José Zorrilla, “el rey de los poetas”, así proclamado en Granada el 22 de junio de 1889, y no proclamado a humo de pajas, porque se le impuso una corona que para sí hubieran querido no pocos monarcas (pesaba más de medio kilo),  cantó la gesta “de los bravos comuneros” en dos de las leyendas de los “Cantos del Trovador”, composiciones sobre temas legendarios con frecuencia basadas en obras de Cristóbal Lozano, clérigo albaceteño, en concreto de Hellín (1609-Toledo, 1667), narrador, dramaturgo y poeta de enorme popularidad durante la época áurea y cuyo éxito se extendió hasta bien entrado el siglo XIX.



En la primera de esas  leyendas, titulada “El caballero de la buena memoria”, fechada en 1837, el autor del Tenorio exalta la “briosa arrogancia” de doña María López de Mendoza y Pacheco, sencillamente  María de Padilla,  “del valor enamorada”, ponderando su resistencia en Toledo tras la decapitación de su marido Juan de Padilla después de la derrota de Villalar, “sangrienta jornada” en que “los bravos comuneros” perdieron “las últimas esperanzas”.

En ese contexto de desolación, doña María de Padilla, “aun con briosa arrogancia”,  se erige en último y desesperado asidero para “cuanto comuneros fieles/a su partido quedaban” y Zorrilla exalta en los versos iniciales el valor, la decisión y la entrega de una mujer que, desoyendo al arzobispo Acuña, quien la llamaba a rendirse, planta cara durante nueve meses a los ejércitos imperiales, con muchos más combatientes e incomparablemente mejor armados,  gesta que finalmente la llevó con su hijo a un exilio definitivo en Portugal, del que no pudo regresar ni viva ni muerta, porque Carlos I impidió el traslado de sus restos a Olmedo para recibir sepultura junto a los de su marido. Zorrilla cantó así la resistencia de doña María:

Perdidas de Villalar

en la sangrienta jornada,

de los bravos comuneros

las últimas esperanzas,

sus gavillas por doquiera

rendidas o derrotadas,

el arzobispo Merino

a Toledo gobernaba.

Doña María Padilla

aun con briosa arrogancia,

digna de mejor fortuna

y de más dichosa causa,

a pesar del Arzobispo

y las tropas castellanas,

teníase con sus gentes

defendida en el Alcázar

[…]

Sin embargo, y a pesar de ese comienzo, a Zorrilla se le fue el santo al cielo al poner  en liza a  doña Elvira de Montadas, “otra heroína [que] como ella/ llegar a ser anhelaba”, de cuya mano se internó por la muy conocida leyenda  del caballero refugiado en la casa de la madre de su víctima, olvidado de doña María. Pero la inquietud de los comuneros se le quedó en las puntas de la pluma y enseguida volvió sobre ella. Lo hizo con una nueva leyenda, ésta de título desconcertante: “Apuntaciones para un sermón sobre los novísimos”, ya que ni apuntaciones ni sermón, sino una “fantasía” que “el pueblo me la contó/ y yo al pueblo se la cuento”: la del terrible alcalde Ronquillo, represor despiadado de los comuneros, , asunto años después prolongado en un drama de cinco actos.

¿Cierta o imaginaria aquella “fantasía”? A Zorrilla eso le traía sin cuidado (“Yo vivo con la mentira/ […] Que la verdad no me inspira”), aunque en este caso hiciera constar que la puntualidad del relato quedaba acreditada por la introducción que Juan Eugenio Hartzenbush, el autor de “Los amantes de Teruel”,  “ha tenido la galantería de poner a mi leyenda”, introducción formada por nada menos que diecinueve octavas italianas, estrofa de considerable dificultad métrica,  también empleada por Bécquer, en la que don Eugenio  fustiga  la crueldad sanguinaria de Ronquillo, verdugo del obispo Acuña, a quien sometió al suplicio mortal del garrote vil por orden del propio Emperador el 24 de marzo de 1526 en el castillo de Simancas, personaje en el que “ningún rasgo de humano sentimiento/ en su frente fanática se ve”. A  este tenor, he aquí una octava súper clara:

Sanguinaria la boca, sanguinarios

los torvos ojos de iracunda hiena

con desplegar el labio ya condena,

con su mirada martiriza ya:

mudo, pasmado el infeliz Acuña

la decisión espera de su suerte,

no le acobarda la imprevista muerte,

pero le aterra ver el que la da.

Antes, y a través del propio Acuña, Hartzenbush ya había ponderado la razón y justicia de la sublevación comunera  en tres  estrofas que justificaban y enaltecían  su causa:

-“Por qué, Señor”, arrodillado dice

delante de un ebúrneo Crucifijo,

“por qué, Señor, tu cólera maldijo

la jornada infeliz de Villalar?

¿Era pendón de iniquidad acaso

la bandera del noble comunero?

Por defender el injuriado fuero

¿no es lícito la espada desnudar?

Si entronizado el codicioso belga

saqueaba el palacio y la cabaña

y desangrando a la infeliz España

ríos de oro enviaba a su nación;

si reía en espléndido banquete

sirviéndole de música el gemido

de un pueblo que por él empobrecido

moribundo imploraba compasión;

si al pedirle justicia el triste padre,

padre al que deshonró vil cortesano,

decía el extranjero al castellano:

cómprame la venganza y la tendrás;

¿debió Castilla tolerar su afrenta?

¿No debió armarse para entrar en liza

y gritar a la chusma advenediza:

“No reinarás sobre mi suelo más”?

Pues bien, a partir de este alegato de Hartzenbush contra la tiranía  y en favor de las libertades castellanas, en la próxima entrega de esta miniserie resonarán los versos del gran Zorrilla, “el rey de los poetas”, quien empieza su leyenda subrayando que Acuña “lidió por su libertad” y que “solo los cielos saben” la causa de su final desdichado, versos en los que obviamente resuenan aquellos, universalmente celebrados, de “llamé al cielo, y no me oyó,/ y pues sus puertas me cierra,/ de mis pasos en la tierra/ responda el cielo, no yo”.

Patrocinado por las Cortes de Castilla y León a través de la Fundación de Castilla y León 

Gonzalo Santonja Gómez-Agero, catedrático de de la Universidad Complutense de Madrid y director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua ha organizado o intervenido en más de trescientos congresos y reuniones científicas, así en España como en Europa, Estados Unidos e Hispanoamérica. Pertenece a las Academia Norteamericana de la lengua Española (ANLE), Academia Argentina de Letras y Academia Filipina de la Lengua Española, es Hijo Predilecto de Béjar (Salamanca), su ciudad natal, Huésped Distinguido de Camagüey (Cuba) y Santiago de Chuco (Perú), Honorary Fellow in Writing por la Universidad de Iowa (USA) y Profesor Honorario de la Universidad Ricardo Palma (Lima, Perú). Desde 2010 a 2019 codirigió el Foro Internacional de Filología de la Feria del Libro de Guadalajara (México). 



Ha prologado o anotado más de setenta ediciones, es autor de ciento cincuenta artículos de investigación o ponencias, dirigido numerosas tesis doctorales y publicado más de treinta libros de ensayo e investigación, obras por las que ha obtenido, entre otros, los premios Ortega y Gasset, Nacional de Ensayo o Castilla y León de las Letras.