Llevo unos días deprimido. Por cuestión de la edad, supongo, y por este interminable y aburrido confinamiento del coronavirus. Pero acabo de toparme con una canción de Toby Keith dedicada a Clint Eastwood cuando su 88 cumpleaños, y me ha puesto otra vez las cosas en su sitio. “No dejes entrar al viejo” se titula.



Todo surge cuando el letrista le pregunta al actor cómo pensaba celebrar su onomástica. “Haciendo una película”, le contestó; “porque en mi casa no dejo entrar al viejo, ese viejo que tira para atrás”.

En mi caso, he tenido que sacarlo a rastras, porque el tipo ya estaba cómodamente instalado, dándome el coñazo a todas horas, sin dejarme espacio para otra cosa que no fuera la nostalgia. Así que aquí estamos, desahuciando al viejo que llevaba dentro y esperando ansioso qué nueva sorpresa nos deparará este 30 de mayo Eastwood en su 89 aniversario.



Lo cierto es que mirar por el retrovisor al llegar a cierta edad lo único que puede conseguir es que derrapes en alguna curva del camino. En cambio, contemplar la vida por el parabrisas delantero aún puede depararnos infinitas sorpresas, desde nuevos artilugios electrónicos hasta formas de comportamiento humano y resultados biológicos inesperados. Como reflexiona el historiador israelí Yuval Noah Harari en su Homo Sapiens, la revolución tecnológica actual difumina las barreras y limitaciones de la condición humana y hasta el concepto mismo de finitud de la especie.



Pasado, pues, el primer y profundo bache de la depresión, sólo me queda llenar de contenido y proyectos la casa interior para evitar que el jodido viejo intente instalarse en ella de nuevo. Claro que uno no es Clint Eastwood, con su polifacética creatividad, pero al menos he empezado por escribir este artículo, como primer paso de una serie de proyectos que ha ido hilvanando y que, a lo poco, me tendrán ocupado los próximos treinta años.



No sé si a ustedes les parecerá poco o mucho, pero por algo se empieza.