Los Citroën 4 Latas surcan a cámara rápida rotondas en las calles de Madrid. Gente vestida de domingo camina por los parques. Se oye el berrinche de un niño con sus pololos. Paco Martínez Soria compra su primera televisión para ver Miss España a un audaz vendedor encarnado por José Luis López Vázquez. De fondo suenan nuestras ibéricas bosanovas de Antón García Abril, en un verano caluroso, ligero, para gente bien parecida.
El sofá de escai y el papel estilo dabadá está empezando a desaparecer de nuestras retinas. Los agentes inmobiliarios se frotan las manos: en medio año han dado salida a todo el stock de pisos que algún día se alumbraron con lámparas de opalina. El número de pisos en venta en Idealista se despeña por la colina de la abundancia y la desesperación. Todo se vende. Los inmuebles más caros se han encontrado con el mercado, dando la razón al propietariado que por legado sigue dominando con puño de hierro la dictadura del ladrillo. La bajada de tipos, los créditos ICO y los desorbitados precios de los alquileres han disparado un 25% el precio de pisos que vieron su última reforma cuando el papel dabadá estaba de moda y en las casas de España sonaba Bobby Deglané.
En estos seis meses hemos enfrentado una incómoda realidad: la generación de la guerra adquirió tu piso de cuarto de millón por el equivalente actual de una caja de fresas. El futuro de los jóvenes españoles está maniatado por un amasijo de ladrillos con cámara hueca, que, suspendidos en el aire, sostienen una lavadora Otsein y una bilbaína con berretes.
Las grúas llevan quietas desde 1960, cuando debieron de girar como peonzas en los cielos. Nuestra vivienda social son contenedores de Maersk, su vivienda social es hoy nuestro más sincero anhelo. Los Ayuntamientos y Hacienda llenan sus arcas con las plusvalías de los viejos, para hacer carriles bici y para pagar las atenciones de Jessica.
Algún día esos pisos por los que clamamos fueron nuevos. Cuesta imaginarlo. Es una imagen desagradable y dolorosa, como pensar en que la abuela en los 60 estuvo buena.
Los españoles pagamos caro el fetiche por el azote. Los billetes ya no dan para las carnes blandas, pero tampoco para los servicios de la putina seca y reseca. Nos hemos adaptado a entregar nuestras migas del pastel al estado neroniano que nos contenta con sus escándalos de papel couché. Después del humor gubernamental de David Broncano nos deleitaremos con las teresitas de Ingrid Garbo, tomaremos helado de corte tras una muestra del recetario del ministerio frutícola y mientras suena la sintonía del brandy Soberano en latelefunken, la oferta disponible de vivienda se desploma a mínimos históricos, las grúas permanecen quietas y los sueldos siguen dando para caprichos de billete de cinco. Hay algo tan mal que no atino a descifrarlo. Pero luego no me digan que no les avisé