Contaba Paloma, amiga de Shangay Lily, que su compadre -todo turbante, carmín, bata imposible- no se vestía así “porque se viera más divino”, y que tampoco abandonó su nombre bautismal, Enrique Hinojosa Vázquez, para dárselas de estupendo, de exótico o de artista; sino “para reivindicar que hay que arrancarse las etiquetas que la sociedad nos impone, y que no por ser hombre o mujer uno tiene que vestir o actuar de una forma u otra”: “Su nombre es la identidad que él se dio. El otro representaba la opresión y la familia en la que vivió”.

Ayer hacía un año que el cáncer se llevó a un hombre libre, a un activista transversal -comunista, gay, feminista, ateo y republicano-, a un rebelde folclórico y carismático, impermeable a la genuflexión; y el Teatro del Barrio celebró que alguna vez existiese y que liderase tanta causa ideológica con bravura, con humor y verborrea. Una figura como la de Shangay se extraña más que nunca en esta era de medias tintas, de izquierda cobarde, de arrimarse al centro: se le echa en falta ahora que los movimientos sociales le agrian a los parlamentarios -incluso a los que fueron más fieros e irónicos- el carácter.

Contra el 'gaycapitalismo' 

Claro que un torrente así levanta ampollas por donde pasa. Hubo una gran ausencia en su homenaje: no fue ningún representante de ninguna asociación LGTB, porque “como suele pasar con la gente que alza la voz y denuncia, le han demonizado, desautorizado y, en la medida de lo posible, invisibilizado”, relató Paloma. En Adiós, Chueca (Editorial Foca), su libro póstumo, Shangay reprocha a la comunidad gay haber pasado de ser un colectivo admirable y luchador a una comunidad sometida por el liberalismo, empapada de “oligayrcas” y rentabilizadora de una marca “alegre y divertida”.

La señala como un putrefacto gran negocio que se ha olvidado de la conciencia de clases y se ha vendido a la laca y la purpurina. La denomina “gaycapitalismo” y les acusaba de haber pasado de la manifestación a la verbena; de dejarse comprar por dinero; de no saber ni siquiera qué se celebra cada 28 de junio.

Por eso allá, en las federaciones, no le pueden ni ver. Él mismo cambió sus formas: pasó de ser la primera drag queen de España a un activista de calle. Del transformismo a la reivindicación política. Ya no quería entretener. Se negaba a ser opio del pueblo y se reinventó como raspa en el ojo. 

En 2010 interrumpía un acto en el que participaba Mariano Rajoy al grito de “¡Basta ya de homofobia en el PP!” y era expulsado, sin parar de repetir su consigna, por lo seguratas. La cara del presidente era un poema.

El amante de Franco

En otra ocasión protagonizó un sketch humorístico en el que se hacía pasar por el amante de Franco, todo ambientado allá en 1941, en la España profunda. Le habla con mucha gracia a la cámara y cuenta que “su Paco” ya no va a verle, “con tó los momentos buenos que hemos pasao”. Le acusa de gastar pene pequeño -”esa pollilla chiquitilla que tú tienes”- y de haberse enfadado con él sólo por decirle un día que iba a cocinarle un caldo avecrem. “Es que Paco nunca ha podío con la pluma”, guiñaba, al cierre.

En el papel de amante de Franco, le acusa de gastar pene pequeño -”esa pollilla chiquitilla que tú tienes”- y de haberse enfadado con él sólo por decirle un día que iba a cocinarle un caldo Avecrem

Cuando estuvo en el reality show La Granja, se negó a celebrar “la Hispanidad, la banderita, las fuerzas armadas, la Virgen del Pilar y todo esto”, y mientras sus compañeros iban de cánticos, él se la pasaba tirado en el pesebre, entonando coplillas sobre la libertad. Rechazó también una suerte de corrida de toros y debatió abiertamente con otros concursantes acerca de la transfobia.

La periodista Cristina Fallarás alabó de él que era “tan feminista, tan de cuotas, tan de ocupar los espacios y romper los putos techos de cristal...”: “¿Y quiénes hemos ocupado los espacios? Las que no molestamos. ¿Y quiénes estamos ahí? Las que no hacemos demasiado ruido. Pienso en Shangay y pienso que tuvo que venir el maricón a abrirnos los ojos, como una fiera, a las feministas”, espetó, con garbo. “No enseñó que de nada vale la monserga feminista de ‘ocupemos los espacios de los machos’ si cuando llegamos al espacio de los machos nos comportamos como machos”.

Boicot a Esperanza Aguirre

Shangay Lily protagonizó muchas más performances inolvidables. Como la de Gracias Benedicto, una canción de 2010, pegadiza como el diablo, en la que defendía irónicamente al Papa. “Te acusan de banquero de una corporación”, guiñaba. También hizo alusiones a la pedofilia y a la complicidad del PP con la Iglesia.

Fue personalmente a escupirle al medallón de Franco a Salamanca y la lió como invitado en el programa de Cristina Tárregas en TeleMadrid rompiendo una foto de Esperanza Aguirre y pidiendo al espectador que combatiese “al verdadero enemigo”.

Se preguntaba la directora de Público, Ana Pardo de Vera, si hoy habría acabado en la cárcel. Resulta tristítismo que la balanza, en el imaginario de los asistentes, se inclinase hacia el sí. Él hablaba “para todas las diferencias, para todos los que fueron acusados de orgullosos, soberbios, radicales, por no querer esconder su desacuerdo”. Él gritaba “para los que son la periferia, alejados en su pureza del putrefacto centro”. Él suspiraba “por los raros, por los que sobresalen del rebaño mimético, los que se resisten a sus etiquetas masivas, los que no dan información categórica a simple vista”.

Y recordó siempre que los suyos no comían en abrevaderos, no enfilaban las matanzas, no borraban sus aristas. “Yo exijo libertad, pero sin masa”. Vivió en los extremos, y allá resiste. Necesario.