“La fe nunca es inútil”, escribió Antonio Buero Vallejo, “porque mueve montañas y produce las señales”. Creer que el gobierno de Alfonso Fernández Mañueco conseguirá aprobar unos presupuestos autonómicos para 2026 con minoría en el hemiciclo a cinco meses de las próximas elecciones es, a día de hoy, una auténtica cuestión de fe.
No existe ningún argumento beneficioso para el resto de partidos en permitir este triunfo al Ejecutivo autonómico. No, al menos, en la actual concepción de la estrategia política que defiende con terquedad que acuerdo y derrota son términos sinónimos. Tanto para Vox como para el PSOE sería una cesión inaceptable en plena cuenta atrás y en la pinza que les une por conveniencia para evidenciar la soledad de Mañueco.
Así que lo más probable es que el PP no logre aprobar su proyecto de presupuestos. En la opinión del Pedro Sánchez de los últimos tres años votar para perder es malgastar el tiempo. No sabemos qué parecer tendrá el voluble presidente este 2025, cuando ha vuelto a asegurar que llevará el pendrive al Congreso de los Diputados.
Pero no hay presupuestos inútiles. Presentar las cuentas es una obligación constitucional en un sistema democrático que establece que el poder está en los parlamentos y no en los despachos presidenciales. Los presupuestos son la herramienta para la acción de gobierno, para materializar en gasto e inversiones el programa electoral. El único milagro que hace tangible la ideología.
Podría irse todavía más allá. Los presupuestos han sido, hasta hace poco, una cuestión de confianza anual. Una ITV al Gobierno que confirma que mantiene el favor de la cámara. Lo mismo pensaba el Sánchez candidato, que exigía la convocatoria de elecciones a cualquier presidente incapaz de aprobar un año sus presupuestos. Hasta que el incapaz fue él.
Mañueco acierta presentando unos presupuestos muertos, porque cumple un trámite que es más que un trámite. Volviendo a Buero Vallejo, esa fe son señales de respeto a las instituciones. La democracia es lo único innegociable.
Sin embargo, hay otra arista perversa para presentar ahora un proyecto de presupuestos atado como el cadáver del Cid cabalgando en Valencia. Los capítulos se convierten en un programa electoral encubierto, en una carta a los Reyes Magos, que son los ciudadanos. Una jugada maestra para abrirse a codazos su espacio político al desgranar cuántos euros van a gasto social o cuántos a infraestructuras pendientes. Anunciar nuevas ayudas, bajadas de impuestos y reforzar o recortar los fajos para cada cartera disfraza esta ficción presupuestaria de política real que huele a tierra.
Ante esto no hay competencia con banderolas de sonrisas forzadas ni con lemas sonoros que movilicen conciencias. El ciudadano que quiera saber qué harán tendrá los presupuestos perdidos como unas tablas de la ley de lo que llegará mañana, si no deja de creer. Y esa fe, en el teatro de la política, sí que puede mover montañas... de votantes. O ganar batallas, como en la leyenda cidiana.
Claro que estos presupuestos son útiles. Son una perfecta precampaña.
