Los niños necesitan amor, cariño y compañía. Son los tres ingredientes fundamentales para que crezcan en un entorno sano. Sintiéndose escuchados y arropados en los momentos más difíciles de su ciclo vital.
A veces, por diversas circunstancias, los padres biológicos no pueden estar con ellos en el camino. Pero eso no significa que tengan que andar solos, porque aparecen otras personas que -aunque no son de sangre- los quieren con la misma fuerza y ganas para hacerlo todo mucho más fácil.
Las familias de acogida son un refugio. Una puerta segura. Un abrazo en el momento perfecto y unas manos que cuidan. De ahí que sea tan importante que toda la sociedad esté concienciada y apueste por acoger a los menores en sus casas, teniendo claro que será de forma temporal.
Esther Alonso es una de las familias de acogida de Castilla y León. Tiene 40 años y desde el 2023 un pequeño, de ahora diez años, la convirtió en madre. Con todo lo que la palabra implica. Es educadora social y conocía las distintas fórmulas de acogida que existen, así como el sistema de protección de la infancia.
"Siempre ha estado presente en mí y en mi manera de ver el futuro desde pequeña. He tenido muy presentes las posibilidades que había de crear una familia", asegura Esther en declaraciones a EL ESPAÑOL- Noticias de Castilla y León.
Ella, junto con su pareja, Nacho Ibáñez, comenzó con un acogimiento temporal, ya que así lo marca la ley, para que después se convirtiera en permanente. En su caso, hay otro tipo que no se planteaban, por ejemplo, el de urgencia, que son bebés.
Cuando conocieron a su pequeño tenía siete años, a punto de cumplir los ocho. Y recuerdan ese día con "mucha emoción, nervios y algunas dudas". Un momento que no es fácil porque los pequeños tienen que acostumbrarse a una nueva familia y a un nuevo entorno.
"Teníamos muchas ganas de poder saber qué pasaba por su cabecita. Solo queríamos que estuviera bien todo el rato", asegura en declaraciones a este medio. Un tiempo que fue progresivo ya que, primero, hay un "acoplamiento" para, posteriormente, dar paso al acogimiento.
El menor solo llevaba seis meses en un centro de acogida, pero Alonso afirma que la personalidad y el carácter del pequeño lo ha hecho todo más fácil: "Es muy abierto y sociable". De ahí que recuerde los primeros días en los que estuvo en casa con "mucha emoción y ganas de jugar".
La pareja solo puso dos condiciones, que fueron la edad y que no fuesen hermanos, sino solo un hijo. En su caso, preferían que no estuviera en la etapa de adolescencia porque les daba "más respeto".
"Desconocimiento sobre la infancia"
Esther lamenta que haya un "desconocimiento absoluto" sobre la infancia y, concretamente, sobre los niños y las niñas que están en el sistema de protección y sobre lo que significa ser familia de acogida.
"Es una medida de protección que garantiza unos derechos de la infancia y los hace reales, hay mucho desconocimiento en general y mucha desinformación. Culturalmente y socialmente no estamos preparados porque hablamos de las personas como propiedad. Como si algo tuviera que ser mío, en vez de tener otro tipo de mirada hacia el mundo y hacia la infancia", lamenta.
Asimismo, recuerda que todos los seres humanos necesitan un "sitio seguro" donde "nos quieran, nos mimen, nos cuiden, nos atiendan". Entonces, matiza, cuando este lugar no te lo pueden garantizar, tu vida "se viene abajo".
Por ello, explica que es realmente importante que la gente "esté más concienciada" ya que permitiría "vivir mejor como sociedad". Cabe destacar que los pequeños, durante esta etapa de acogimiento, siguen en "permanente contacto" con sus familias biológicas.
Sin embargo, le da una "seguridad" al niño, una "estabilidad", teniendo la certeza de que "no va a haber un cambio de familia" ni tendrá que ir a un proceso de adopción. Por otra parte, matiza que ser familia acogedora es tener claro que el objetivo final del niño es "que pueda volver con su familia biológica".
Ese sería "el escenario ideal" porque significaría que se habría hecho "un buen trabajo con la familia biológica". Lo que no significa que se pierda la relación con los padres de acogida porque ya son "una familia" y sea cual sea la situación del futuro estarán "presentes".
Puertas que abren historias
A mediados del mes de septiembre, la céntrica Plaza Zorrilla de Valladolid amanecía convertida en un gran escenario simbólico, repleta de felpudos con nombres propios por cada uno de los más de 550 niños, niñas y adolescentes que aún viven en centros de acogida de Castilla y León.
A través de los felpudos, daban la bienvenida a estos menores y recordaban la importancia que hay de mirar más allá. De abrir esas puertas y permitir que cuenten su historia.
De este modo, querían concienciar a la sociedad sobre el derecho de los menores de crecer en un hogar y explicaban que en España hay más de 17.000 niños, niñas y adolescentes que crecen en centros de protección sin la posibilidad de hacerlo en un entorno seguro y estable.
La directora en administración y gestión organizacional de ASEAF, Beatriz Vallejo, señalaba que el objetivo de la asociación es dar un hogar a los niños de entre 0 y 6 años que viven en centros residenciales.
El número de niños dentro del programa de acogida es de 685. Asimismo, son 308 los que viven en un hogar diferente al de sus parientes más cercanos.
