Filomena sigue protagonizando de forma in misericorde la actualidad climatológica y, por ende, las preocupaciones de uno de los sectores más afectados por el azote de la borrasca, los ganaderos. La hermosísimas postales que en forma de recuerdo nos deja las bajas presiones de estos días, emotivas, entrañables, bucólicas y tantos otros calificativos de belleza lírica, representan para el sector de la ganadería extensiva –a cielo abierto por tanto- un castigo ciertamente brutal, criminal. Detrás de tanta belleza paisajística hay ganado que atender y ganaderos que faenar, labores estas muy perjudicadas por la nieve, el hielo y las bajísimas temperaturas registradas.



La situación se presenta harto comprometida y complicada para los que los siete días de la semana –fines de semana y fiestas incluidas-, por descontado que los trescientos sesenta y cinco días del año, no pueden dejar de la mano de Dios a sus animales. La cabaña ganadera vacuna y ovina extensiva es la que más leña ha recibido con el temporal. El correctivo impuesto es un suplicio inmerecido para una actividad que con graves dificultades afronta el día a día con entrega, sacrificio, esfuerzo y trabajo. Quiero solidarizarme con estos hombres y mujeres que padecen el correctivo  severo impuesto por la madre naturaleza. Aflicción, mortificación, suplicio, pesadumbre y ruina económica, en muchos casos,  son los dolores, duelos y quebrantos del sentir de todos ellos. Saben lo que es pasarlas canutas y sudar sangre, sudor y lágrimas, muchas lágrimas, ante el destrozo y la masacre que les condena, a ellos y a sus animales.



Los daños y las cifras en pérdidas son cuantiosos, como elevada es la cifra de animales muertos por falta de alimento y los rigores del barómetro. En la montaña, en las zonas altas y las bajas, en las dehesas y pastizales la contundencia del envite de Filomena ha sido demoledor. Con tractores abriéndose paso con palas quitanieves, con vehículos todoterreno, incluso a pié, el combate ha sido desigual a favor de aquella y, por el contrario, en perjuicio de pastores y vaqueros. El abrazo mortal del imperturbable invierno ante la desgracia ajena, nos ha envuelto con su manto blanco y nos ha regalado alegría, ilusión y felicidad a muchos, pero a otros, los menos, les ha cercenado, amputado, mutilado y , en el mejor de lo supuestos, disminuido y reducido su capacidad y energía vital. Es bueno que, cuando disfrutamos de tan singulares y poco habituales estampas, recordemos los sinsabores y dificultades que para los ganaderos supone el fiel vasallo de la reina naturaleza, el invierno.



A esta adversidad, oro puro para nuestros embalses y caudales de nuestros ríos, para una atmósfera necesitada de regeneración tonificante y purificadora, para esponjar y acondicionar el suelo y el subsuelo, tan castigado por la sequía pertinaz, y para la vegetación y nuestros bosques agostados, decaídos, marchitados, mustios y lánguidos, se torna en destrucción y demolición para otros. Ya saben el refrán, nunca llueve a gusto de todos. Tragedia y fiesta se dan la mano estos días.



Pero éste no es el único y exclusivo, dramático y espectacular, suplicio  soportado. Hay más y no es una cuestión menor. La amenaza del lobo es tan real como la vida misma, sus ataques se prodigan y multiplican con demasiada frecuencia, matando e hiriendo a numerosas reses y animales que habitan, dentro y fuera, de sus territorios de caza. El canis lupus, -lobo- es un depredador formidable, inteligente y adaptable a lo que el medio le ofrece. Sus manadas han crecido amparadas por las leyes que le protegen y sus expediciones se prodigan con mucha frecuencia, diezmando los rebaños, en especial a los individuos más vulnerables, a la sazón, animales enfermos, terneros y parturientas. Otros quedan heridos de gravedad, siendo desahuciados y sacrificados, otros sobreviven convalecientes y maltrechos, rebajando notablemente el valor del ejemplar en cuestión. A posteriori, después del acoso, vienen los consabidos trámites burocráticos para el cobro de los daños sufridos. Seguros y administración regional se encargan de cabrear más al personal, ya bastante cabreado –dicho sea de paso-.



Por si fuera poco, últimamente se suman a las calamidades, contratiempos y descalabros, la voracidad y hambre de los buitres. Estas aves, en principio carroñeras y necrófagas, también rapiñan y piratean en nuestros campos al ganado. Sin muladares a los que acudir, sin comederos suficientes y habiéndose reproducido con prodigalidad, se trasfiguran en especies peligrosas, no solo para animales muertos, sino para los vivos e incluso para el ser humano. Puedo dar fe de ello. La epidemia de las vascas locas, impuso la prohibición ancestral de dejar los cadáveres de los animales muertos para que estas aves, formidables y de gran valor para el equilibrio y limpieza natural, no tuvieran tan vital medio de subsistencia. Su adaptación a las nuevas circunstancias las ha convertido en atrevidas, impetuosas y temibles, aunque esta no sea norma generalizada.



En fin, celebramos la fiesta de San Antón, Antonio Abad, o Antonio Magno –como ustedes prefieran-, patrono de los animales, también de Menorca, de los cesteros, enterradores, amputados, carniceros, enfermedades de la piel y –como no- de los ermitaños. Este año no hay bendición de mascotas, pero encomendémosle la protección de nuestros ganados, el amparo de sus dueños y la defensa frente a las incidencias del tiempo. Nuestros ganaderos se lo merecen.