ¿Está de acuerdo?

No, creo que derivan de nuestra incapacidad de estarnos quietos fuera. Nos cuesta aceptar que no somos el centro de todas las cosas. Es una paradoja ver cómo esta crisis sanitaria y económica va a tener consecuencias positivas en el cambio climático. La naturaleza empieza a ocupar espacios de los que se había retirado hace décadas.

¿Encerrados sacamos lo peor -la verdad- de nosotros mismos, como en El ángel exterminador?

Encerrado durante la peste Shakespeare escribió “El Rey Lear” un alegato nihilista para alertarnos de una sociedad asentada sobre pilares podridos. Una conminación a buscar al otro como salvación, a observar el mundo tal y como es, a madurar, a aceptar la caída (“Me dijeron que yo lo era todo. ¡Mentira! No estoy hecho a prueba de fiebre”, dice Lear en uno de sus últimos parlamentos). Encerrado, Hitler en la cárcel escibió “Mein Kampf” un resumen feroz de la estulticia del ser humano. Una acusación salvaje al otro, al diferente. Un encierro puede ser la oportunidad de lo mejor o de lo peor. La historia está ahí para recordárnoslo.

¿Cree que los ciudadanos españoles han mostrado responsabilidad individual?

Creo que en general hemos respondido de manera responsable a las indicaciones que nos han ido dando.

¿Qué valor le da a ésta?

Creo que la responsabilidad individual es absolutamente necesaria para crear una sociedad justa e igualitaria. Creo en palabras como solidaridad y fraternidad. Si hay que creer en algo, y el ser humano siempre necesita creer en algo, ese es mi credo.

¿Qué idea tiene ahora mismo de la libertad?

La misma que tenía. No existe verdadera libertad si no existe igualdad, y la igualdad no significa que seamos iguales, sino que todos debemos tener las mismas oportunidades. La verdadera libertad no es individual sino colectiva.

¿Qué lectura política y económica hace de esta crisis?

La Segunda Guerra Mundial provocó el nacimiento de nuestras socialdemocracias como consecuencia de la mayor hecatombe del siglo XX. Se abrió un periodo de reflexión en las sociedades occidentales para evitar que se repitiera un suceso igual, y como consecuencia se dio lugar a los 40 años mas tranquilos y prósperos de la historia de Europa (A excepción de España que tardó 30 años más en llegar ahí) Llevamos otros 40 años destruyendo ese legado. Esta es una oportunidad para revertir la situación. Me viene a la mente el final de “Hamlet”; después de “El resto es silencio” aparece Fortimbrás para reclamar el trono. Siempre he interpretado esa aparición como una oportunidad para el cambio después del aprendizaje. Es una invitación a trascender.

¿Reforzará esta crisis nuestra idea de colectividad?

Nuestro reto es enfrentarnos a esta pandemia siendo igual de eficaces que China, pero manteniendo nuestra propia idiosincrasia. Conseguirlo requiere de un compromiso de la sociedad civil.

¿Empezará a estar mejor vista la palabra “España”?

No creo que la palabra España esté mal vista. Tenemos un problema en el país con algunos de nuestros símbolos patrióticos porque no son compartidos por todos ya que vienen heredados de un sistema anterior y de un trauma que, desgraciadamente, aún no hemos superado. De todas formas, si creemos que en esta crisis lo que está en juego es la palabra España, mal vamos. Cuando esto acabe espero que lo que se haya reforzado o debilitado no sean las palabras España, Cataluña, Alemania, Francia o Singapur. Si eso es así es que no habremos aprendido absolutamente nada. El discurso debería ser un poco más ambicioso, más amplio.

Una canción, una película y un libro para resistir en cuarentena.

A Whiter Shake of pale de Procul Harum. 
Retrato de mujer en llamas de Céline Sciamma. 
De vidas ajenas, Emmanuelle Carrère.