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“Me han llamado hasta de Orense para preguntarme qué habíamos hecho”, afirma Javier. Y es que la estafa que ha salpicado al concesionario de Valladolid del Paseo Juan Carlos I nada tiene que ver con los Fernández, la familia que levantó Motos Copa hace más de sesenta años y la vendió en 2016.

Hoy, su apellido se defiende con EL ESPAÑOL Noticias de Castilla y León con la fuerza de una historia que huele a gasolina, esfuerzo y barrio, mucho barrio.

“La verdad es que da mucha rabia y dolor que una historia de tantos años se ensucie y venga un fulano y te haga esto”. Las palabras son sinceras de Javier Fernández, hijo del dueño fundador de Comercial Copa, en aquella época, y que ahora muestra su disgusto con lo que está ocurriendo.

Nueve años después del traspaso, el 1 de octubre de 2025, un titular sacude a Valladolid: “Decenas de afectados denuncian una estafa premeditada por parte del concesionario Motos Copa”. Según informó en exclusiva este medio, el propietario actual, que fue detenido y luego puesto en libertad, ajeno a la familia Fernández, habría cobrado motos que nunca entregó, falsificado firmas y vendido vehículos de clientes sin consentimiento.

La Policía investiga una posible estafa masiva que afecta a clientes de toda España, pero que sobre todo ha tenido repercusión en Valladolid, y que podría haber alcanzado los 100.000 euros en pérdidas.

“Cuando lo vimos en vuestro periódico, se nos cayó el alma al suelo”, confiesa Kike, nieto del fundador. “Nos llamaban de todas partes: de Orense, de Gerona, de Jerez… Pensaban que éramos nosotros. Nos dolía en el alma”, replica su tío Javier.

La familia lo repite claro. No tienen relación alguna con el actual propietario. “Se ha aprovechado del nombre comercial para hacer lo que ha hecho. Pero no somos nosotros”, insiste Javier.

A la indignación se suma la tristeza. “Encima utilizaba nuestra historia en redes diciendo que llevaba 60 años vendiendo motos”, explica.

En efecto, en los perfiles de la tienda aún aparecían frases como “Después de 60 años, algún cliente insatisfecho puede haber”. “¿Sesenta años? ¡Si esos no los tienen!”, exclama Kike. “Se ha apropiado de nuestra historia”.

Hoy, mientras las redes se llenan de quejas de clientes defraudados, hay una familia que revive su historia para limpiar su nombre. “Al menos nos ha venido bien para unirnos más y recordar historias”, apuntan los nietos Kike, Luis y Pablo.

Motos Copa no es solo un rótulo antiguo en una calle de la ciudad, es el recuerdo de una época en que las motos llegaban por camión, los mecánicos sabían tu nombre y el trato valía más que cualquier contrato.

Arranca la historia

Cuando terminó la guerra, un joven extremeño destinado en Valladolid decidió quedarse. Se llamaba Francisco Fernández, y de su empeño nació una tienda que acabaría marcando una época.

“Mi padre empezó con una bicicleta, luego con una moto… y ahí seguimos”, recuerda Javier Fernández, voz de la experiencia, manos de mecánico y mirada que viaja atrás en el tiempo.

En aquellos años, las motos eran símbolo de libertad y progreso. “Fuimos de los primeros”, cuenta. “Los camiones llegaban llenos de motos y allí estábamos todos para descargarlas”.

Los pueblos esperaban sus pedidos, y en las carreteras de Valladolid se empezó a ver un nombre que pronto sería leyenda: Motos Copa, ellos fueron junto a Motos Rayse, la primera tienda de motos en Pucela. Además, fueron distribuidores oficiales de Bultaco, Puig y Suzuki, tres marcas que marcaron una época.

El nombre, confiesa entre risas, nació casi por azar: “Mi padre se llamaba Paco pero vio que había un restaurante, una tienda...así que decidió darlo la vuelta”. Así nació Comercial Copa.

La tienda creció y fueron pasando por Don Sancho, Correos y Paseo Juan Carlos I, y la familia también. Nacieron José María, María Elicia, Javier y Enrique. En los setenta y ochenta, Motos Copa era sinónimo de fiabilidad. “Hemos sido el número uno en ventas en Valladolid muchos años”, asegura Javier.

Su implicación con el mundo del motor fue total. Su hermano fue delegado de la Federación Motociclista Española, y cuando falleció, Javier asumió el cargo. “Tengo la medalla de mérito motociclista y los títulos de comisario técnico y deportivo”, enumera con orgullo.

Aquella generación vivía entre el rugido de los motores y la confianza de los clientes. “Nunca pedimos dinero por adelantado”, recuerda, al contrario de lo que ha ocurrido ahora de la que muchos clientes dicen que es una estafa premeditada. “La gente venía, elegía su moto y se la llevaba. Así de sencillo”.

Kike recuerda que su tío se cargaba a sus espaldas las motos, "así estoy yo ahora", apostilla Javier con ironía. Y lo hacía por toda la provincia, ya que los fines de semana se aprovechaban para repartir motos por muchos pueblos.

Las tiendas se convertían para nietos en punto de encuentro. “Allí íbamos todos después del colegio. Todos tuvimos motos pequeñas, casi aprendimos antes a andar en moto que en bicicleta”, recuerda Kike.

Con los años, la familia creció y las circunstancias cambiaron. Los hijos tomaron otros caminos: fábricas, talleres, vidas más estables. El famoso problema de relevo generacional que viven muchos comercios tradicionales en la ciudad.

“Mis hijos no querían seguir, y yo decidí vender”, cuenta Javier. Era 2016, y el comprador, un empresario que venía del mundo de la distribución, se presentó con buenas palabras. “Me lo pagó mal, pero lo pagó. Yo lo que quería era que el nombre siguiera, que Motos Copa no muriera, pero claro si llego a saber esto…”, lamenta.

La operación se cerró. El comprador se quedó con el nombre comercial, pero no con la sociedad original. La familia pensó que el legado seguiría vivo. Nadie imaginaba lo que vendría después.

“Se ha aprovechado de nuestro nombre”

En los barrios de Valladolid, el apellido Copa todavía despierta respeto y nostalgia. Pero también confusión. “Hace unos días fuimos a comer, y cuando reservé a nombre de ‘Pablo Copa’, temí que me miraran mal”, cuenta entre risas Pablo, uno de los nietos. “Nos reímos, pero es muy triste.”

Detrás de esa risa hay cansancio. La familia siente que la historia de tres generaciones se ve empañada por las acciones de otro. “Mi padre siempre decía: el nombre se gana trabajando, no se compra con dinero”, añade.

El caso deja una enseñanza, cuando se traspasa un negocio, no solo se vende un local, también una reputación. “Cuando firmas, no piensas que pueda pasar esto”, reflexiona Javier. “Pero ahora ya lo sé: el nombre hay que cuidarlo, o te lo destrozan en dos días”.

Desde su casa, rodeados de fotos en blanco y negro de motos y carreras, los Fernández esperan que la justicia haga su trabajo y que Valladolid recuerde quiénes fueron los verdaderos Motos Copa.

El golpe reputacional duele, pero las voces de la familia piden algo sencillo, que se diferencie la historia honesta y humilde de la familia de los delitos que ahora investigan a quienes compraron su nombre “Solo pedimos que se sepa la verdad. Que no nos metan en el mismo saco. Nosotros vendíamos confianza, no humo.”