D. Álvarez / ICAL. Enclavada en pleno corazón de la Reserva de la Biosfera de los Ancares Leoneses (Rbale), la pequeña localidad berciana de Burbia celebra este fin de semana una curiosa festividad conocida entre los lugareños como las fachizas. Se trata de unas grandes antorchas de paja seca que se elaboran durante la tarde y que, tras la puesta de sol, se queman en lo alto de una colina cercana para brindar a los vecinos un espectáculo de fuego con el que se dice adiós al tramo más duro del invierno y se da la bienvenida a un nuevo ciclo de vida.

Según el testimonio de los mayores del lugar, originalmente esta celebración tenía lugar cada año el 2 de febrero, Día de las Candelas y fecha en la que numerosas poblaciones celebran fiestas vinculadas al fuego. Tras décadas de vacío, hace cerca de 20 años la asociación Acebo Burbia empezó a recuperar una tradición que ahora se mueve al primer sábado de febrero. “Se dejó de hacer por falta de paja”, explica Lucía Osorio, socia del colectivo organizador.

En ese proceso de recuperación de esta costumbre milenaria fue esencial la ayuda de unos ‘teitadores’ de pallozas de la zona, que cedieron sus excedentes de paja para que los aldeanos pudiesen volver a fabricar sus fachizas. Parte de la paja se utiliza para elaborar los ‘bincallos’, las cuerdas con las que se atan las antorchas.

Aunque la noche y la oscuridad son elementos centrales en la celebración, los preparativos arrancan horas antes, con una reunión en la que los vecinos aprovechan las últimas luces del día para trenzar las briznas e ir fabricando las fachizas de la manera tradicional. Una vez finalizado este proceso, los jóvenes se encargan de subir los enormes haces hasta el cercano monte de la Lagúa, desde donde se divisa todo el pueblo.

Tras la puesta de sol, los organizadores alumbran pequeñas hogueras en el suelo para poder encender las fachizas y, una vez que estas prenden, arranca un hipnótico baile con movimientos circulares que dibujan formas mágicas sobre el oscuro paisaje nocturno de Los Ancares. Esta especie de ritual se prolonga durante más de una hora, en una versión rudimentaria de los actuales fuegos artificiales.

Orígenes de la fiesta

Poco se sabe del origen de esta ceremonia, según reconocen los propios organizadores y responsables de la recuperación de esta tradición ancestral. “Creo que el significado real no lo sabemos”, admite Lucía, que explica que el rito podría estar relacionado con antiguas costumbres de los antiguos pobladores celtas que dejaron su impronta en la zona en forma de costumbres y de construcciones como las pallozas o los hórreos.

Más allá de sus orígenes paganos, otras voces vinculan la celebración a Lug, el dios de la luz y el fuego de la cultura celtíbera y al que también adoraban los godos. Según esta teoría, las fachizas serían una especie de ofrenda que se hace a la deidad en un lugar, la colina de la Lagúa, cuyo nombre también guardaría relación con esta figura.

El descubrimiento de nuevas fuentes que ayuden a localizar los orígenes de esta fiesta sería clave para conseguir para la tradición algún tipo de protección por parte de las instituciones encargadas de velar por el patrimonio inmaterial. En ese sentido, Burbia cuenta con otra tradición ancestral, la de los ‘maranfallos’. Estas figuras son los protagonistas del Entroido, la celebración tradicional del carnaval en la zona.

'Maranfallos'

Ataviados con máscaras diabólicas y disfraces rústicos elaborados con ropas viejas, sucias y rasgadas, los ‘maranfallos’ simbolizan lo peor de cada persona y su objetivo es sembrar el miedo entre los más jóvenes del lugar. Para ello se sirven de palos y zarzas, así como de ceniza y grasa que tratan de untar en la cara de los más incautos. “La ciencia es hacer correr a la gente”, explica Lucía.

Además, esta suerte de demonios rurales se acompaña de otra figura diabólica conocida en el lugar como ‘o boi’, un armazón de madera en forma de toro cubierto con mantas y provisto de cuernos reales. Junto a los ‘maranfallos’, es el encargado de perseguir por las calles de la localidad a los vecinos que no vayan disfrazados.