Lisboa

La victoria de Salvador Sobral en el Festival de Eurovisión en Kiev desató una especie de éxtasis colectivo en Portugal este fin de semana. Gran parte de la población siguió la final en directo –la retransmisión alcanzó el 32,5% del share televisivo–, y cuando el joven lisboeta finalmente fue coronado, las calles del país vecino explotaron en una especie de delirio orgulloso comparable con el que se produjo el pasado verano, cuando su selección de fútbol ganó la Eurocopa.

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El primer ministro, António Costa, y el presidente de la República, Marcelo Rebelo de Sousa, se apresuraron a emitir sendos comunicados reconociendo el talento del joven cantante y declarando que su victoria suponía un triunfo para todos los portugueses. En la Glorieta del Marqués de Pombal, epicentro de la capital, los decenas de miles de adeptos del Benfica que celebraban el cuarto título consecutivo de Liga hicieron una pausa para escuchar la canción ganadora a través de los altavoces de la plaza. El Barrio Alto, tradicional zona gay de Lisboa y feudo de los más fervientes eurofans, se llenó de jóvenes coreando la melancólica canción de Sobral y gritando "¡douze points!" sin cesar.

Como pasa después de toda gran fiesta, ha llegado la resaca.  Y es que ya hay muchos lusos que consideran que la victoria en Eurovisión se trata de un triunfo maldito. El problema no es Salvador Sobral: los lusos siguen encantados con él y le tachan de héroe nacional –muy a su pesar, pues asegura que ese título "corresponde exclusivamente a [Cristiano] Ronaldo"–. El problema es el propio festival, y el coste prohibitivo que su producción le supondrá a Portugal el año que viene.

[Más información: La clasificación del Festival de Eurovisión 2017]

Salvador Sobral al ganar Eurovisión 2017. Gtres

El Festival del derroche

Desde 1958 el país que gana el Festival de Eurovisión alberga la siguiente edición del concurso. Lo que en principio parece todo un honor, en realidad es un evento que será deficitario, y el impacto turístico que se le presupone nunca llega a ser lo suficientemente alto como para justificar el coste del evento.

Ejemplo de ello es esta última edición, organizada en Kiev, donde la Compañía Nacional de Radiodifusión Pública de Ucrania –y el Gobierno ucraniano, de facto– gastó más de 50 millones de euros para organizar el show. La estimación inicial de las autoridades ucranianas sitúa los beneficios derivados del Festival –los cantantes, equipos de producción, trabajadores de centro de convenciones, turistas, etc.– en apenas 20 millones de euros, lo que supondría una pérdida sustancial para las arcas públicas.

En años anteriores la situación ha sido similar. Viena invirtió 33 millones en la edición de 2015, pero recibió apenas 26 de retorno financiero; en Copenhague en 2014 se gastaron 42 millones y el impacto económico fue de apenas 15. Los únicos que casi consiguieron igualar los gastos con los beneficios fueron los suecos en Malmoe en 2013: los turistas gastaron 18,6 millones de euros, una cifra que casi alcanza los 20 millones que costó coordinar toda la parafernalia.

Y el peor derroche, sin duda, fue el de Baku (Azerbayán) en 2011. La antigua república soviética gastó más de 56 millones en la construcción de un espectacular escenario para el evento. Pocos turistas hicieron el viaje hasta el país del Cáucaso, que generó apenas 8,2 millones en beneficios derivados del festival.

Mejor rechazar al 'elefante blanco'

Durante el siglo XIX el rey de Siam era famoso por regalar elefantes blancos a los cortesanos que más detestaba. Al ser animales sacros, los paquidermos pálidos no se podían utilizar para trabajar el campo o como modo de transporte. Los nobles que recibían estos obsequios reales se veían obligados a arruinarse para mantenerles, sin recibir ningún tipo de beneficio a cambio.

Recuperados de los festejos del pasado fin de semana, muchos portugueses comienzan a ver el Festival de Eurovisión como el elefante blanco particular de la Unión Europea de Radiodifusión. Aunque la economía portuguesa ha mejorado sustancialmente desde su colapso y rescate en 2011, y aunque algunos incluso hablan del "milagro luso", lo cierto es que la situación financiera del país sigue siendo precaria.

El actual Ejecutivo minoritario del socialista António Costa tiene la complicada tarea de mantener el balance entre los objetivos de reducción de gasto y déficit exigido por Bruselas y las demandas del Partido Comunista y los marxistas del Bloque de Izquierda –los dos partidos que le dan su mayoría parlamentaria–, los cuales exigen dinero para ambiciosos programas sociales. Aquí cada céntimo de dinero público supone grandes negociaciones, y el gasto de 50 millones en un Festival sin duda implicará conversaciones serias.

En una columna publicada en el diario Observador, el consultor Pedro Viera pide sentido común a sus conciudadanos, señalando que "si vamos a contemplar invertir 50 millones de euros, estaría bien que cada uno se dé cuenta de cuánto le costará cada pedazo de esa tarta".

Durante la actuación de Salvador Sobral. Gtres

"Una vez más nos encontramos con que Europa nos está animando a gastar dinero, y todos sabemos que la última vez que lo hizo nos salió muy mal la partida", recuerda el columnista, evocando los miles de millones de dinero no-presupuestado que Portugal gastó en proyectos comunitarios.

En Twitter, muchos usuarios ya van más lejos y hablan de la posibilidad de que Portugal renuncie a presentar la edición de Eurovisión del año que viene. La idea no es tan descabellada como parece, pues en el pasado cinco países rechazaron acoger el Festival por motivos económicos.

Los Países Bajos (1960), Francia (1963), Monaco (1972), Luxemburgo (1974) e Israel (1980) rehusaron el honor cuando sus candidatos ganaron, y en prácticamente cada ocasión Reino Unido pasó a acoger el Festival.

Por el momento, el administrador de la Radiotelevisión Portuguesa (RTP), Nuno Artur Silva, descarta por completo esta posibilidad. Pese a toda la evidencia por lo contrario, el alto cargo de la televisión pública asegura que el Festival de Eurovisión es un motivo de enorme prestigio para el país y que la repercusión internacional del evento supera los gastos que supone.

La posibilidad de un Festival austero

Silva ya ha señalado que la RTP quiere montar el festival en la MEO Arena de Lisboa, pero en principio las reglas del Festival permiten que otras ciudades se presenten como candidatas. Aquí, también, hay cierta polémica, pues varios columnistas argumentan que Lisboa está lo suficientemente saturada de turistas como para dejar que otra zona del país se haga con la atención mediática que acompaña al evento.

Tertulianos en la radio pública estatal debatían el lunes la posibilidad de presentar un festival más austero e íntimo, reflejando el espíritu de la canción ganadora, y las propias palabras de Sobral, quien aseguró que "la música tiene que ser sobre sentimientos, no se trata de hacer fuegos artificiales".

Esta posibilidad también entra dentro del ámbito de lo posible, ya que no existe regla alguna que requiera que el evento se haga en la capital de la nación ganadora. En 2013 Malmo acogió el Festival en Suecia, y en el pasado ciudades como Munich, Brighton y Cannes han presentado Eurovisión. Algunos alcaldes lusos ya han mencionado su intención de presentar candidaturas municipales, y se habla de la posibilidad de montar el Festival en la ciudad universitaria de Coimbra o desde la villa medieval de Braga.

Otros bromean que es el momento de apostar por el interior "olvidado" del país, y en Twitter muchos han postulado la candidatura de Beja, ciudad del interior del Alentejo que, al igual que Ciudad Real, tiene un 'aeropuerto fantasma' al que le vendría bien el tránsito aéreo generado por el festival. De nuevo, la amplia historia del Festival nos deja con precedentes que permiten este tipo de apuesta inusual. La edición de 1993 fue en la aldea de Milstreet, Irlanda, población: 1,500 habitantes. Con Eurovisión, todo es posible.